Shedding, o de por qué no he escrito

He pasado semanas de lectura promiscua y he ido perdiendo peso (metafórico, por supuesto). Me he estado deshaciendo de cosas. Me deshice de ropa que tenía guardada por si un día me quedaba otra vez o por si se daba la ocasión. También me deshice, mentalmente, de cosas que me pesaban. Para no tener tanto miedo del futuro, organicé mis “opciones” en cosas que podría hacer, que quiero hacer, que no quiero hacer y que preferiría no hacer. Todo esto sin olvidar que uno nunca sabe, que no hay que decir de esta agua no beberé. Me prometí que iba a gastar menos plata, comprar menos cosas y producir menos basura, pero no he tenido mucho éxito con eso. No tengo una explicación para estos deseos. Puede que sea una cuestión temporal, una fase ecologista, ambientalista. También pasa que puede que me mude pronto y quiero escoger qué me quiero llevar al nuevo lugar. Es una mudanza engorrosa y potencialmente costosa, por lo que es bueno ahorrar, por un lado, y escoger bien qué dejo y qué me llevo.

Pero la verdad es que escribo o hasta ahora he escrito porque creo que mis ideas son súper interesantes y que debo compartirlas con el mundo.
También puede ser que me guste contar la historia de cómo se me ocurren ciertas cosas. Esto es igual de narcisista, pero al menos hay una “voluntad narrativa”. El gran relato de mi fascinante mundo interior.

El otro día, por ejemplo, quería escribir sobre mi mamá. Tenía la imagen con la quería comenzar; la idea, pues. Luego, ya cuando tuve la idea, comencé a imaginarme cómo iría el texto. Pensé que podía contar que llevaba tiempo con ganas de escribir sobre mi mamá, pero que no encontraba la mejor manera, que no sabía por dónde empezar. Entonces un día sentí a mi mamá en mí: mi mamá era en mí, seguía viva en mí, pero no como un decir, sino de verdad, como si ella me hubiera habitado por un momento. Ya no me acuerdo, eso es lo peor, cómo fue que la sentí. Quizá estaba un día muy contenta doblando la ropa limpia: mi mamá disfrutaba doblar la ropa limpia. No recuerdo si alguna vez hablamos de eso, si era que le parecía una especie de meditación. Incluso, pienso que es posible que no le gustara en absoluto, pero alguien tenía que hacerlo, aunque yo creo que sí le gustaba. Yo creo que le gustaba la sensación de convertir el caos de ropa retorcida y arrugada y medias desparejadas en pilas ordenadas y medias en correcto par.

Luego pensé que contar el proceso por el cual había llegado al texto era una novatada. Pensé que los escritores profesionales editan esa parte del texto final y solo dejan la nuez de la historia clara, hecha de imágenes precisas y palabras escogidas con sumo cuidado. Yo quería, entonces, ofrecer un texto más condensado y, sobre todo, menos narcisista. No quería que el texto sobre mi mamá se convirtiera en un texto sobre mí y cómo me siento yo. Se me ocurrió a continuación que podía escribir dos posts: uno con el texto narcisista, crudo, como me lo había imaginado, y otro editado. Pensé que sería interesante para mis lectores ver las dos versiones.

Luego me distraje.

Escuché una entrevista a una señora Marilyn Stasio. Ella escribe la columna sobre novelas policiacas para el New York Times Book Review. Dice, por ejemplo, que no puede leer una novela “normal”, que siempre piensa: “kill someone”, “where’s the body?”. La señora Stasio dice que le gustaban más las novelas de antes. Ella tiene 80 y pico de años. Dice que las novelas policiacas de antes eran más concisas, más “tight”, apretadas. Dice que los libros hoy son demasiado largos. Que el énfasis era en el crimen, el misterio, los procedimientos. Dice que ahora se enfocan en el personaje, que el autor se identifica con el personaje principal. Que ahora se habla del novio, de los hijos, de la rutina diaria del detective. A ella no le importa nada de eso. Dice que a la gente ya no le interesa el puzzle, sino el personaje. La entrevistadora le pregunta si las novelas policiacas le parecen más fáciles de escribir. Ella dice que no sabe, porque no lee nada más. Dice que dejó de leer ficción moderna y contemporánea cuando se dio cuenta de que ahora todo era sobre el yo. Que no sabe cuándo pasó, pero de pronto todo el mundo empezó a escribir sobre el yo. Dice que comenzaron los hombres. Que Philip Roth es su autor menos favorito, pero que tampoco le gustan las novelas sobre el yo escritas por mujeres.

Me sentí culpable de eso que la señora Stasio diagnostica.
Luego pensé que ella es gringa y que los gringos dicen (y nosotros les creemos) que no dan vueltas, que van al grano.
Ya he escrito sobre esto del inglés y los concisos anglohablantes y el grano al que siempre están yendo.
No sé si la señora Stasio dijo eso porque es gringa o si, de veras, las historias hoy se concentran demasiado en el yo. Las dos cosas pueden ser ciertas.

Lo que procede en este punto sería, por ejemplo, una disquisición sobre el yo, la autoficción, el ensayo personal. Todos esos géneros del yo. Tendría que evaluar si es mejor o peor la identificación tan explícita de les autores con sus personajes. Pero no quiero hacer eso. Lo que yo de verdad quiero hacer, amigues, es recomendar: lo que me emociona por estos días es recomendar películas, ensayos, libros, artículos, podcasts que me estimulan, que me sacan de mí y me emocionan y me cimbran toda. Como buena parte de esa exploración sucede al margen del “trabajo”, esos materiales son como mis juguetes, y quiero desperdigarlos por el suelo y jugar con ustedes, pero nadie tiene mucho tiempo para ver y leer y escuchar cosas y mucho menos para sentarse a comentarlos conmigo, y tampoco estoy segura de querer comentarlos. Me gusta, sin embargo, la idea de compartir el placer que me producen estas cosas, pero ya eso depende de cada quién.

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