terf o no terf

Terf o terfa quiere decir trans-exclusionary radical feminist: feminista radical que no considera mujeres a las mujeres trans ni hombres a los hombres trans. No parece que acá en Colombia el debate entre terfas y trans-incluyentes sea tan intenso y popular como en Estados Unidos o Inglaterra, pero no estoy segura. Ese tema no sale mucho en mis conversaciones personales, pero sí en redes y medios que sigo. Sí percibo que el debate público sobre el género ha alcanzado unos límites de especialización, especificidad y animadversión que han dado pie entre otras cosas a que muchas personas de plano ridiculicen cualquier asunto relacionado con eso, desde las transformaciones del lenguaje (por ejemplo, el polémico todes) hasta la salud reproductiva y la legislatura para proteger a la población vulnerable.

Yo oscilo entre posturas abiertamente terfas, sentimientos de vergüenza por tener dichas posturas y fantasías de hermandad de todas las oprimidas por el patriarcado. Hace muchos años leí en El Tiempo un reportaje sobre un hombre embarazado. Recuerdo que en ese entonces elaboré un argumento que decía más o menos que si uno quería ser del otro sexo (en ese momento yo no hacía distinción entre sexo y género), entonces tenía que asumir todas las condiciones de ese sexo, luego era improcedente que un hombre quisiera estar embarazado. Para mí era lógica sin fisuras: puedes ser hombre si quieres, pero los hombres no se embarazan, luego no puedes querer estar embarazado. Sin embargo, hoy veo que ese argumento era muy chimbo, especialmente porque ese hombre estaba embarazado, independientemente de lo que yo pudiera pensar. Puede que otras personas arguyan que si él u otro hombre está embarazado entonces no es hombre sino mujer; que es hembra biológicamente. Otras dirán que es un hombre con útero o un hombre gestante. También habría que pensar cuáles son los motivos para exponerse así en medios y qué tanto los medios contribuyen a la simplificación amarillista de problemas y decisiones que seguramente son mucho más complejos que lo que puede explicar un reportaje. Fabricar argumentos sofisticados para vencer al oponente es sin duda placentero, pero en algún punto hay que parar y quizá ser simplemente más empático, o una combinación de práctico y empático.

Por varios años me quedé ahí, en la certeza de que las personas trans existen más allá de mis argumentos. Hasta que hace poco supe que ciertos sectores critican a las mujeres que llevan carteles con dibujos de úteros y vulvas a marchas feministas. Al tirar de ese hilo me encontré con que hay toda una discusión y movida que trata de popularizar expresiones como personas embarazadas, gestantes o pregnant people en vez de mujeres embarazadas; personas menstruantes en vez de un genérico mujeres y una que no creo que sea cierta: úteroportante. Incluso encontré que para algunas feministas radicales el uso de la e para incluir a todos los géneros es misógino!!!

Me parece extraño que el dibujo de una vulva asociado con lo femenino detone un sentimiento de rechazo y exclusión en una mujer trans. Me ofendí por que me llamaran menstruante (y en realidad nadie nunca me ha llamado menstruante). Pensé que solo un grupo de hombres podían ser tan caraduras como para exigirles a las mujeres que tengan más cuidado con las formas que eligen para reivindicarse y representarse. Y así me he descubierto otra vez alineada con posturas conservadoras y directamente transfóbicas.

El tema de las leyes trans es, creo, uno de los más importantes de la discusión pública, y una ocasión en que las feministas radicales son especialmente atacadas por transfóbicas. El único caso del que tengo más información es el de España. Ese ejemplo me permitió aprender sobre críticas concretas a ese tipo de leyes. Una conclusión importante de las críticas es que la ley trans en España perjudica a todas las comunidades vulnerables, incluidas las personas trans y que solo no perjudica a los hombres. En un podcast feminista escuché que genera malestar que, por un lado, se haga más estricta (cuando no es inexistente) la legislatura sobre el aborto, y por otro las mujeres trans puedan cumplir sentencias en cárceles de mujeres (supuestamente más seguras), o que puedan competir como mujeres y contra otras mujeres en certámenes deportivos. También escuché que hombres podrán declararse mujeres para no recibir las sanciones en casos de violencia doméstica y feminicidio. Estos son apenas unos ejemplos de todo lo que implicaría aprobar estas leyes que permiten que una persona declare sin más el género al que pertenece, sin necesidad de pruebas de ningún otro tipo y sin cambiarse siquiera el nombre. Las feministas que critican estas leyes piensan que se necesita más especificidad, más aclaraciones; en fin, consideran el documento una paparrucha que necesita más investigación y claridad.

Supongo que habrá hombres que se aprovecharán de esas leyes para beneficiarse en procesos legales. En cuanto a los deportes, la verdad no me importa. No sé si en todos los casos un atleta hombre será más rápido o más fuerte que una atleta mujer. No sé si sea mejor que en todos los deportes, en vez del género, las categorías para organizar a los competidores deban ser altura y peso. No sé porque no soy atleta ni sé mucho de la historia ni la burocracia ni la ciencia del deporte.

También detecto mucha especulación en los reparos que las feministas radicales hacen a las leyes trans. Creo que al plantear esos ejemplos de lo que puede salir mal están pensando en hombres disfrazados de mujeres: hombres blancos, heterosexuales, ricos, que conservan todo su poder y van a por todo lo demás. Y no es cierto. A esas críticas les hace falta empatía. En Colombia la expectativa de vida de una persona trans es de 27 años; en Argentina, de 35. Así que no creo que los hombres se vayan a declarar trans en masa.

Por estos días pienso que el problema es justamente ese, que hay un tren de pensamiento que va por su propio carril, que no necesariamente plantea falsedades, pero que es sobre todo especulación, temor y, pienso yo, odio a los hombres —un odio ciertamente justificado en términos generales—. Odio a los hombres visto lo que pasa con las mujeres, entre otras cosas, la violación, que desproporcionadamente afecta a mujeres, la penalización del aborto, los problemas para acceder a métodos anticonceptivos, el feminicidio/femicidio —por cierto he notado que es un concepto difícil de entender para mucha gente—. También está la brecha salarial entre hombres y mujeres, la mayor importancia que tienen el aspecto físico y los estándares de belleza para las mujeres, entre otras desventajas. El odio a los hombres se ha alimentado por siglos de un trato desigual, la jerarquía entre hombres y mujeres en la cual las mujeres son inferiores.

Para muchas personas los reclamos de las mujeres ante la desigualdad entre los sexos carecen de sentido. Muchas personas, hombres y mujeres, niegan que exista desigualdad. ¿Por qué? No creo que haya una única respuesta. Intuyo que quienes niegan que existe la desigualdad entre hombres y mujeres y, por ende, infravaloran los reclamos del feminismo (los feminismos), encuentran muy difícil separar sus experiencias individuales como mujeres o como personas que se relacionan con mujeres concretas de la categoría mujer entendida en un contexto social e histórico amplio o de la clase social “mujer”.

Sí, es verdad que muchas feministas radicales importantes como Germaine Greer se refirieron abiertamente a las mujeres trans como hombres disfrazados de mujeres, lo cual muchas personas desde siempre han considerado inaceptable y, de plano, discurso de odio. Es verdad que se han realizado encuentros de mujeres y no se ha permitido la entrada a mujeres trans —fue así como surgió el término TERF—.

