Maternidad (2)

Empiezo diciendo que el (2) en el título no quiere decir que sea el final de la reflexión.
Las ideas siguen transformándose y madurándose. He aumentado mi base de datos. Mis amigues van volviendo de apoco de sus viajes por el mundo y la vida vuelve poco a poco a la normalidad. Incluso dejé de pensar todas las horas en si quería o no tener hijos; le bajé el volumen a esa pregunta, como quien dice. Hoy estoy nuevamente inclinada por el no; poco rotundo, pero un no. Es un no pensando, no ya solo en mí y en mi deseo de cambiar de vida, sino un no pensando en el hipotético hijo, que sigue siendo varón en mi mente. En las semanas pasadas descubrí el podcast Radio Japuta, que es un podcast de feminismo radical. En uno de los episodio hablan sobre el feminismo y las niñas, y entonces pasan archivos de audio de niñas que se identifican como feministas y que cuentan algunas de sus experiencias en el colegio. Dicen unas, por ejemplo, que el patio del colegio está ocupado por los niños que juegan al fútbol, mientras que las niñas están alrededor, y que incluso allí estorban, porque a veces les pega la pelota y ellas se quejan y qué flojera. Otra contó que una vez les pidieron irse vestidas de cierta manera porque los atuendos provocativos “distraían” a los varones. Entonces se organizaron y se fueron todas vestidas con las ropas más escotadas que pudieron encontrar, así dijo la chica, para protestar contra la medida, y triunfaron y ya no hay una regla que diga que no pueden usar ciertas cosas por “provocativas”. Otras se quejaron y también se organizaron para lograr que quien quisiera llevara falda y quien quisiera llevara pantalón, en vez de todas llevar falda.
Todas estas historias me recordaron por supuesto el colegio y a mis profesoras y a las monjas. En el colegio a veces se aprenden las peores cosas, como el racismo, la homofobia, y el sexismo, sobre todo. En el colegio una escucha cosas como que las mujeres son mejores con el lenguaje y los hombres son mejores con los números, o como que las mujeres se deben ver y comportar de cierta forma y los hombres de otra. Mientras tanto, la educación sexual y reproductiva suele estar a cargo de amigues, O DE MONJAS Y CURAS! Cuando era colegiala, sacar una toalla higiénica de la mochila para ir a cambiarse al baño requería habilidades de espía, y si alguna se manchaba: ridículo y humillación. Y era un colegio de mujeres…
Entonces pienso que si tengo un hijo, habrá que educarlo de alguna manera. He fantaseado con la educación en casa, pero, siendo realistas, lo veo poco probable. Tendrá que ir al colegio. ¿A qué colegio irá?, ¿irá al colegio en Bogotá? En Bogotá casi todos los colegios son un poco católicos, al menos. Le enseñarán religión católica. Y yo fui educada como católica, pero tengo todos los problemas del mundo con los curas y las monjas, con la misa, con los valores de la religión católica en general. Mi hijo, mis hijes estarán en manos de profesores y profesoras que quién sabe qué cosas les van a meter en sus cabecitas y quizá los lleven a misa y escucharán a quién sabe qué cura demente. Y si tengo una niña la traumatizarán con toda suerte de prejuicios sobre la pureza y el rosado y la belleza y la elegancia y lo que es ser mujer, por más de que en casa escuche otras cosas — y, obvio, sus padres también nos vamos a equivocar—. Me da miedo mandar a mi hijo hipotético al colegio hoy. ¿Cómo le van a enseñar historia?, ¿qué tipo de cosas escuchará sobre política y sociedad?, ¿cómo, en últimas, va a aprender a pensar y a pensarse? Y yo me siento sin herramientas para luchar contra un colegio.
Puede ser, y seguro es, que estoy escogiendo recordar y pensar lo peor del colegio. Seguro hay colegios muy buenos en Bogotá, seguro las cosas han cambiado desde la última vez que entré a un colegio como estudiante. Lo que me preocupa es que hace relativamente pocos años estuve trabajando en un colegio y las cosas… bueno… lejos de ser perfectas. Y no importa el estrato, no importa si es colegio mixto o no. Es difícil criar hijes propios; entonces cuánto más difícil será criar hijes ajenos. Y no sé para les niñes de hoy, pero para mí era cruel estar tanto tiempo lejos de mi mamá. En un colegio de clase media, que es el colegio que podríamos pagar, siendo optimistas, mi hijo estará expuesto a prejuicios de todo tipo, a profesores quizá de onda militarista, dios no lo quiera, a curas y monjas. Entonces cuando pienso en eso, cuando pienso en otra persona reviviendo el colegio como yo lo viví, me da miedo*.

