I dropped my phone (in the toilet)

Tenía “guardados” los chats con mi mamá, pero en realidad no los tenía guardados, sino que estaban ahí, en el teléfono, en la nube. De hecho todavía están en algún lugar de la nube, pero no los puedo sacar de ahí. No los he podido sacar de ahí y me entristece haberlos perdido. Cuando escuché por primera vez que las conversaciones de whatsapp podían desaparecer para siempre si uno perdía el teléfono o cambiaba de teléfono, seleccioné algunos de los mensajes de audio que mandó y los guardé, me los mandé al correo, pues. En cuestiones de informática soy anticuada, porque no creo que estén realmente guardados, porque no los tengo físicamente en un lugar donde los pueda agarrar y escucharlos cuando quiera. Los tuve, cuando tenía el teléfono donde estaban guardados, pero volvía poco a esos mensajes. Evito recordar activamente a mi mamá de esa manera, porque la recuerdo de otras maneras. Hablo mucho de ella, por ejemplo. Hablo de ella más o menos cada vez que puedo. También sueño con ella, pero eso no es lo mismo que recordar.
Recordar, recordar, la recuerdo poco. Recuerdo su cara, claro, y su voz. Recuerdo algunas historias. Recuerdo peleas que tuvimos o cosas que me molestaban muchísimo de ella, como que fuera tan religiosa y conservadora y le pareciera mal que no estuviera casada, y que cuando me casé por fin le supiera mal que no hubiera sido por la iglesia. Recuerdo muchas cosas buenas, también, pero para esas tengo que pensar mejor. Hay cosas que, más que recordar, sé. Ella siempre nos iba a buscar. Yo creo que si hubiera podido nos hubiera tenido siempre con ella. De hecho me decía que quería tener una casa donde viviéramos todos sus hijes con sus parejas. Cuando le dije esto a mi marido pensó que era una idea un poco malsana. Él cree que es importante guardar distancias con la familia y también es una persona muy devota de la familia. Yo, en cambio, no me siento muy devota conceptualmente ni físicamente, pero entiendo ese deseo loco de querer que la gente de una esté cerca, patológicamente cerca. Entiendo que mi mamá nos quisiera tener con ella. No tengo hijes, pero si los tuviera me costaría mucho separarme de ellos. Y sé que el amor en general no tiene que ser como creemos que es. Aspiro, de hecho, a formas de amor que no impliquen que poseemos a quienes amamos. Cuando uno cree que alguien es “de uno” no deja ser libre a eso amado. A las madres les toca todo lo peor, creo. Tienen que estirarse y doblarse y retorcerse física y emocionalmente para cumplir con su papel como debe ser: ser incondicionales, pero dejar que los hijos sean libres, proteger pero dejar ir, hacer el molde que luego necesariamente los hijos tienen que romper. Amarnos cuando a veces nos odian, y nosotros las odiamos. Sentir nuestro odio o quizá nuestro desprecio, sentir que las dejamos atrás. Les toca todo lo peor.
No sé si les toca todo lo peor, pero es lo que se me ocurre ahora que he perdido una cosa más o menos inmaterial que me consolaba, solo por estar ahí, en el teléfono, aunque nunca releyera los mensajes. Además, eran mensajes bien anodinos. Es más, leerlos era una forma de lastimarme, porque hacia el final siempre estaba el cáncer, así nunca lo mencionáramos explícitamente. No cuando nos escribíamos la una a la otra. Pero tanto estaba el cáncer que si comenzaba a escribir una palabra con C el teléfono sugería “cáncer”. Eso siguió pasando por meses.
Los mensajes no significaban mucho en sí mismos, pero no puedo dejar de sentirme muy triste por haberlos perdido. Es que perderlos me hace recordar que ella se murió. No voy a decir que siento como si se hubiera muerto otra vez, pero quizá sí. Alguien dirá que no hice bien el duelo o que todavía es reciente. O alguien dirá que estoy exagerando, que ya pasó suficiente tiempo. Uno dice muchas cosas. El accidente del teléfono es ridículo. Ni siquiera sé cómo pasó, ni siquiera me di cuenta de que lo dejé caer al inodoro (qué fea palabra esa, por eso escribí el título en inglés, y porque me gusta “drop” y sus múltiples usos). Esa noche me reí, chillé, fingí que me dio asco (que no me dio, porque que he sacado muchas cosas de inodoros por múltiples razones) y sí pensé en los chats perdidos, pero luego me distraje o me emborraché y lo olvidé. Luego pensé y dije perogrulladas (platitudes?) sobre mi adicción al teléfono, luego lo llevé a un sitio a intentar repararlo y no se pudo, luego compré otro. Y luego lloré un rato en el baño (tuve la precaución de dejar el teléfono afuera esta vez).

One thought on “I dropped my phone (in the toilet)

  1. Lor me conmovió hasta las lágrimas este post… y esto: “A las madres les toca todo lo peor, creo. Tienen que estirarse y doblarse y retorcerse (…) Les toca todo lo peor.“ Lograste dar en el clavo de algo que taladra mi corazón desde hace cerca de un año. Gracias por escribir esto, lamento que tuvieras que volver a acercarte al duelo y sentir que pierdes algo de tu madre.

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