Ahora, por qué se iguala feminista radical con transfóbica? Radical, como repiten las feministas radicales, quiere decir que ese movimiento va a la raíz de la cuestión, que es el género. El sistema patriarcal, que descansa sobre la necesaria opresión de las mujeres, necesita que haya género; y el género es la separación jerárquica entre machos humanos y hembras humanas que ubica al macho humano en una posición superior. Eso según lo que yo entiendo de planteamientos del feminismo radical. El feminismo radical no busca la igualdad de géneros, sino abolir el género. Entonces, un problema entre el discurso público de las feministas radicales y el discurso de las feministas trans-incluyentes es que las primeras rechazan el género y las segundas construyen sobre el género, lo redefinen y lo multiplican.

No es fácil concebir la abolición del género y esa es una parte importante del problema. En cambio, la idea de transgredirlo existe efectivamente: existen personas que rechazan el género que les correspondería según lo que las distintas comunidades han venido a definir como hombres y mujeres, y que actúan de distintas formas para hacer realidad ese rechazo y esa reasignación de otro género, las personas trans que se operan más, las que menos y las que no se operan, las personas que exigen que usemos unos pronombres específicos que transforman el lenguaje para hacer visibles sus opciones, decisiones y, en últimas, su realidad con respecto al género.

En cambio, no imagino bien cómo funciona abolir el género. No sé de nadie en mi círculo ni de una celebridad que no tenga género. Un individuo no puede hacer nada visible ni invisible para comunicar ni representar el hecho de no tener género. La opción no binarie o no binario también es un género, no quiere decir no tener género. El deseo de abolir el género es más revolucionario, pero por lo mismo genera más sospechas, como cualquier revolución en un momento desencantado y más pragmático. Hoy parece que tiene más sentido negociar con el sistema e intentar modificarlo con acciones pequeñas y planes a largo plazo; y la sola sugerencia de la destrucción o el desmonte del patriarcado o de un sistema cualquiera suena ingenua y pueril. Son dos perspectivas políticas entre muchas posibles que permean también la discusión de los feminismos y sobre los feminismos.

Si el punto de los feminismos es desmontar el patriarcado o lograr la igualdad entre las personas sin distinción de sexo, género o identidad de género, las feministas radicales y las trans-incluyentes no son enemigas. El patriarcado es el enemigo común. Algunas personas me han presentado este argumento cuando me pongo terfa. Creo que tienen razón.

Como terfa ocasional, si algo he aprendido de escuchar y leer a personas trans y trans-incluyentes es que el mundo sigue siendo de los hombres blancos, heterosexuales, pero quienes no entran en esa categoría están hablando más y poco a poco nos están mostrando que no hay una sola forma de existir y que no hay una versión de la vida social, de la vida intelectual, de la vida sexual, de la familia, etc. Que el mundo sea de ellos no niega la existencia de todos los demás.

Muchos hombres homosexuales son misóginos. Los son abiertamente y no sé si lo saben o no. No me he atrevido a señalarlo cuando su misoginia se hace evidente en conversaciones. Supongo que hay mujeres trans que son misóginas, como hay adultas hembras misóginas. Casi todas las personas somos al menos un poco misóginas. Muchas feministas odian a los hombres. No todas las mujeres son feministas. No respeto a alguien solo por ser mujer. Me siento más representada por Brigitte Baptiste que por Martha Lucía Ramírez.

Si no lo hacen, las mujeres trans deberían defender abiertamente causas sobre derechos reproductivos, aunque no menstrúen ni tengan útero. Para mí ese es un punto clave en el cual se necesitan todos los aliados posibles. Las terfas debemos enfocarnos en la innegable vulnerabilidad de la mayoría de las personas trans, que no son las poquísimas actrices que han conseguido visibilidad y algo de respecto (en Estados Unidos, básicamente) ni Caitlyn Jenner, ni Eliot Page. Y no hablo mucho más de eso porque conozco a cero personas trans. Las terfas también deberíamos evaluar nuestro odio a los hombres y encontrar una forma de lidiar con eso sin portarnos a nuestra vez como caraduras jugando a quién está más oprimido. Esa es una forma muy gringa de ir por el mundo, XD.

Bobo simple

Como si cada marcha fuera la primera marcha que Yolanda Ruiz y Julio Sánchez Cristo y Claudia López vieran en su vida, cuando hay disturbios, estas personas —directores de medios los dos primeros, alcaldesa de Bogotá, doctora en Ciencias Políticas, exsenadora y exfuncionaria la segunda— se declaran estupefactas y conmovidas ante “los hechos de violencia”. Destaco a Yolanda y a Julio, porque Yolanda parece bienintencionada y Julio es un cínico gobiernista. Claudia me sorprende cada día, pero eso da para otro texto. El caso es que todos los demás llevamos años escuchando sus simplezas. Así, cuando mandan a un reportero a un Justo y Bueno en un barrio del sur (así, genérico) y entrevistan a la cajera, ella repite las mismas simplezas. Ayer Shakira, Carlos Vives y James Rodríguez también “hicieron un llamado.” Un llamado bobo y simple.

Hay un refrán que me gusta mucho, y que dice “De buenas intenciones está empedrado el camino al infierno,” que quiere decir que a Dios no le gustan los bobos simples. Los periodistas se escuchan muy, muy conmovidos viendo los almacenes destrozados, la comida regada por el suelo, la gente caminando triste porque no hay transporte por los bloqueos en las vías. Además, hay preocupación porque ya se está notando la escasez de alimentos y el aumento de precio en productos de la canasta familiar. Yo quiero creer que no todos son cínicos, que de verdad esa es la realidad que ven. Pero luego pienso en el refrán de marras, pienso, pero cómo así?, cómo así que están reportando cómo sufre la gente por culpa de la marcha? Cómo así que no se hacen más preguntas? Que no se fueron a leer la reforma tributaria y que no están leyendo la reforma de la salud y que no están contando los muertos y desaparecidos? Cómo así que no están cuestionando a la alcaldesa? Cómo así que no les pasa nada cuando Uribe dice que la gente que rompe vidrios y quema los CAI es terrorista? Cómo no les parece que no son terroristas? Si los de la marcha perjudican a los ciudadanos, entonces quiénes están marchando? Esa es una pregunta muy fácil y muy importante: quiénes están en las marchas?