*Creo que en medio de todo salí bien: un poco traumatizada, como se ve, pero no todo fue horrible.

maternidad (1)

Mi mamá decía: si volviera a nacer, no tendría marido ni hijos.


Alguna vez una profesora amiga me dijo que el mejor año para estar embarazada es el último del doctorado, si el doctorado incluye fellowship en el quinto año. Mi quinto año empieza este otoño. Por eso, el verano pasado hice una investigación: les pregunté a todes mis amigues con hijes y a las mujeres mayores que conozco cómo había sido su experiencia con la maternidad. Al final de todas esas entrevistas, concluí, no sin cierta tristeza, que no quería tener hijos. No tenemos estabilidad económica (ni siquiera sabemos dónde vamos a vivir dentro de un año), es egoísta traer hijos al mundo en medio de la crisis climática, los hijos quitan la libertad y suman miles de preocupaciones más desde el momento mismo de la concepción. A mí me preocupa que nazca sano, que no sea godo, racista ni homofóbico, que no muera y que no me mate a mí en el proceso. Eclampsia, preeclampsia, placenta previa, etc. De acuerdo con ciertos estándares médicos, a mi edad sería una madre añosa —añosa para ser el primer hijo, en todo caso.
A eso se le suman todas las inequidades y crueldades del patriarcado hacia las mujeres.
Ali Wong, una comediante Asian American, tiene dos especiales en Netflix en los que reflexiona sobre la maternidad. Por un lado, habla de todas las cosas que las mujeres no saben antes de embarazarse. El cuerpo se deforma, la vagina nunca queda como antes, las mujeres se cagan durante el parto, los médicos hacen una incisión desde la apertura de la vagina hacia el recto para que la cabeza salga más fácil, la lactancia es dolorosísima, los pezones se ponen muy oscuros y sangran, las mujeres rechazan al marido o lo ignoran, y ellos no son tan útiles como la madre quisiera. It is a challege for your relationship. Los niños lloran demasiado, cagan todo el tiempo, no te dejan dormir, ni comer, ni ir al baño, ni vivir, básicamente. Por otro lado, en Estados Unidos no hay una leyes federales sobre la licencia de maternidad. Oficialmente no hay derecho a la licencia de maternidad. Algunas empresas e instituciones sí que la dan, pero podrían no hacerlo. Las mujeres que trabajan no tienen amparo legal para recuperarse de un proceso que es, según parece, terrorífico.
Con todo y eso, recientemente volví a pensar en la maternidad. Si soy sincera, lo empecé a pensar porque todos mis amigos están en Europa o en algún otro viaje de ensueño durante el verano, y yo me quedé sola en Chicago, cuidando tres parejas de gatos, contando los míos. Me quedé para ahorrar dinero, cuidar a mis gatos y escribir la tesis. Y tengo TANTA pereza de escribir la tesis que preferiría estar cuidando de un retoño. En medio de mi aislamiento veraniego se me ocurrió que la maternidad sería the ultimate procrastination, una procrastinación muy noble, además.
Pero, si voy más al fondo, llego al finado Louis C.K. Hace como cuatro años lo escuché decir en una entrevista que tener hijos era maravilloso porque uno dejaba de ser el centro del mundo para uno mismo. Esa idea me quedó sonando desde ese entonces. Yo siempre estoy pensando en mí. ¿Será que esto del doctorado es lo mío?, ¿quién va a leer mi tesis?, ¿voy a conseguir trabajo?, ¿qué otra carrera podría tener?, ¿para qué sirve estudiar literatura?, ¿debería dejar de comer carne?, ¿cuál es el sentido de mi vida?, ¿por qué no me fui de viaje también?, pero qué horrible ser turista, viajar es incómodo, uno no necesita dinero para ser feliz, quiero tener una granja y cultivar mis propios alimentos, quiero estar sola y que nadie me joda, pero extraño a mis amigos y me encanta pasar horas texteando con mis amigas y cuando me dejan porque se van a dormir o tienen que vivir su vida o cuidar a sus hijos me quedo infinitamente sola y triste.
