Botar

Primero: no recibas
ni regalos, ni programas de teatro
ni muestras gratis, ni mercancía promocional
tazas, botellas, bolsas de tela, bolígrafos.
No entres a tu casa con más cosas de las que tenías cuando saliste.
No compres.
No compres nada. Probablemente ya tienes muchas cosas.
No compres ganchos para el pelo, ni moñas.
No compres ropa “para ocasiones especiales”. Ponte el mismo vestido siempre. A nadie le importa.
Sal con el mismo vestido en todas las fotos.
No guardes
ni recuerdos, ni mementos, ni ropita de bebé.
No guardes ropa que ya no te queda.
No guardes las cajas de las cosas que ya compraste.
Ten pocos cajones.

Para botar bien hay que ser despiadada.
No revises. Si está guardado es que no importa.
Es mejor botar sin mirar.
No dones tu basura.
No dones lo que consideras basura. Bótalo.
Bota los objetos de valor sentimental. Bótalos eventualmente.
Bota algo que no veías hace más de un mes.
Bota los regalos que te dieron y que guardas sólo porque son regalos.
Bota las cosas viejas:
el ipad, el ipod, el mp3, el cdplayer, el vhs.
Bota el televisor viejo, el computador viejo.
Bota el maquillaje.
Bota las corbatas.
Bota las camisetas de la selección
(no compres camisetas de la selección)
Bota los billetes y monedas que te quedaron de un viaje al extranjero
(a menos que sean dólares, por supuesto, o euros?)
Bota inmediatamente los pasabordos usados.
Bota todas las bufandas. Las bufandas son una mierda.
Bota las medias sin pareja y las rotas.
Bota las gafas rayadas y bota los estuches de las gafas.
Bota lo que planeabas reparar y no has reparado.
Bota los frascos y las botellas de licor vacías.
Bota los chapsticks.
Bota los morrales, las carteras, las tulas, los maletines, las cartucheras.
Bota los cables
las extensiones
los adaptadores
las agendas, las libretas, los blocks, los clips, los chinches, el corcho, los postits.
Ante la duda, bota.

Las aventuras de la China Iron

Desconfío, de puro envidiosa, de todo lo que el mundo literario considera excepcional. Mis compañeres de doctorado leyeron La Virgen Cabeza en una clase. Ahí escuché de Gabriela Cabezón Cámara por primera vez. Nomás pensé qué curioso ese apellido y ponerle así a la novela, dos cabezas ahí… raro.


Meses después la escuché en una entrevista y leyó un fragmento de Las aventuras de la China Iron. Estaba en nuestra biblioteca. La trajo Óscar. La empecé y era algo que no se parecía a nada que hubiera leído antes. Muy lírica, pensé. Eso quiere decir que las palabras me parecieron muy escogidas. Se supone que la selección cuidadosa, amorosa, fetichista casi, de las palabras es un requisito de toda buena obra de literatura, sea poesía o narrativa, pero esta novela me pareció diferente. Había eso, las palabras precisas, un ritmo que parecía que estaba escuchándolas; también me pareció tan argentina, o sea, en conversación con lo que una conoce como “la literatura argentina”, no solo con Martín Fierro. Nota: ignoré completamente lis rifirincis intirtixtilis. Me gustó cómo está ahí metido el inglés, también, porque es como una marca de cierto intelectual cuarentañero y de ahí para abajo.


Mis amigues que la leyeron antes me advirtieron del final, que era medio flojo, que la utopía, que poco creíble, etc. Eso definitivamente influyó cuando llegué, ciertamente insatisfecha, a la última página. Yo no quería creerles porque últimamente me parece directamente conservador, derechoso, pues, eso de ir por ahí pinchándole la burbuja a quienes se animan a plantear que hay que romperlo todo y armar algo nuevo. Es cierto que una lee, por ejemplo, a Shulamith Firestone, y al principio está on board, asiente a todo, se le inflama el pecho, pero cuando llega a la parte en que dice que al carajo el tabú del incesto o que los niños sean autónomos desde los 6 años o algo así pues… sí, a mí me cuesta; directamente me parece una locura. Pero también me encanta que Shulamith se haya atrevido, en la escritura, a proponer cosas “escandalosas”. No sé qué tan en serio se la puedan tomar sus lectores hoy, incluso quienes se consideran feministas radicales. Es más, no sé si en el mundo de hoy alguien se hubiera atrevido a publicarla, si no se hubiera metido en problemas legales, incluso.