Vayan y pregúntenles, no? Usted qué hace? Dónde vive? Cuánto gana? Pregúntenle por lo menos a 100. O graben, no? Ni siquiera tienen que preguntar. Podrían grabar todo lo que pasa y luego pasarlo por televisión, no? Y entonces me da mucha rabia, porque esto lo lee gente que ya piensa como yo y porque yo no puedo ir donde Yolanda Ruiz y decirle maldita sea, mujer, estás haciéndote las preguntas equivocadas, deja de diseminar pendejadas. Tú importas! Haz algo, tú que puedes. Y entonces me doy cuenta de que Yolanda Ruiz es tan cínica como Julio Sánchez Cristo, o tal vez peor, porque se hace la pendeja. Y todos los reporteros de ese estilo, todos esos bienintencionados están deliberadamente construyendo o diseminando una serie de ideas:

Primera idea: que la gente que marcha pertenece a una clase —desocupados, violentos, perezosos, prescindibles— y que los ciudadanos afectados son los que no pueden llegar al trabajo, la señora de la ambulancia y el bebé, los dueños de los negocios, las señoras que limpian las paredes pintadas de grafitis. Los ciudadanos son una clase de gente que está en la carrera, probablemente infructuosa, para convertirse en triunfadores —alguno triunfará, lo que quiera que eso signifique, pero la mayoría seguirá siempre en la carrera, aspirando a—. Este es un espectro bien amplio: yo creo que abarca tanto a jovencitos de colegio que quieren estudiar sistemas, a cajeros de banco, a ingenieros con buenos sueldos, a los reporteros de rcn y caracol, pero también a los de medios independientes, a profesores y estudiantes universitarios, a los empleados de los call centers, a oficinistas, empleados del estado y distrito en puestos intermedios, y bueno, por ahí va la cosa. No me da para hacer la lista completa. Yo creo que se puede resumir en que los ciudadanos son aquellos cuya motivación principal y quizá la única es ganar buena plata, acumular riqueza y vivir bien. Segunda idea: que el problema es la violencia. 3) Que violencia es romper vidrios, saquear almacenes, quemar CAI. Hay más, pero esas tres son especialmente horribles porque son tan sencillas y efectivas. Son perfectas para que no pase nada, a pesar de que por la noche las ciudades arden y muere gente. Pero como muere gente violenta, desocupada, perezosa, prescindible, no es tan grave. O sea, se ve mal y tal, da un poco de miedo, pero pues… al fin y al cabo qué es un pobre más, un pobre menos. AH! Eso me recuerda que 4) pobre es uno o una que trabaja sin descanso para salir adelante, con ilusión y una sonrisa en la cara, pero que nunca dejará de ser pobre. Si el pobre tiene rabia o no trabaja, no es un pobre, sino un ñero o un vándalo o un criminal.

Dos ejemplos más de simpleza y bobada a través del espectro de la opinión pública (a riesgo de hacer este post interminable):

El buen James Rodríguez, que es tan lindo, que le hizo ese golazo a Uruguay en Brasil 2014 y nos volvió locos de alegría (me tengo que reprender cuando pienso con tristeza que James no brilló en el Real Madrid, pienso “pobre James” y luego tengo que sacudir la cabeza y recordar que James está podrido en plata ؅—carajo, es que es muy difícil no ser bobo ni simple—), James, en fin, puso en su Instagram “Amo mi país como a nadie y me duele lo que está sucediendo, en la distancia se siente aún peor”, jejeje. Después dice “lo primero que tengo que decir es que la violencia no es camino para ningún lado. Con violencia todo termina peor. Siempre entendí en la vida que la manera de lograr las metas es trabajar de manera honesta y profesional y ese es mi llamado hoy.” Por su parte, Claudia López, que es alcaldesa y doctora en Ciencias Políticas de “una prestigiosa universidad norteamericana” puso en su tuiter: “Las escenas de dolor, rabia y violencia que vimos anoche son inadmisibles. Pero, ¿Primero acorralar, luego encerrar, luego incendiar, contemplar a seres humanos quemándose y cuando logran salir además correr tras de ellos a golpearlos? ¿Qué es eso? Toda violencia debe parar ya!”

Me gusta mucho el “qué es eso?”. Así me decía mi mamá cuando yo me ponía histérica por alguna injusticia en el hogar y me ponía a soltar improperios, y cuando ella me decía así yo me sentía toda avergonzada, como si me hubiera bajado los pantalones y me hubiera cagado en la sala delante de la visita.

Ahora sí, el final:

Yo esperaría que Claudia López dijera, en cambio, algo como “el desorden y la desobediencia ante las autoridades deben parar ya”. Pero, claro, ella no dice eso, porque eso suena más facho, entonces habla así, como una mamá, como una coordinadora de disciplina. La violencia, evidentemente, sí lleva a cosas buenas, a cosas buenísimas, a lugares increíbles. Gracias a la violencia, la gente, en general, se porta bien, y podemos vivir más o menos en sociedad; de hecho, la violencia justamente mantiene a raya a los pobres, los ñeros y los vándalos. Las armas nos ayudan a funcionar en orden y tranquilidad, para que no entremos donde no debemos entrar, ni otros salgan de donde no deben salir. El uso adecuado de la violencia nos permite viajar, consumir con tranquilidad, disfrutar la noche, el espacio público, hacer fortuna. La violencia, si uno se fija, es súper chévere, siempre y cuando la ejerzan los que la deben ejercer; siempre y cuando no nos coja por sorpresa. Por eso me molesta tanto leer y escuchar las declaraciones de Claudia López, porque ella sí sabe estas cosas. Y Julio, y Yolanda. No es posible que crean, de verdad, que la violencia no lleva a ningún lado. Su preocupación por la gente es falsa, su consideración por los individuos policías heridos es falsa. Ellos no montan en transmilenio, así que todos los putos buses pueden arder que a ellos les vale. Ellos no saben cuánto vale un producto de la canasta familiar, así que no se dan cuenta si sube o baja de precio. Para ellos las marchas son un inconveniente, ruido ininteligible y quieren que los ciudadanos —ese amplísimo espectro que mencioné antes— piensen como ellos y, así, mantengan este orden de las cosas en que salieron, salimos, porque yo también, mejor librados.  

Unos van alegres, otros van llorando

La semana del 24 de diciembre al primero de enero me pone ansiosa desde niña. Por mí, la dormiría toda. La retórica publicitaria y el material de entretenimiento navideños anidaban en mi mente, que ya entonces tendía al ensueño y al romance, y yo sentía que esos días eran la promesa de un futuro diferente, mejor; pero esas promesas nunca se cumplían. Al principio me desilusionaba que mis papás me regalaran cualquier barbie y no la que yo había pedido. Luego fue el peso de la soledad de mi familia nuclear en Bogotá. La gente que componía mi rutina se iba por varias semanas, cada uno donde su propia familia, que yo imaginaba siempre más numerosa y feliz. Se cocinaban peleas que reventaban justo esos días y que, o bien arruinaban la noche, o bien ocultábamos con sonrisas impostadas, comida y trago. Me irritaba que el programa de año nuevo de olímpica estéreo fuera pregrabado y que mis programas favoritos también se fueran de vacaciones. Si viajábamos a la costa, temía que chocáramos o nos cayéramos al abismo en Pescadero. Estando allí, mis parientes me eran extraños y rehuía el abrazo de hombres adultos borrachos. Resentía esa pausa obligada. Se me hacía que todo a mi alrededor era puro fingimiento, abrazos a la medianoche como si no existiera el arroyo subterráneo de rencor y amargura que atraviesa toda reunión familiar.


Pero me gusta la navidad publicitaria. Extraño la iluminación estrafalaria de Bogotá, cuando ponían luces en los postes de la luz a lo largo de la 100, de la 15; cómo esperábamos los cambios de decoración cada diciembre. Extraño El Trompo, el suplemento del periódico El Tiempo el Día de los Inocentes. A mi mamá, que ponía Abriendo puertas de Gloria Estefan a todo volumen y bailaba en la sala. Y atesoro, no sé si por inercia o nostalgia verdadera, los jingles navideños: Comcel te invita a festejar, alegremente, celularmente; De año nuevo y navidad, Caracol por sus oyentes; en esta navidad entrega mucha felicidad, con una sonrisa es suficiente; RCN a todos sus amigos les desea todas, todas, todas las felicidades.