Entonces, qué bonito sería apagar ese zumbido constante de mi cabeza. Eso pienso sobre la maternidad en este momento, cuando ya casi es muy tarde para decidirme a tener hijos. ¿Será por eso que lo estoy pensando? ¿Es mi cerebro inseminándome con la idea para que me decida por fin a reproducirme? ¿Cómo sería reemplazar el zumbido de mis pensamientos por los tiernos aullidos de un nené?
Cuando mi mamá ya estaba muy enferma, yo le decía que tenía que mejorarse, para que conociera al nieto que yo iba a darle, y aunque ella sabía que eso no iba a pasar, hacía como que la entusiasmaba la idea. Pero nunca hablamos de eso en serio. Ella era muy conservadora y ni hablar de hijos por fuera del matrimonio, y se murió apenas dos meses después de que me casé. Esa es otra razón para no reproducirme: las madres son una gran ayuda con el primer hijo, y yo ya no tengo a la mía. Entonces le fui con la inquietud a mi papá. Y mi papá me dijo que no tuviera hijos, que las mujeres se deforman, que se olvidan del marido y que, básicamente, arruinaría mi vida. Suena como algo muy duro para decirle a una hija, y en cierta forma lo es, pero también podría tener razón. Yo pensé estas mismas cosas cuando me decidí, el verano pasado, a no tener hijos. Además, mi papá también me dijo que no estudiara literatura, y tenía razón, no debí hacerlo, pero no abramos esa puerta ahora.
Cuando estaba segura de que no quería tener hijos, veía a mis amigas madres y pensaba, uf… no, gracias, míralas. Qué desastre. Ya no pueden viajar, ya no pueden salir, ya no pueden ver televisión, ya ni siquiera pueden entrar al baño en paz. Leía en los ojos de todas envidia a mi vida sin hijos y arrepentimiento por sus malas decisiones. Mi decisión de ser una mujer child-free también era una declaración de principios, era parte de mi naciente feminismo consciente. No iba a cumplir el rol impuesto por la sociedad. No iba a entrar deliberadamente en la opresión de la maternidad. Y es que hay patrones que prefieren no contratar mujeres con hijos, porque estos se enferman y aquellas faltan más al trabajo, porque muchas de mis profesoras más admiradas no tienen hijos; no es compatible una carrera exitosa con la maternidad. Y si no me importa mi carrera, entonces es egoísta tener un hijo solo para que me calme la ansiedad, y puede que no me la calme. Puede que sea una madre horrorosa. No puedo cifrar todas mis expectativas en un hijo, mi proyecto de vida no puede estar anclado en las expectativas que ponga en él.
(incluso eso, él, todo este rato he dicho hijo, masculino, porque en mi cabeza va a ser niño. Ni me he decidido y ya estoy convencida, alimentando la fantasía de un niño y no de una niña)
Desconfío.
Un día me despierto y me digo que a la mierda los argumentos, que quiero tener un hijo, y hasta más de uno, hijos, hijes. Pero luego lo converso y me echo para atrás. Vuelvo a las consideraciones prácticas: la edad, la plata, la falta de red de apoyo, el sufrimiento del puerperio. Me rondan las advertencias de mis padres. Pienso que they know better.
Y todo esto sin contar con que, incluso si me decidiera, podría no pasar. Puede que no quede embarazada, ¿y entonces?