El caso es que el final de Las aventuras de la China Iron sí queda un poco ingenuo en comparación con la fuerza, el humor, la violencia, la fiereza y la sensualidad irrefrenable del resto del libro. El final es aguado, es blandito. Yo hubiera terminado contando la muerte de uno de los personajes principales y el rito funerario, o hubiera contado una guerra con los argentinos o los otros pueblos. Quiero decir que mi insatisfacción con el final no es ideológica —aguante la imaginación utópica— sino estética. No me parece que quedó bien anudado el producto final.

Adenda:

Apenas terminé de leer agarré mi cuaderno y escribí: “terminé la marabiyosa China Iron de Cabezón Cámara. Nunca había leído algo como esto, tan sensual, tan femenino. No… Tan sensual, tan físico, tan sensorial, de la tierra y la naturaleza. Algo así es lo que quiero decir, y sí, escribí “femenino” y veo el problema. El patriarcado hablando a través de mí, diciendo, en últimas, que los hombres son los racionales. Todo mal.

Sobre la denuncia pública a Ciro Guerra por acoso y abuso sexual (Ciro Guerra got #metooed)

Hoy es miércoles 24 de junio del 2020. Una amiga me pasó este link por whatsapp https://volcanicas.com/2020/06/24/ocho-denuncias-de-acoso-y-abuso-sexual-contra-ciro-guerra/

  1. EN ESTA SECCIÓN RESUMO EL REPORTAJE

Es un reportaje que cuenta cómo Ciro Guerra acosó sexualmente a Fabiana, Gabriela, Teresa, Eliana, Beatriz, Carolina y Daniela y abusó sexualmente de Adriana. Las periodistas cambiaron todos los nombres porque así lo pidieron las mujeres, “para proteger su privacidad y evitar represalias”. Las ocho mujeres cuentan interacciones con Ciro Guerra en las que él se comportó más o menos de la misma forma: tomado o borracho se les acercó, intentó besarlas o directamente les metió la mano bajo la blusa o el pantalón, algunas veces las agarró con fuerza o se les tiró encima. A una de ellas la penetró con los dedos. Estas mujeres trabajan en cine, televisión o medios, la industria del entretenimiento. Todas insisten en que Ciro Guerra tiene mucho poder en la industria, por eso cuando vieron que él se comportaba de esa manera y no dejó de acosarlas incluso después de que ellas lo rechazaron explícitamente más de una vez, evitaron enfrentarlo agresivamente y, como dice el artículo, denunciarlo penalmente.


Una mujer que hace una denuncia penal por acoso sexual o violación por lo general es revictimizada, o sea, aparte de haber pasado por el acoso o abuso, tiene que enfrentar la sospecha o directamente más violencia de quienes supuestamente van a “hacer justicia”. En casos como éste, que involucra a una persona muy famosa, también tienen que enfrentarse con la opinión pública. Por eso el reportaje dice muy claramente que la denuncia pública es para mostrar que el acoso y el abuso sexual son conductas normalizadas en la industria del entretenimiento en Colombia (es decir, que nadie se sorprende ni se escandaliza por cosas como éstas, los gajes del oficio, dirán algunes) y para que Ciro Guerra “tome responsabilidad por sus actos y no vuelva a cometer este tipo de agresiones con otras mujeres”.

  1. EN ESTA SECCIÓN ESPECULO QUÉ VA A PASAR CON NUESTRAS FEMINISTAS MÁS FAMOSAS: CATALINA RUIZ-NAVARRO, CAROLINA SANÍN Y LUCIANA CADAHIA Y QUÉ HAN DICHO SANÍN Y CADAHIA SOBRE EL REPORTAJE

Apenas van unas horas de la publicación del reportaje. No sabía que Volcánicas existía, pero sí he leído a Catalina Ruiz-Navarro, directora de la revista. Catalina tiene muchos detractores (y detractoras), especialmente en las redes sociales, pero es una abanderada del feminismo reconocida en Colombia y, diría yo, en Latinoamérica. Menciono primero a los detractores porque quizá la reacción de algunas mujeres y seguramente muchos hombres será rechazar el contenido del reportaje por el prejuicio contra ella. Sé que Carolina Sanín y Luciana Cadahia, otras dos interlocutoras más o menos conocidas y a quienes muches también perciben como feministas, ya publicaron comentarios sobre el tema en twitter y facebook.