Una de estas mañanas, mientras Óscar preparaba el café con la radio prendida, escuché por primera vez este año la canción navideña de café Águila Roja y salté de la cama mientras la cantaba y salí a la cocina y lo abracé sin dejar de cantar. La navidad es todo aquello que nos hace recordar que la vida es bella, que diciembre es amor, canta el niñito todos los años y yo me permito la ilusión por un ratico.

Darme un vuelto

En estos días miro a Bogotá con ojos de turista. Ayer, por ejemplo, pasé junto a unas mantas arrebujadas en el andén, bajo las cuales intuí una o dos personas durmiendo. Asomado entre las mantas había un perro marrón y negro, con el pelo en mechones mates de mugre. La cabecita del pecho arrunchado con las personas se me figuró como una foto para instagram. En mis paseos por la ciudad he encontrado varias de esas que para mí son escenas y no la vida. Es decir que proceso la miseria en la calle como potencial contenido para las redes sociales; un contenido, me engaño, con perspectiva política o social, pero sé que no. No creo eso se pueda en instagram, y menos en el mío, que no tiene seguidores porque lo uso para fisgonear publicaciones de otros. Y aunque tuviera seguidores, lo que ganaría con la foto del perro y las personas sin techo arruchados sobre la acera en mi cuadra sería, con suerte, aprobación y elogios fugaces.

A veces sale en nuestras conversaciones con óscar que queremos provocar algo con nuestro trabajo y nuestras acciones, específicamente ideas. ¿Cuál hubiera sido la idea detrás de la foto que no tomé? ¿Que los perros son muy tiernos? ¿Que esa persona bajo las mantas es capaz de amar a un perro? Esas ya existen y no estoy segura de que se puedan considerar ideas.

Botar

Primero: no recibas
ni regalos, ni programas de teatro
ni muestras gratis, ni mercancía promocional
tazas, botellas, bolsas de tela, bolígrafos.
No entres a tu casa con más cosas de las que tenías cuando saliste.
No compres.
No compres nada. Probablemente ya tienes muchas cosas.
No compres ganchos para el pelo, ni moñas.
No compres ropa “para ocasiones especiales”. Ponte el mismo vestido siempre. A nadie le importa.
Sal con el mismo vestido en todas las fotos.
No guardes
ni recuerdos, ni mementos, ni ropita de bebé.
No guardes ropa que ya no te queda.
No guardes las cajas de las cosas que ya compraste.
Ten pocos cajones.

Para botar bien hay que ser despiadada.
No revises. Si está guardado es que no importa.
Es mejor botar sin mirar.
No dones tu basura.
No dones lo que consideras basura. Bótalo.
Bota los objetos de valor sentimental. Bótalos eventualmente.
Bota algo que no veías hace más de un mes.
Bota los regalos que te dieron y que guardas sólo porque son regalos.
Bota las cosas viejas:
el ipad, el ipod, el mp3, el cdplayer, el vhs.
Bota el televisor viejo, el computador viejo.
Bota el maquillaje.
Bota las corbatas.
Bota las camisetas de la selección
(no compres camisetas de la selección)
Bota los billetes y monedas que te quedaron de un viaje al extranjero
(a menos que sean dólares, por supuesto, o euros?)
Bota inmediatamente los pasabordos usados.
Bota todas las bufandas. Las bufandas son una mierda.
Bota las medias sin pareja y las rotas.
Bota las gafas rayadas y bota los estuches de las gafas.
Bota lo que planeabas reparar y no has reparado.
Bota los frascos y las botellas de licor vacías.
Bota los chapsticks.
Bota los morrales, las carteras, las tulas, los maletines, las cartucheras.
Bota los cables
las extensiones
los adaptadores
las agendas, las libretas, los blocks, los clips, los chinches, el corcho, los postits.
Ante la duda, bota.

Las aventuras de la China Iron

Desconfío, de puro envidiosa, de todo lo que el mundo literario considera excepcional. Mis compañeres de doctorado leyeron La Virgen Cabeza en una clase. Ahí escuché de Gabriela Cabezón Cámara por primera vez. Nomás pensé qué curioso ese apellido y ponerle así a la novela, dos cabezas ahí… raro.


Meses después la escuché en una entrevista y leyó un fragmento de Las aventuras de la China Iron. Estaba en nuestra biblioteca. La trajo Óscar. La empecé y era algo que no se parecía a nada que hubiera leído antes. Muy lírica, pensé. Eso quiere decir que las palabras me parecieron muy escogidas. Se supone que la selección cuidadosa, amorosa, fetichista casi, de las palabras es un requisito de toda buena obra de literatura, sea poesía o narrativa, pero esta novela me pareció diferente. Había eso, las palabras precisas, un ritmo que parecía que estaba escuchándolas; también me pareció tan argentina, o sea, en conversación con lo que una conoce como “la literatura argentina”, no solo con Martín Fierro. Nota: ignoré completamente lis rifirincis intirtixtilis. Me gustó cómo está ahí metido el inglés, también, porque es como una marca de cierto intelectual cuarentañero y de ahí para abajo.


Mis amigues que la leyeron antes me advirtieron del final, que era medio flojo, que la utopía, que poco creíble, etc. Eso definitivamente influyó cuando llegué, ciertamente insatisfecha, a la última página. Yo no quería creerles porque últimamente me parece directamente conservador, derechoso, pues, eso de ir por ahí pinchándole la burbuja a quienes se animan a plantear que hay que romperlo todo y armar algo nuevo. Es cierto que una lee, por ejemplo, a Shulamith Firestone, y al principio está on board, asiente a todo, se le inflama el pecho, pero cuando llega a la parte en que dice que al carajo el tabú del incesto o que los niños sean autónomos desde los 6 años o algo así pues… sí, a mí me cuesta; directamente me parece una locura. Pero también me encanta que Shulamith se haya atrevido, en la escritura, a proponer cosas “escandalosas”. No sé qué tan en serio se la puedan tomar sus lectores hoy, incluso quienes se consideran feministas radicales. Es más, no sé si en el mundo de hoy alguien se hubiera atrevido a publicarla, si no se hubiera metido en problemas legales, incluso.


El caso es que el final de Las aventuras de la China Iron sí queda un poco ingenuo en comparación con la fuerza, el humor, la violencia, la fiereza y la sensualidad irrefrenable del resto del libro. El final es aguado, es blandito. Yo hubiera terminado contando la muerte de uno de los personajes principales y el rito funerario, o hubiera contado una guerra con los argentinos o los otros pueblos. Quiero decir que mi insatisfacción con el final no es ideológica —aguante la imaginación utópica— sino estética. No me parece que quedó bien anudado el producto final.

Adenda:

Apenas terminé de leer agarré mi cuaderno y escribí: “terminé la marabiyosa China Iron de Cabezón Cámara. Nunca había leído algo como esto, tan sensual, tan femenino. No… Tan sensual, tan físico, tan sensorial, de la tierra y la naturaleza. Algo así es lo que quiero decir, y sí, escribí “femenino” y veo el problema. El patriarcado hablando a través de mí, diciendo, en últimas, que los hombres son los racionales. Todo mal.