Pelo

Mi pelo es negro, crespo, grueso. A menos que me dedique horas a peinarme, a saturarme el pelo de crema de peinar y aceites, a armarme cada rizo con los dedos, se ve seco, salvaje, unruly, como dicen en inglés. Necesita mucha atención para que se vea organizado y brillante como los pelos de la publicidad de productos para pelo “natural”— productos que son, por cierto, carísimos. Necesito, además, quedarme muy quieta mientras todavía está mojado, para que se seque así, bien ordenadito. No puedo ponerme ni quitarme una camisa ni un abrigo, no puedo apoyar la espalda cuando me siento. Mi pelo largo, a la mitad de la espalda, tardaba ocho horas en secarse por completo, si decidía simplemente esperar. Si quería acelerar el proceso, podía usar el secador de pelo, con un attachment que se llama difusor. Es como una copa o un tazón con huecos que una sujeta al extremo del secador, por donde sale el aire. La idea es que una voltee la cabeza, reúna secciones de pelo en esa especie de copa y espere diez, quince minutos por sección. En total, puede tomar una hora secarlo así, quizá más.

Como es un proceso largo, los expertos en pelo crespo sugieren lavarse el pelo cada semana o dos veces por semana. Claro, no se puede hacer semejante ritual cada día o cada dos días. Entonces, para “conservar” los crespos, esos mismos expertos recomiendan una serie de cuidados extra. Por ejemplo, dicen que tienes que comprar una toalla especial, de microfibra, para no perturbar la forma de los rizos; dicen que tienes que comprar una funda de satín para dormir, para que el pelo no roce con la superficie rugosa de las fundas comunes; dicen que tienes que comprar cauchos especiales para agarrarte el pelo; dicen que tienes que comprar bonetes de satín para que el pelo, de nuevo, no roce superficies rugosas. El invierno es un rollo, porque hay que tener cuidado con los gorros —venden gorros forrados con satín— con las bufandas, con los sacos y abrigos.

En fin, que aunque mi plan hace años, cuando decidí comenzar a apreciar mi pelo crespo, era hacer una especie de statement, de declaración pública en favor del pelo “malo”, como lo llaman, y estaba dispuesta a cuidarlo para que todos vieran que era un pelo tan bonito y deseable como el liso, aunque mi plan era tratarlo como el delicado don que es, de repente se me hizo muy cansado todo el asunto. Cuando vi que mi estante del baño cundía de tarros de productos que compré como una autómata tras “investigar” en internet todo lo que había que hacer y comprar para tener un pelo saludable, pensé que ya era suficiente, que no tengo que hacer ningún statement, pero sobre todo que era agotador y costoso y que había caído en un pozo, otro, de consumo.

Antes de cortármelo, decidí simplificar la rutina de cuidado. Al final entendí que 1) no necesito que mi pelo se vea ordernadísimo como pelo de muñeca porque eso es tan artificial como lo otro, como usar alisado permanente o plancha o lo que sea; y 2) solo se necesita agua y una crema cualquiera y, claro, paciencia para esperar a que el pelo se seque —eso no tiene mucho remedio. Todo lo demás es innecesario.

Con todo y la rutina simplificada, pensé que le dedicaba mucho tiempo al pelo y que no quería hacerlo más.

En Fleabag, la serie que comenté hace unas semanas, hay un capítulo en el que un personaje se hace un corte de pelo demasiado radical y por un momento enloquece de inseguridad. Entonces ella y Fleabag van donde el peluquero a quejarse y una de las cosas que Fleabag le dice al peluquero es: “hair is everything. We wish it wasn’t, so we actually could think about something else ocasionally, but it is. It is the difference between a good day, and a bad day. We’re meant to think that it is a symbol of power, that it is a symbol of fertility. Some people are exploited for it, and it pays your fucking bills. Hair IS everything”. Y creo que buena parte de mis años de pelo largo viví por esa creencia y pues no… me aburrí.

Primero me corté el pelo a la barbilla y me saqué un flequillo. Me veía bien, pero entonces caí en otra dinámica: ahora quería verme “chic”, quería algo arriesgado y muy diferente. Entonces me hice dos cortes más. Me veía bien, también. Pero ya con el pelo corto era necesario, incluso más que antes, esculpir la forma del corte, organizar los crespos de tal manera que se vieran ordenadamente despeinados. Si soplaba el viento ya no se veía tan bien. Me estaba mirando en el espejo más que antes. Entonces decidí hacer lo que desde un principio era mi deseo: raparme la cabeza.

Cuando una mujer se rapa la cabeza la gente tiende a pensar que ella pasa por un momento de crisis. Se asocia con cierta inestabilidad emocional. Yo misma caí en ese discurso, para justificar tantos cambios en tan poco tiempo, porque sentía que le debía una explicación a mis familiares y amigos. Hair is everything. No sé si estoy pasando por una crisis. Supongo que sí, pero una crisis no necesariamente implica lágrimas y nubes emocionales. No me rapé la cabeza llorando frente al espejo, con música triste sonando al fondo. Me rapé porque sí, porque me gusta la idea de hacer esos cambios radicales, porque creo que me luce, y, sobre todo, porque quería descansar de mi pelo. Además, el pelo crece.