En el contexto de la opinión pública colombiana, considerarse y nombrarse “feminista” todavía es como confesar un rasgo indeseable, o sea, es raro y sospechoso y, en el mejor de los casos, “polémico” o “controversial”. Siempre que Sanín, Cadahia o Ruiz-Navarro participan en un intercambio en redes o medios tradicionales, periodistas, lectores y curioses en general nos olvidamos de los temas de esos intercambios para enfocarnos morbosamente en ellas; nos distraen sus pleitos. Normal: es como cuando hay una pelea callejera. No es común que alguien pregunte por qué pelean, sino que la gente solo se acerca a mirar, hay quienes escogen bando y le hacen barra a su candidate. No sé hasta qué punto ellas mismas son cómplices de esa situación, pero muchas personas que las siguen y las leen ya las tienen encasilladas como unas mujeres feministas —inteligentes, en el mejor de los casos; locas o frígidas, en el peor— que son muy “polémicas”. O sea, con ellas siempre pasa algo así:
—¿Vieron lo que publicó Catalina Ruiz-Navarro (o Carolina Sanín o Luciana Cadahia, aunque ésta es menos famosa)?
— Sí, ¡muy bueno!
O
—¿Y ahora con qué salió?
Y muy rápido comienza una conversación sobre ellas. Es problable que con este caso de Ciro Guerra pase lo mismo.


Carolina Sanín publicó varios tuits cuya nuez, para mí, es advertir a quienes lean el reportaje para que no concluyan nada más que Ciro Guerra es un asqueroso o un degenerado, que hay que quitarle los premios, cancelarle los contratos y, en fin, hacerle daño, porque sería contradictorio buscar la justicia usando las mismas estrategias que otras veces le sirvieron a quienes odian a las mujeres para perseguirlas y quemarlas (el rumor, el anonimato, el ataque en gavilla). Sanín dice que ella no va a participar de un linchamiento público a Ciro Guerra, no porque lo defienda, sino porque no cree que el linchamiento sea la opción.


Luciana Cadahia también advierte de los peligros del linchamiento. En su post de facebook habla un poco más del contenido del reportaje y dice que hay que distinguir entre linchamiento mediático (cancelar) y reparación. Yo interpreto que para Cadahia la publicación es valiosa y que en sí misma no invita al linchamiento de Ciro Guerra, pero que es posible que a medida que circule se convierta en linchamiento.

  1. EN ESTA SECCIÓN ESTÁN MIS PENSAMIENTOS SOBRE EL REPORTAJE

El reportaje me pareció diferente a otros sobre hombres famosos y poderosos que acosan sexualmente a mujeres, famosas o desconocidas, porque explica varias veces que Ciro hace más o menos las mismas cosas cada vez: se prende o se emborracha, busca besar a mujeres con quienes está de fiesta; aunque ellas le digan que no, él igual lo sigue intentando, les mete la mano, las toca, forcejea con ellas. Dos de ellas dicen que es torpe. Él mismo se disculpa en una ocasión diciendo que no sabe bien cómo acercarse a una mujer —estaba recién separado de una pareja, dice—. Además, me parece importante que todas dicen que en estos encuentros sociales Ciro habla de trabajos, de proyectos actuales o futuros y de sus contactos en el negocio del cine y la televisión.


Es como si toda la situación fuera normal hasta que deja de ser normal.


Yo no sé si es que todavía la mayoría de las personas se imagina que los acosadores y abusadores son hombres enmascarados que atacan por sorpresa en calles oscuras; o que, si la mujer conoce al agresor, este da señales claras de perversión (tiene voz aguardentosa, suda mucho, babea, qué sé yo); o que las mujeres siempre pueden saber con anticipación si un hombre las va a acosar; o que la reacción automática ante el acoso es gritar, pelear, salir corriendo, no sin antes obtener todas las pruebas para poder denunciarlo; o que una mujer siempre quiere denunciar a su agresor.