Sobre la denuncia pública a Ciro Guerra por acoso y abuso sexual (Ciro Guerra got #metooed)

Hoy es miércoles 24 de junio del 2020. Una amiga me pasó este link por whatsapp https://volcanicas.com/2020/06/24/ocho-denuncias-de-acoso-y-abuso-sexual-contra-ciro-guerra/

  1. EN ESTA SECCIÓN RESUMO EL REPORTAJE

Es un reportaje que cuenta cómo Ciro Guerra acosó sexualmente a Fabiana, Gabriela, Teresa, Eliana, Beatriz, Carolina y Daniela y abusó sexualmente de Adriana. Las periodistas cambiaron todos los nombres porque así lo pidieron las mujeres, “para proteger su privacidad y evitar represalias”. Las ocho mujeres cuentan interacciones con Ciro Guerra en las que él se comportó más o menos de la misma forma: tomado o borracho se les acercó, intentó besarlas o directamente les metió la mano bajo la blusa o el pantalón, algunas veces las agarró con fuerza o se les tiró encima. A una de ellas la penetró con los dedos. Estas mujeres trabajan en cine, televisión o medios, la industria del entretenimiento. Todas insisten en que Ciro Guerra tiene mucho poder en la industria, por eso cuando vieron que él se comportaba de esa manera y no dejó de acosarlas incluso después de que ellas lo rechazaron explícitamente más de una vez, evitaron enfrentarlo agresivamente y, como dice el artículo, denunciarlo penalmente.


Una mujer que hace una denuncia penal por acoso sexual o violación por lo general es revictimizada, o sea, aparte de haber pasado por el acoso o abuso, tiene que enfrentar la sospecha o directamente más violencia de quienes supuestamente van a “hacer justicia”. En casos como éste, que involucra a una persona muy famosa, también tienen que enfrentarse con la opinión pública. Por eso el reportaje dice muy claramente que la denuncia pública es para mostrar que el acoso y el abuso sexual son conductas normalizadas en la industria del entretenimiento en Colombia (es decir, que nadie se sorprende ni se escandaliza por cosas como éstas, los gajes del oficio, dirán algunes) y para que Ciro Guerra “tome responsabilidad por sus actos y no vuelva a cometer este tipo de agresiones con otras mujeres”.

  1. EN ESTA SECCIÓN ESPECULO QUÉ VA A PASAR CON NUESTRAS FEMINISTAS MÁS FAMOSAS: CATALINA RUIZ-NAVARRO, CAROLINA SANÍN Y LUCIANA CADAHIA Y QUÉ HAN DICHO SANÍN Y CADAHIA SOBRE EL REPORTAJE

Apenas van unas horas de la publicación del reportaje. No sabía que Volcánicas existía, pero sí he leído a Catalina Ruiz-Navarro, directora de la revista. Catalina tiene muchos detractores (y detractoras), especialmente en las redes sociales, pero es una abanderada del feminismo reconocida en Colombia y, diría yo, en Latinoamérica. Menciono primero a los detractores porque quizá la reacción de algunas mujeres y seguramente muchos hombres será rechazar el contenido del reportaje por el prejuicio contra ella. Sé que Carolina Sanín y Luciana Cadahia, otras dos interlocutoras más o menos conocidas y a quienes muches también perciben como feministas, ya publicaron comentarios sobre el tema en twitter y facebook.


En el contexto de la opinión pública colombiana, considerarse y nombrarse “feminista” todavía es como confesar un rasgo indeseable, o sea, es raro y sospechoso y, en el mejor de los casos, “polémico” o “controversial”. Siempre que Sanín, Cadahia o Ruiz-Navarro participan en un intercambio en redes o medios tradicionales, periodistas, lectores y curioses en general nos olvidamos de los temas de esos intercambios para enfocarnos morbosamente en ellas; nos distraen sus pleitos. Normal: es como cuando hay una pelea callejera. No es común que alguien pregunte por qué pelean, sino que la gente solo se acerca a mirar, hay quienes escogen bando y le hacen barra a su candidate. No sé hasta qué punto ellas mismas son cómplices de esa situación, pero muchas personas que las siguen y las leen ya las tienen encasilladas como unas mujeres feministas —inteligentes, en el mejor de los casos; locas o frígidas, en el peor— que son muy “polémicas”. O sea, con ellas siempre pasa algo así:
—¿Vieron lo que publicó Catalina Ruiz-Navarro (o Carolina Sanín o Luciana Cadahia, aunque ésta es menos famosa)?
— Sí, ¡muy bueno!
O
—¿Y ahora con qué salió?
Y muy rápido comienza una conversación sobre ellas. Es problable que con este caso de Ciro Guerra pase lo mismo.


Carolina Sanín publicó varios tuits cuya nuez, para mí, es advertir a quienes lean el reportaje para que no concluyan nada más que Ciro Guerra es un asqueroso o un degenerado, que hay que quitarle los premios, cancelarle los contratos y, en fin, hacerle daño, porque sería contradictorio buscar la justicia usando las mismas estrategias que otras veces le sirvieron a quienes odian a las mujeres para perseguirlas y quemarlas (el rumor, el anonimato, el ataque en gavilla). Sanín dice que ella no va a participar de un linchamiento público a Ciro Guerra, no porque lo defienda, sino porque no cree que el linchamiento sea la opción.


Luciana Cadahia también advierte de los peligros del linchamiento. En su post de facebook habla un poco más del contenido del reportaje y dice que hay que distinguir entre linchamiento mediático (cancelar) y reparación. Yo interpreto que para Cadahia la publicación es valiosa y que en sí misma no invita al linchamiento de Ciro Guerra, pero que es posible que a medida que circule se convierta en linchamiento.

  1. EN ESTA SECCIÓN ESTÁN MIS PENSAMIENTOS SOBRE EL REPORTAJE

El reportaje me pareció diferente a otros sobre hombres famosos y poderosos que acosan sexualmente a mujeres, famosas o desconocidas, porque explica varias veces que Ciro hace más o menos las mismas cosas cada vez: se prende o se emborracha, busca besar a mujeres con quienes está de fiesta; aunque ellas le digan que no, él igual lo sigue intentando, les mete la mano, las toca, forcejea con ellas. Dos de ellas dicen que es torpe. Él mismo se disculpa en una ocasión diciendo que no sabe bien cómo acercarse a una mujer —estaba recién separado de una pareja, dice—. Además, me parece importante que todas dicen que en estos encuentros sociales Ciro habla de trabajos, de proyectos actuales o futuros y de sus contactos en el negocio del cine y la televisión.


Es como si toda la situación fuera normal hasta que deja de ser normal.


Yo no sé si es que todavía la mayoría de las personas se imagina que los acosadores y abusadores son hombres enmascarados que atacan por sorpresa en calles oscuras; o que, si la mujer conoce al agresor, este da señales claras de perversión (tiene voz aguardentosa, suda mucho, babea, qué sé yo); o que las mujeres siempre pueden saber con anticipación si un hombre las va a acosar; o que la reacción automática ante el acoso es gritar, pelear, salir corriendo, no sin antes obtener todas las pruebas para poder denunciarlo; o que una mujer siempre quiere denunciar a su agresor.


