Las aventuras de la China Iron

Desconfío, de puro envidiosa, de todo lo que el mundo literario considera excepcional. Mis compañeres de doctorado leyeron La Virgen Cabeza en una clase. Ahí escuché de Gabriela Cabezón Cámara por primera vez. Nomás pensé qué curioso ese apellido y ponerle así a la novela, dos cabezas ahí… raro.


Meses después la escuché en una entrevista y leyó un fragmento de Las aventuras de la China Iron. Estaba en nuestra biblioteca. La trajo Óscar. La empecé y era algo que no se parecía a nada que hubiera leído antes. Muy lírica, pensé. Eso quiere decir que las palabras me parecieron muy escogidas. Se supone que la selección cuidadosa, amorosa, fetichista casi, de las palabras es un requisito de toda buena obra de literatura, sea poesía o narrativa, pero esta novela me pareció diferente. Había eso, las palabras precisas, un ritmo que parecía que estaba escuchándolas; también me pareció tan argentina, o sea, en conversación con lo que una conoce como “la literatura argentina”, no solo con Martín Fierro. Nota: ignoré completamente lis rifirincis intirtixtilis. Me gustó cómo está ahí metido el inglés, también, porque es como una marca de cierto intelectual cuarentañero y de ahí para abajo.


Mis amigues que la leyeron antes me advirtieron del final, que era medio flojo, que la utopía, que poco creíble, etc. Eso definitivamente influyó cuando llegué, ciertamente insatisfecha, a la última página. Yo no quería creerles porque últimamente me parece directamente conservador, derechoso, pues, eso de ir por ahí pinchándole la burbuja a quienes se animan a plantear que hay que romperlo todo y armar algo nuevo. Es cierto que una lee, por ejemplo, a Shulamith Firestone, y al principio está on board, asiente a todo, se le inflama el pecho, pero cuando llega a la parte en que dice que al carajo el tabú del incesto o que los niños sean autónomos desde los 6 años o algo así pues… sí, a mí me cuesta; directamente me parece una locura. Pero también me encanta que Shulamith se haya atrevido, en la escritura, a proponer cosas “escandalosas”. No sé qué tan en serio se la puedan tomar sus lectores hoy, incluso quienes se consideran feministas radicales. Es más, no sé si en el mundo de hoy alguien se hubiera atrevido a publicarla, si no se hubiera metido en problemas legales, incluso.


El caso es que el final de Las aventuras de la China Iron sí queda un poco ingenuo en comparación con la fuerza, el humor, la violencia, la fiereza y la sensualidad irrefrenable del resto del libro. El final es aguado, es blandito. Yo hubiera terminado contando la muerte de uno de los personajes principales y el rito funerario, o hubiera contado una guerra con los argentinos o los otros pueblos. Quiero decir que mi insatisfacción con el final no es ideológica —aguante la imaginación utópica— sino estética. No me parece que quedó bien anudado el producto final.

Adenda:

Apenas terminé de leer agarré mi cuaderno y escribí: “terminé la marabiyosa China Iron de Cabezón Cámara. Nunca había leído algo como esto, tan sensual, tan femenino. No… Tan sensual, tan físico, tan sensorial, de la tierra y la naturaleza. Algo así es lo que quiero decir, y sí, escribí “femenino” y veo el problema. El patriarcado hablando a través de mí, diciendo, en últimas, que los hombres son los racionales. Todo mal.

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