En los testimonios recogidos para el reportaje de Volcánica, las interacciones de Ciro Guerra con estas mujeres comienzan de manera relativamente normal. El reportaje evita referirse a estas mujeres como “inocentes”, “frágiles”, “trabajadoras incansables” cuyos sueños fueron “manchados y pisoteados” por un hombre “corrupto y ebrio de poder”. También me sorprende que, a diferencia de otros casos en los que medios colombianos cubren este tipo de noticias, en este reportaje les creen a ellas. Es que me pinto esta misma historia en uno de nuestros dos canales (y sus emisoras homónimas):
“Según la joven actriz, el famoso director, premiado internacionalmente, la habría invitado a su apartamento, donde presuntamente la atacó después de pasar varios minutos a solas viendo videos en el computador”.
Y luego, en las mesas de debate, me imagino a los más bienintencionados diciendo: “qué decepción que un personaje tan importante para el cine colombiano se haya aprovechado de las aspiraciones de estas jóvenes luchadoras”.
Y a los de blu mejor no me los imagino.
Casi nunca es evidente para mí que la opinión pública colombiana le crea a una mujer que denuncia a un hombre por acoso, y para que le crean, tiene que ser inocente, luchadora, buena hija y buena madre.

  1. EN ESTA SECCIÓN SIGO ANALIZANDO EL REPORTAJE Y PONTIFICO SOBRE EL ACOSO SEXUAL. INCLUYE UN EJERCICIO PRÁCTICO

El reportaje describe varias veces el comportamiento de Ciro Guerra como “sistemático”, que sigue un patrón. Eso no quiere decir que Ciro Guerra antes de las fiestas ya tenga listo su plan para acosar mujeres (le cuento que soy amigo de Johnny Depp, le ofrezco trabajo, luego me hago el borracho, intento besarla, le pregunto si quiere tener orgasmos y como ella quiere trabajar conmigo, al final me la voy a comer). Sistemático no quiere decir “premeditado con maldad”, sino que Ciro Guerra, como muchos hombres, actúa así porque puede, porque nunca ha habido consecuencias, porque es normal…
Sólo que no es normal.
Aunque no nos quepa en la cabeza, la definición de acoso sexual es muy simple: iniciar conversaciones de tipo sexual o intentar contactos físicos de tipo sexual con alguien que no quiere tener esas conversaciones ni esos contactos.


“Ay, pero es que el deseo es complejo”


“Ay, pero qué tal que estén buscando venganza”


“Ay, pero entonces ahora hay que cargar con un contrato para firmar el consentimiento”

Los invito a que, si están cerca de otra persona (más o menos de su misma edad y condiciones físicas y mentales), le metan un dedo, o intenten meterle un dedo en la nariz.
¿Cómo les fue?
Ahora pregúntenle si le pueden meter la lengua en la oreja.
Por favor documenten la experiencia, escríbanme qué pasó.

¿Por qué a las mujeres se nos hace a veces tan difícil reaccionar a comportamientos como el de Ciro Guerra? ¿Es porque somos muy confiadas?, ¿es porque no sabemos lo que queremos? ¿Es un problema de reflejos, o sea que no nos apartamos lo suficientemente rápido?, o ¿nos gusta “hacernos las difíciles”? ¿Es porque usamos el sexo para obtener lo que queremos? ¿O porque en el fondo nos gusta sentirnos conquistadas, sometidas? ¿O porque nos da pena hacer un escándalo? ¿Es porque el hombre que nos quiere tocar es nuestro jefe y no queremos perder el trabajo? ¿Es porque admiramos a esa persona y parte de nosotras no quiere o no puede creer que nos esté acosando? ¿Es porque el hombre que nos quiere tocar es nuestro familiar y no sabemos cómo procesar lo que está pasando? ¿Es porque el hombre que nos ataca es nuestra pareja y se supone que lo amamos y nos ama? ¿O porque dependemos económicamente del hombre que nos ataca? ¿Es porque el agresor hasta hace una hora era nuestro amigo en quien confiamos y a quien estimamos? ¿Es porque estamos solas con el agresor y nos da miedo que nos haga (más) daño?


Las violaciones en calles oscuras y los ataques por sorpresa sí pasan. Yo supongo que en esos casos es más claro quién es la víctima y que hubo un crimen y por eso, quiero creer, nos ponemos sin problema del lado de la víctima (a menos que hubiera estado borracha o sola, o vestida con una falda muy corta o con un escote muy profundo, o las dos cosas; si es trabajadora sexual la cosa se complica más. Mejor dicho, me retracto, cuando a una mujer la viola un desconocido también la culpamos a ella).