En los testimonios recogidos para el reportaje de Volcánica, las interacciones de Ciro Guerra con estas mujeres comienzan de manera relativamente normal. El reportaje evita referirse a estas mujeres como “inocentes”, “frágiles”, “trabajadoras incansables” cuyos sueños fueron “manchados y pisoteados” por un hombre “corrupto y ebrio de poder”. También me sorprende que, a diferencia de otros casos en los que medios colombianos cubren este tipo de noticias, en este reportaje les creen a ellas. Es que me pinto esta misma historia en uno de nuestros dos canales (y sus emisoras homónimas):
“Según la joven actriz, el famoso director, premiado internacionalmente, la habría invitado a su apartamento, donde presuntamente la atacó después de pasar varios minutos a solas viendo videos en el computador”.
Y luego, en las mesas de debate, me imagino a los más bienintencionados diciendo: “qué decepción que un personaje tan importante para el cine colombiano se haya aprovechado de las aspiraciones de estas jóvenes luchadoras”.
Y a los de blu mejor no me los imagino.
Casi nunca es evidente para mí que la opinión pública colombiana le crea a una mujer que denuncia a un hombre por acoso, y para que le crean, tiene que ser inocente, luchadora, buena hija y buena madre.

  1. EN ESTA SECCIÓN SIGO ANALIZANDO EL REPORTAJE Y PONTIFICO SOBRE EL ACOSO SEXUAL. INCLUYE UN EJERCICIO PRÁCTICO

El reportaje describe varias veces el comportamiento de Ciro Guerra como “sistemático”, que sigue un patrón. Eso no quiere decir que Ciro Guerra antes de las fiestas ya tenga listo su plan para acosar mujeres (le cuento que soy amigo de Johnny Depp, le ofrezco trabajo, luego me hago el borracho, intento besarla, le pregunto si quiere tener orgasmos y como ella quiere trabajar conmigo, al final me la voy a comer). Sistemático no quiere decir “premeditado con maldad”, sino que Ciro Guerra, como muchos hombres, actúa así porque puede, porque nunca ha habido consecuencias, porque es normal…
Sólo que no es normal.
Aunque no nos quepa en la cabeza, la definición de acoso sexual es muy simple: iniciar conversaciones de tipo sexual o intentar contactos físicos de tipo sexual con alguien que no quiere tener esas conversaciones ni esos contactos.


“Ay, pero es que el deseo es complejo”


“Ay, pero qué tal que estén buscando venganza”


“Ay, pero entonces ahora hay que cargar con un contrato para firmar el consentimiento”

Los invito a que, si están cerca de otra persona (más o menos de su misma edad y condiciones físicas y mentales), le metan un dedo, o intenten meterle un dedo en la nariz.
¿Cómo les fue?
Ahora pregúntenle si le pueden meter la lengua en la oreja.
Por favor documenten la experiencia, escríbanme qué pasó.

¿Por qué a las mujeres se nos hace a veces tan difícil reaccionar a comportamientos como el de Ciro Guerra? ¿Es porque somos muy confiadas?, ¿es porque no sabemos lo que queremos? ¿Es un problema de reflejos, o sea que no nos apartamos lo suficientemente rápido?, o ¿nos gusta “hacernos las difíciles”? ¿Es porque usamos el sexo para obtener lo que queremos? ¿O porque en el fondo nos gusta sentirnos conquistadas, sometidas? ¿O porque nos da pena hacer un escándalo? ¿Es porque el hombre que nos quiere tocar es nuestro jefe y no queremos perder el trabajo? ¿Es porque admiramos a esa persona y parte de nosotras no quiere o no puede creer que nos esté acosando? ¿Es porque el hombre que nos quiere tocar es nuestro familiar y no sabemos cómo procesar lo que está pasando? ¿Es porque el hombre que nos ataca es nuestra pareja y se supone que lo amamos y nos ama? ¿O porque dependemos económicamente del hombre que nos ataca? ¿Es porque el agresor hasta hace una hora era nuestro amigo en quien confiamos y a quien estimamos? ¿Es porque estamos solas con el agresor y nos da miedo que nos haga (más) daño?


Las violaciones en calles oscuras y los ataques por sorpresa sí pasan. Yo supongo que en esos casos es más claro quién es la víctima y que hubo un crimen y por eso, quiero creer, nos ponemos sin problema del lado de la víctima (a menos que hubiera estado borracha o sola, o vestida con una falda muy corta o con un escote muy profundo, o las dos cosas; si es trabajadora sexual la cosa se complica más. Mejor dicho, me retracto, cuando a una mujer la viola un desconocido también la culpamos a ella).

5. EN ESTA SECCIÓN PROPONGO UNA SOLUCIÓN 100% EFECTIVA AL PROBLEMA DEL ACOSO SEXUAL

A la mayoría de gente (acosadores y opinadores incluídes) todavía le cuesta creer que las mujeres tenemos la capacidad y el derecho de manifestar nuestra voluntad. Muches prefieren perderse en justificaciones, desde las más vulgares hasta las más sofisticadas, antes que reconocer que esa voluntad existe, que siempre ha existido.

Pregúntennos si queremos, qué queremos y cómo lo queremos.


Y no se hagan los pendejos, que ustedes sí entienden cuando una mujer los rechaza.

I dropped my phone (in the toilet)