Fleabag

Cuando doy con una serie con cuya protagonista podría identificarme siento una emoción primitiva. Siento que encontré una amiga, pero en realidad no es una amiga, sino que soy yo misma, pero transformada en una versión apta para la pantalla. La protagonista de la serie, Fleabag, es una mujer en sus treintas, un poco desubicada e insegura con respecto al futuro. Es una mujer narcisista. En eso nos parecemos, no solo ella y yo, sino prácticamente ella y yo y todas las mujeres que conozco. Fleabag le habla todo el tiempo a la cámara, o sea a nosotras. Le habla a la cámara mientras le habla a los demás, que no se dan cuenta de la “conversación” paralela que ella siempre está sosteniendo. En eso también nos parecemos. Ahora, como me pasa mucho con las series desde que llegué a Estados Unidos, me doy cuenta de que las cosas en que no nos parecemos pasan, primero, por la clase. Aunque esté perdida y en la quiebra, Fleabag tiene una hermana millonaria que la puede sacar de problemas, y su papá, que le da regalos extravagantes. Tiene un negocio. Un café. Pero no sabemos realmente mucho de ese negocio y, de hecho, casi nunca nos la muestran en el café, atendiendo clientes o lidiando con eso. Las ficciones que me gustan casi nunca cuentan cómo la gente gana dinero, cómo lo administra, qué hace con él. O son ricos o son pobres. Cuando son clase media, se preocupan por el dinero de una forma casi abstracta -me pregunto por qué, si para mí el dinero es una preocupación constante, en las series las mujeres de clase media parecen ir por el mundo como si ese problema no fuera tan importante.

Eso me recuerda que quiero escribir sobre Shameless, Shoplifters, y Florida Project.

Volviendo a Fleabag, por lo que entiendo, esta mujer tiene dos problemas principales, que en realidad son el mismo: el duelo. Al inicio del relato, Fleabag ha perdido a dos personas muy importantes para ella. Los dos duelos se superponen de una forma que constituye el eje de toda la historia. El otro problema de Fleabag es el que me cuesta más describir. Parece que tiene que ver con el sexo como una forma de pasar por el duelo. Fleabag tiene mucho sexo con distintas parejas permanentes y casuales. Lo disfruta, pero parece que también es un problema para ella. No está buscando el amor. Me parece que uno de los statements de la serie es justamente que amor y deseo no van juntos para la protagonista, y me parece que ella trata de decir que esto no le incomoda. Pero yo creo que sí le incomoda.
Casi todas las narrativas que me gustan, en las cuales las protagonistas son mujeres, van del amor romántico. Y aunque esta serie parece querer ser una excepción, al final también es sobre el amor romántico. Lo que pasa es que también es sobre otras cosas, sobre otros tipos de amor y sobre el deseo. La segunda y última temporada está de hecho centrada en el amor romántico. El giro es que se trata de un amor imposible: otro motivo muy común y muy de mis favoritos. Me parece que ahí la serie está diciéndonos algo muy importante, aunque no puedo formular todavía exactamente qué es. Por eso, entre otras cosas, estoy escribiendo esto. En el motivo del amor imposible está el core, la nuez de la reflexión sobre el amor romántico. Yo leo ahí que solo el amor imposible es el amor romántico perfecto. Pero esto no es nuevo. Desde que se inventó el amor, la idea es que no se consume. El amor romántico perfecto es uno que nos tiene permanentemente en ascuas. Nunca mejor dicho. Una tensión constante que nunca termina de resolverse. En el caso de Fleabag, el objeto de deseo es un ejemplo “perfecto” de amor imposible, porque, sin importar la consumación o no, el amor sigue siendo imposible. Es una puerta entreabierta para siempre -porque ahí termina la serie. O sea, esta historia de amor es como un cuento de hadas al revés: no vivieron felices para siempre porque no se podía.
Entonces, ¿qué me dice Fleabag sobre las mujeres y el amor? Me dice que no pasa nada cuando el amor perfecto no cuaja, y me dice que así debe ser y que la vida sigue después del amor, aunque no me dice qué sigue o cómo sigue. Y si bien esa ausencia del “qué sigue” no me sorprende, sí que me frustra. Me da la tensión sexual, que me gusta mucho, me da la consumación, pero no me da la satisfacción del amor eterno y tampoco me da un después del amor. Así, el amor es lo mismo que consumir la serie, que comprar cualquier cosa, se agota, las ascuas prenden y se consumen y no queda nada después del calorcito momentáneo.

Y aquí paro, porque esto del amor y el consumo me da para otro post.