5. EN ESTA SECCIÓN PROPONGO UNA SOLUCIÓN 100% EFECTIVA AL PROBLEMA DEL ACOSO SEXUAL

A la mayoría de gente (acosadores y opinadores incluídes) todavía le cuesta creer que las mujeres tenemos la capacidad y el derecho de manifestar nuestra voluntad. Muches prefieren perderse en justificaciones, desde las más vulgares hasta las más sofisticadas, antes que reconocer que esa voluntad existe, que siempre ha existido.

Pregúntennos si queremos, qué queremos y cómo lo queremos.


Y no se hagan los pendejos, que ustedes sí entienden cuando una mujer los rechaza.

I dropped my phone (in the toilet)

Tenía “guardados” los chats con mi mamá, pero en realidad no los tenía guardados, sino que estaban ahí, en el teléfono, en la nube. De hecho todavía están en algún lugar de la nube, pero no los puedo sacar de ahí. No los he podido sacar de ahí y me entristece haberlos perdido. Cuando escuché por primera vez que las conversaciones de whatsapp podían desaparecer para siempre si uno perdía el teléfono o cambiaba de teléfono, seleccioné algunos de los mensajes de audio que mandó y los guardé, me los mandé al correo, pues. En cuestiones de informática soy anticuada, porque no creo que estén realmente guardados, porque no los tengo físicamente en un lugar donde los pueda agarrar y escucharlos cuando quiera. Los tuve, cuando tenía el teléfono donde estaban guardados, pero volvía poco a esos mensajes. Evito recordar activamente a mi mamá de esa manera, porque la recuerdo de otras maneras. Hablo mucho de ella, por ejemplo. Hablo de ella más o menos cada vez que puedo. También sueño con ella, pero eso no es lo mismo que recordar.
Recordar, recordar, la recuerdo poco. Recuerdo su cara, claro, y su voz. Recuerdo algunas historias. Recuerdo peleas que tuvimos o cosas que me molestaban muchísimo de ella, como que fuera tan religiosa y conservadora y le pareciera mal que no estuviera casada, y que cuando me casé por fin le supiera mal que no hubiera sido por la iglesia. Recuerdo muchas cosas buenas, también, pero para esas tengo que pensar mejor. Hay cosas que, más que recordar, sé. Ella siempre nos iba a buscar. Yo creo que si hubiera podido nos hubiera tenido siempre con ella. De hecho me decía que quería tener una casa donde viviéramos todos sus hijes con sus parejas. Cuando le dije esto a mi marido pensó que era una idea un poco malsana. Él cree que es importante guardar distancias con la familia y también es una persona muy devota de la familia. Yo, en cambio, no me siento muy devota conceptualmente ni físicamente, pero entiendo ese deseo loco de querer que la gente de una esté cerca, patológicamente cerca. Entiendo que mi mamá nos quisiera tener con ella. No tengo hijes, pero si los tuviera me costaría mucho separarme de ellos. Y sé que el amor en general no tiene que ser como creemos que es. Aspiro, de hecho, a formas de amor que no impliquen que poseemos a quienes amamos. Cuando uno cree que alguien es “de uno” no deja ser libre a eso amado. A las madres les toca todo lo peor, creo. Tienen que estirarse y doblarse y retorcerse física y emocionalmente para cumplir con su papel como debe ser: ser incondicionales, pero dejar que los hijos sean libres, proteger pero dejar ir, hacer el molde que luego necesariamente los hijos tienen que romper. Amarnos cuando a veces nos odian, y nosotros las odiamos. Sentir nuestro odio o quizá nuestro desprecio, sentir que las dejamos atrás. Les toca todo lo peor.
No sé si les toca todo lo peor, pero es lo que se me ocurre ahora que he perdido una cosa más o menos inmaterial que me consolaba, solo por estar ahí, en el teléfono, aunque nunca releyera los mensajes. Además, eran mensajes bien anodinos. Es más, leerlos era una forma de lastimarme, porque hacia el final siempre estaba el cáncer, así nunca lo mencionáramos explícitamente. No cuando nos escribíamos la una a la otra. Pero tanto estaba el cáncer que si comenzaba a escribir una palabra con C el teléfono sugería “cáncer”. Eso siguió pasando por meses.
Los mensajes no significaban mucho en sí mismos, pero no puedo dejar de sentirme muy triste por haberlos perdido. Es que perderlos me hace recordar que ella se murió. No voy a decir que siento como si se hubiera muerto otra vez, pero quizá sí. Alguien dirá que no hice bien el duelo o que todavía es reciente. O alguien dirá que estoy exagerando, que ya pasó suficiente tiempo. Uno dice muchas cosas. El accidente del teléfono es ridículo. Ni siquiera sé cómo pasó, ni siquiera me di cuenta de que lo dejé caer al inodoro (qué fea palabra esa, por eso escribí el título en inglés, y porque me gusta “drop” y sus múltiples usos). Esa noche me reí, chillé, fingí que me dio asco (que no me dio, porque que he sacado muchas cosas de inodoros por múltiples razones) y sí pensé en los chats perdidos, pero luego me distraje o me emborraché y lo olvidé. Luego pensé y dije perogrulladas (platitudes?) sobre mi adicción al teléfono, luego lo llevé a un sitio a intentar repararlo y no se pudo, luego compré otro. Y luego lloré un rato en el baño (tuve la precaución de dejar el teléfono afuera esta vez).