Tenía “guardados” los chats con mi mamá, pero en realidad no los tenía guardados, sino que estaban ahí, en el teléfono, en la nube. De hecho todavía están en algún lugar de la nube, pero no los puedo sacar de ahí. No los he podido sacar de ahí y me entristece haberlos perdido. Cuando escuché por primera vez que las conversaciones de whatsapp podían desaparecer para siempre si uno perdía el teléfono o cambiaba de teléfono, seleccioné algunos de los mensajes de audio que mandó y los guardé, me los mandé al correo, pues. En cuestiones de informática soy anticuada, porque no creo que estén realmente guardados, porque no los tengo físicamente en un lugar donde los pueda agarrar y escucharlos cuando quiera. Los tuve, cuando tenía el teléfono donde estaban guardados, pero volvía poco a esos mensajes. Evito recordar activamente a mi mamá de esa manera, porque la recuerdo de otras maneras. Hablo mucho de ella, por ejemplo. Hablo de ella más o menos cada vez que puedo. También sueño con ella, pero eso no es lo mismo que recordar.
Recordar, recordar, la recuerdo poco. Recuerdo su cara, claro, y su voz. Recuerdo algunas historias. Recuerdo peleas que tuvimos o cosas que me molestaban muchísimo de ella, como que fuera tan religiosa y conservadora y le pareciera mal que no estuviera casada, y que cuando me casé por fin le supiera mal que no hubiera sido por la iglesia. Recuerdo muchas cosas buenas, también, pero para esas tengo que pensar mejor. Hay cosas que, más que recordar, sé. Ella siempre nos iba a buscar. Yo creo que si hubiera podido nos hubiera tenido siempre con ella. De hecho me decía que quería tener una casa donde viviéramos todos sus hijes con sus parejas. Cuando le dije esto a mi marido pensó que era una idea un poco malsana. Él cree que es importante guardar distancias con la familia y también es una persona muy devota de la familia. Yo, en cambio, no me siento muy devota conceptualmente ni físicamente, pero entiendo ese deseo loco de querer que la gente de una esté cerca, patológicamente cerca. Entiendo que mi mamá nos quisiera tener con ella. No tengo hijes, pero si los tuviera me costaría mucho separarme de ellos. Y sé que el amor en general no tiene que ser como creemos que es. Aspiro, de hecho, a formas de amor que no impliquen que poseemos a quienes amamos. Cuando uno cree que alguien es “de uno” no deja ser libre a eso amado. A las madres les toca todo lo peor, creo. Tienen que estirarse y doblarse y retorcerse física y emocionalmente para cumplir con su papel como debe ser: ser incondicionales, pero dejar que los hijos sean libres, proteger pero dejar ir, hacer el molde que luego necesariamente los hijos tienen que romper. Amarnos cuando a veces nos odian, y nosotros las odiamos. Sentir nuestro odio o quizá nuestro desprecio, sentir que las dejamos atrás. Les toca todo lo peor.
No sé si les toca todo lo peor, pero es lo que se me ocurre ahora que he perdido una cosa más o menos inmaterial que me consolaba, solo por estar ahí, en el teléfono, aunque nunca releyera los mensajes. Además, eran mensajes bien anodinos. Es más, leerlos era una forma de lastimarme, porque hacia el final siempre estaba el cáncer, así nunca lo mencionáramos explícitamente. No cuando nos escribíamos la una a la otra. Pero tanto estaba el cáncer que si comenzaba a escribir una palabra con C el teléfono sugería “cáncer”. Eso siguió pasando por meses.
Los mensajes no significaban mucho en sí mismos, pero no puedo dejar de sentirme muy triste por haberlos perdido. Es que perderlos me hace recordar que ella se murió. No voy a decir que siento como si se hubiera muerto otra vez, pero quizá sí. Alguien dirá que no hice bien el duelo o que todavía es reciente. O alguien dirá que estoy exagerando, que ya pasó suficiente tiempo. Uno dice muchas cosas. El accidente del teléfono es ridículo. Ni siquiera sé cómo pasó, ni siquiera me di cuenta de que lo dejé caer al inodoro (qué fea palabra esa, por eso escribí el título en inglés, y porque me gusta “drop” y sus múltiples usos). Esa noche me reí, chillé, fingí que me dio asco (que no me dio, porque que he sacado muchas cosas de inodoros por múltiples razones) y sí pensé en los chats perdidos, pero luego me distraje o me emborraché y lo olvidé. Luego pensé y dije perogrulladas (platitudes?) sobre mi adicción al teléfono, luego lo llevé a un sitio a intentar repararlo y no se pudo, luego compré otro. Y luego lloré un rato en el baño (tuve la precaución de dejar el teléfono afuera esta vez).

Shedding, o de por qué no he escrito

He pasado semanas de lectura promiscua y he ido perdiendo peso (metafórico, por supuesto). Me he estado deshaciendo de cosas. Me deshice de ropa que tenía guardada por si un día me quedaba otra vez o por si se daba la ocasión. También me deshice, mentalmente, de cosas que me pesaban. Para no tener tanto miedo del futuro, organicé mis “opciones” en cosas que podría hacer, que quiero hacer, que no quiero hacer y que preferiría no hacer. Todo esto sin olvidar que uno nunca sabe, que no hay que decir de esta agua no beberé. Me prometí que iba a gastar menos plata, comprar menos cosas y producir menos basura, pero no he tenido mucho éxito con eso. No tengo una explicación para estos deseos. Puede que sea una cuestión temporal, una fase ecologista, ambientalista. También pasa que puede que me mude pronto y quiero escoger qué me quiero llevar al nuevo lugar. Es una mudanza engorrosa y potencialmente costosa, por lo que es bueno ahorrar, por un lado, y escoger bien qué dejo y qué me llevo.

Pero la verdad es que escribo o hasta ahora he escrito porque creo que mis ideas son súper interesantes y que debo compartirlas con el mundo.
También puede ser que me guste contar la historia de cómo se me ocurren ciertas cosas. Esto es igual de narcisista, pero al menos hay una “voluntad narrativa”. El gran relato de mi fascinante mundo interior.

El otro día, por ejemplo, quería escribir sobre mi mamá. Tenía la imagen con la quería comenzar; la idea, pues. Luego, ya cuando tuve la idea, comencé a imaginarme cómo iría el texto. Pensé que podía contar que llevaba tiempo con ganas de escribir sobre mi mamá, pero que no encontraba la mejor manera, que no sabía por dónde empezar. Entonces un día sentí a mi mamá en mí: mi mamá era en mí, seguía viva en mí, pero no como un decir, sino de verdad, como si ella me hubiera habitado por un momento. Ya no me acuerdo, eso es lo peor, cómo fue que la sentí. Quizá estaba un día muy contenta doblando la ropa limpia: mi mamá disfrutaba doblar la ropa limpia. No recuerdo si alguna vez hablamos de eso, si era que le parecía una especie de meditación. Incluso, pienso que es posible que no le gustara en absoluto, pero alguien tenía que hacerlo, aunque yo creo que sí le gustaba. Yo creo que le gustaba la sensación de convertir el caos de ropa retorcida y arrugada y medias desparejadas en pilas ordenadas y medias en correcto par.

Luego pensé que contar el proceso por el cual había llegado al texto era una novatada. Pensé que los escritores profesionales editan esa parte del texto final y solo dejan la nuez de la historia clara, hecha de imágenes precisas y palabras escogidas con sumo cuidado. Yo quería, entonces, ofrecer un texto más condensado y, sobre todo, menos narcisista. No quería que el texto sobre mi mamá se convirtiera en un texto sobre mí y cómo me siento yo. Se me ocurrió a continuación que podía escribir dos posts: uno con el texto narcisista, crudo, como me lo había imaginado, y otro editado. Pensé que sería interesante para mis lectores ver las dos versiones.

Luego me distraje.

Escuché una entrevista a una señora Marilyn Stasio. Ella escribe la columna sobre novelas policiacas para el New York Times Book Review. Dice, por ejemplo, que no puede leer una novela “normal”, que siempre piensa: “kill someone”, “where’s the body?”. La señora Stasio dice que le gustaban más las novelas de antes. Ella tiene 80 y pico de años. Dice que las novelas policiacas de antes eran más concisas, más “tight”, apretadas. Dice que los libros hoy son demasiado largos. Que el énfasis era en el crimen, el misterio, los procedimientos. Dice que ahora se enfocan en el personaje, que el autor se identifica con el personaje principal. Que ahora se habla del novio, de los hijos, de la rutina diaria del detective. A ella no le importa nada de eso. Dice que a la gente ya no le interesa el puzzle, sino el personaje. La entrevistadora le pregunta si las novelas policiacas le parecen más fáciles de escribir. Ella dice que no sabe, porque no lee nada más. Dice que dejó de leer ficción moderna y contemporánea cuando se dio cuenta de que ahora todo era sobre el yo. Que no sabe cuándo pasó, pero de pronto todo el mundo empezó a escribir sobre el yo. Dice que comenzaron los hombres. Que Philip Roth es su autor menos favorito, pero que tampoco le gustan las novelas sobre el yo escritas por mujeres.

Me sentí culpable de eso que la señora Stasio diagnostica.
Luego pensé que ella es gringa y que los gringos dicen (y nosotros les creemos) que no dan vueltas, que van al grano.
Ya he escrito sobre esto del inglés y los concisos anglohablantes y el grano al que siempre están yendo.
No sé si la señora Stasio dijo eso porque es gringa o si, de veras, las historias hoy se concentran demasiado en el yo. Las dos cosas pueden ser ciertas.