Writing en inglés

El problema con la escritura en inglés empezó desde antes de llegar a los Estados Unidos, con el infamous “Statement of Purpose”. Mientras iba redactando las decenas de versiones de ese documento, que es la llave misma que abre las puertas del éxito, fui aprendiendo varias cosas: en inglés no nos gusta la voz pasiva, ni nos gustan las oraciones sin sujeto, ni usamos this como usamos esto en español. This necesita algo que venga después. Esto es otra cosa. No me acuerdo cómo se llama esto en gramática. Tampoco nos gustan las oraciones demasiado largas, porque el lector tiende a perderse.
Entonces, cuando vine aquí comencé a mirar mi español con desconfianza. Arrugué la nariz leyendo los periódicos colombianos. Me enfadé pensando en mis abundantes pronombres relativos (creo que así se llaman), los cuales, cuyos, dondes, quienes. Evité las oraciones largas como a los locos que deambulan por las calles de Chicago.
Pero hace unas semanas me encargaron una traducción del español al inglés y, mientras la hacía, todas esas ideas sobre mis dos lenguas fueron revolviéndose en mi cabeza y fui tomando decisiones y fui cambiando de opinión con respecto al español y su, creía yo, falta de concisión y de claridad en comparación con el inglés.
No digo que estas cosas que voy a apuntar a continuación sean LA VERDAD, pero al menos merecen un second thought.

  1. La voz pasiva es injustamente demonizada, y a veces sirve, como en esta oración. Creo que el problema con la voz pasiva es que a veces, por su culpa, encadenamos una frase con otra y vamos metiendo nuevos sujetos, a veces sin cuidado, y entonces creamos confusión.
  2. El exceso de oraciones cortas es aburrido. Una seguidilla de oraciones cortas suena robótica. Me gustan las oraciones largas que enredan al lector y lo obligan a volver y reecontrar el camino. Una oración larga nos obliga a pensar, y si uno es quien escribe, entonces es una oportunidad para explorar conjunciones y preposiciones, para escuchar el ritmo de la propia escritura y para expresar la densidad de una idea.
  3. Cuando pienso en ciertas formas de escritura, como los term papers, me parece que son producto de la pura mala crianza de cierto tipo de lector. Un lector que no tiene tiempo y que quiere saber ya qué es lo que una está diciendo. No, lector: date tiempo con mi texto y, si no tienes tiempo, pues no me leas, pero no obligues a dártelo todo en el primer párrafo.
    Leer y escribir son, muchas veces, actividades relacionadas con el ocio, con el juego y con cierta improductividad. Al menos así es la lectura y la escritura que me interesa. En ese sentido, los recovecos del español tienen un brillo renovado para mí.
    En español, puede que la escritura sea menos directa, pero puede que eso nos diga algo sobre nosotros mismos.

Todo esto para decir que me siento un poco insegura con el resultado de la traducción que me encargaron, porque si la lee un hablante nativo del inglés va a leer en ella mi acento; pero al mismo tiempo pienso ¿y qué? Primero, no soy hablante nativa de inglés, y realmente no me parece tan mal que escriba con acento. Me parece bonito. Me parece, incluso, un poco poético.

Buenas, Jáider

Siempre me sorprendo infantil cuando descubro la palabra o frase original detrás de ciertos nombres populares en Colombia. Ponerle a un hijo de uno Jáider, Hi there, me parece bonito, me parece orgulloso. Si probablemente no pertenecemos a la clase que nos enseña que el nombre abre y cierra puertas, pues qué gesto altivo decidir el nombre así, apropiándose de las palabras en la lengua “del imperio”, pero cambiándolas, retorciéndolas, españolizándolas. El otro día vi el video de los futbolistas del Manchester City, que ganaron la Premier League, y cantaban ese coro que dice “Campeones, campeones, oé, oé, oé”, y pensaba qué significativo, how symbolic que en el video desde el vestuario del campeón de la Premier League estén saliendo cánticos en español, campeones, campeones, oé, oé, oé. Significativo, y quisiera decir que no sé significativo por qué o simbólico de qué, pero sí sé. No sería capaz de apreciar algo como la fuerza del español filtrándose en el camerino del equipo inglés o la altivez detrás de los Jáiders, de las Leidys -de la altivez de los padres, en todo caso-, si no fuera porque me fui de Bogotá a estudiar a los Estados Unidos, como muchos otros. Pero siempre viví una vida paralela en inglés, en la cultura popular en inglés: vi las universidades que luego pisé con emoción en series gringas sobre adolescentes soñadoras. Supe primero de clásicos de la literatura anglosajona porque vi las películas. En fin, este país siempre ha estado ahí, y ahora yo estoy aquí y escribo sobre lo que me ha dado: las marcas, los golpes, las lecciones, y un revuelto de dos lenguas en dos lenguas que ha cambiado cómo veo el mundo. Sobre eso es este blog.