Lo que procede en este punto sería, por ejemplo, una disquisición sobre el yo, la autoficción, el ensayo personal. Todos esos géneros del yo. Tendría que evaluar si es mejor o peor la identificación tan explícita de les autores con sus personajes. Pero no quiero hacer eso. Lo que yo de verdad quiero hacer, amigues, es recomendar: lo que me emociona por estos días es recomendar películas, ensayos, libros, artículos, podcasts que me estimulan, que me sacan de mí y me emocionan y me cimbran toda. Como buena parte de esa exploración sucede al margen del “trabajo”, esos materiales son como mis juguetes, y quiero desperdigarlos por el suelo y jugar con ustedes, pero nadie tiene mucho tiempo para ver y leer y escuchar cosas y mucho menos para sentarse a comentarlos conmigo, y tampoco estoy segura de querer comentarlos. Me gusta, sin embargo, la idea de compartir el placer que me producen estas cosas, pero ya eso depende de cada quién.

randomness

Este post no tiene tema. Lo voy a escribir porque hace rato que no escribo. La verdad es que estaba preparando un texto sobre el amort basado en mi re escucha de una canción de alberto plaza que me gustaba cuando estaba más joven y que ahora que soy más woke me parece directamente una apología al violador y me puso a pensar en las ideas locas que tengo sobre el amor romántico y cómo esas ideas le rayan a una la cabeza. Pero mientras preparaba ese texto pasó que en colombia una disidencia de las farc decidió volver al monte y rearmarse y entonces todos a mi alrededor hablaban de eso y me pareció superfluo alberto plaza (lo más gracioso es que la otra noche soñé que alberto plaza daba una charla sobre la canción y le preguntaba a la audiencia ¿ustedes creen que esto que estoy cantando es bello y romántico? Y el público decía que no, entonces alberto plaza explicaba cómo su canción no respetaba la idea del consentimiento y no era feminista). Luego volvió mi esposo que había estado lejos unos meses y entonces hubo un reacomodo allí porque me había acostumbrado a tener la casa para mí sola. Luego vino mi hermana de visita. Luego me empecé a sentir culpable porque he trabajado en la tesis pero nunca parece suficiente y debería tener un capítulo ya de un pelo y no lo tengo y cada vez que me siento a escribir la tesis me invade una falta de confianza que en otras palabras quiere decir que no me siento experta en nada y que puede que tenga síndrome de impostor pero también puede que no. Igual eso no importa porque no soy la única. Esa es una lección importante de las últimas semanas. A veces creo que lo mío es lo más trágico, mi vida la más dura, mi drama el más lacrimógeno. Y no. Eso es lo malo de estar pensando siempre en uno mismo. Una amiga muy querida y a quien admiro mogollón porque no se anda con pendejadas y hace lo que tiene que hacer me dice, con cariño, que lo mío es que tengo mucho tiempo libre. Es verdad, estoy en ese momento del doctorado en que lo único que tengo que hacer es sentarme a escribir la tesis. Entonces me puse a pensar en eso de tener mucho tiempo libre y en cómo todos parece que nos estamos terapiando todo el tiempo (sé que debería ser terapeando, pero me gusta más con i). Todos nos estamos terapiando así no vayamos a terapia. Por ejemplo me dije que necesito una rutina, una estructura. Dije que, ya que me subí varios kilos en los últimos meses la iba a organizar en torno a la comida. A las tres comidas. Entonces me puse a ver videos de youtube y posts de instagram donde las personas, casi todas mujeres obviamente, dan sus consejos para adelgazar. Me descubro entonces obsesionada con la comida. Pensando todo el tiempo qué viene en la siguiente refacción. Y contando las calorías. Pero el problema es que no me queda espacio para nada más. Pienso en las tres comidas del día, y los snacks, traigo el tema a mis conversaciones. No puedo pensar en otra cosa. Me tomo una foto que va a ser mi foto del antes, y la miro y fantaseo con cómo será la foto del después. Le cuento a otra amiga y me dice que tengo que hablar de esto en terapia. Entonces me siento mal. No me gusta estar en terapia. De mis observaciones puedo concluir que la gente necesita tener la cabeza ocupada en cosas y que todo el mundo busca distintas cosas en las que estar ocupado. A eso se le suma disfrutar esas cosas. La sensación de la alegría no tiene nada de misterioso. Yo por ejemplo siento la alegría cuando sopla la brisa y me da en la cara. O cuando hablo un rato con mis amigos. Hasta cuando escribo estas cosas. Hay un momento en que uno se desdobla y se empieza a preguntar por el sentido de las cosas que hace. No sé qué ocasiona ese momento. En mi caso, más que el tiempo libre, que también, es el tiempo sola. Por eso estoy cansada del doctorado y de la academia. Porque es una profesión muy solitaria y la soledad me mata. ME MATA. Pero no sé si es por eso. A lo largo de los años he acumulado muchas razones en contra del pobre doctorado, que no tiene la culpa y que me ha traído tantas cosas lindas. Cuando digo que todo el mundo se está terapiando quiero decir que a todos, supongo, nos acomete a ratos como una incomodidad, como una cosita que no nos deja estar tranquilos. Y entonces puede que uno se quede en la cama todo el día, o que llore, o que se emborrache, o que tantas cosas. ¿la depresión? Uh, esa palabra. Quizá en mi vida ha sido usada a la ligera. O no. Mi manera de terapiarme es necia, es tratar de resolver los problemas PARA SIEMPRE. Que en otras palabras es como decir que quiero que todo se acabe. Uh… se puso oscuro esto. Y sí tiene algo de oscuro, para qué lo voy a negar. Y creo que cuando me he enfrentado a esa certeza de que la vida me queda un poco grande, pues busco ayuda porque ya hay cosas que bueno, una no puede sola. Pero a veces también puedo racionalizar esa idea, y pensar que no es que me quede grande, sino que a veces no entiendo ciertas cosas. A veces me pongo a preguntarle a a la gente si está segura que está todo bien, hasta que se rompen y se ponen a llorar y yo me río y bailo sobre el charco de sus lágrimas. Quiero decir que todos la pasamos mal a veces. Esa es un obviedad. Puede que incluso muchos la estemos pasando muy mal, pero como hay que sonreír y mostrarse fuerte y no cargar de malas energías a los demás, pues bueno, nos estamos todos muriendo un poco por dentro. Vuelvo entonces a pensar en MÍ y en por qué la paso mal YO. El narcisismo. No me gusta pensar que estar así a la baja es mi estado natural, pero tampoco me imagino llena de optimismo y entusiasmo. De hecho, la gente demasiado entusiasta me cae un poco mal. ¡Y me niego a pensar que eso es un rasgo feo de mi personalidad! Desconfío de los felices, ¿qué puedo hacer? En todo caso, cuando me imagino curada de mis demonios me imagino como una especie de monje budista (bueno, la idea bastante poco informada que tengo de un monje budista). Me imagino no muy emocional, ni para arriba ni para abajo, me imagino de pocas palabras (cuando encuentre el zen cambiaré de género: seré poeta). De solo pensarlo ya me voy calmando.