Shedding, o de por qué no he escrito

He pasado semanas de lectura promiscua y he ido perdiendo peso (metafórico, por supuesto). Me he estado deshaciendo de cosas. Me deshice de ropa que tenía guardada por si un día me quedaba otra vez o por si se daba la ocasión. También me deshice, mentalmente, de cosas que me pesaban. Para no tener tanto miedo del futuro, organicé mis “opciones” en cosas que podría hacer, que quiero hacer, que no quiero hacer y que preferiría no hacer. Todo esto sin olvidar que uno nunca sabe, que no hay que decir de esta agua no beberé. Me prometí que iba a gastar menos plata, comprar menos cosas y producir menos basura, pero no he tenido mucho éxito con eso. No tengo una explicación para estos deseos. Puede que sea una cuestión temporal, una fase ecologista, ambientalista. También pasa que puede que me mude pronto y quiero escoger qué me quiero llevar al nuevo lugar. Es una mudanza engorrosa y potencialmente costosa, por lo que es bueno ahorrar, por un lado, y escoger bien qué dejo y qué me llevo.

Pero la verdad es que escribo o hasta ahora he escrito porque creo que mis ideas son súper interesantes y que debo compartirlas con el mundo.
También puede ser que me guste contar la historia de cómo se me ocurren ciertas cosas. Esto es igual de narcisista, pero al menos hay una “voluntad narrativa”. El gran relato de mi fascinante mundo interior.

El otro día, por ejemplo, quería escribir sobre mi mamá. Tenía la imagen con la quería comenzar; la idea, pues. Luego, ya cuando tuve la idea, comencé a imaginarme cómo iría el texto. Pensé que podía contar que llevaba tiempo con ganas de escribir sobre mi mamá, pero que no encontraba la mejor manera, que no sabía por dónde empezar. Entonces un día sentí a mi mamá en mí: mi mamá era en mí, seguía viva en mí, pero no como un decir, sino de verdad, como si ella me hubiera habitado por un momento. Ya no me acuerdo, eso es lo peor, cómo fue que la sentí. Quizá estaba un día muy contenta doblando la ropa limpia: mi mamá disfrutaba doblar la ropa limpia. No recuerdo si alguna vez hablamos de eso, si era que le parecía una especie de meditación. Incluso, pienso que es posible que no le gustara en absoluto, pero alguien tenía que hacerlo, aunque yo creo que sí le gustaba. Yo creo que le gustaba la sensación de convertir el caos de ropa retorcida y arrugada y medias desparejadas en pilas ordenadas y medias en correcto par.

Luego pensé que contar el proceso por el cual había llegado al texto era una novatada. Pensé que los escritores profesionales editan esa parte del texto final y solo dejan la nuez de la historia clara, hecha de imágenes precisas y palabras escogidas con sumo cuidado. Yo quería, entonces, ofrecer un texto más condensado y, sobre todo, menos narcisista. No quería que el texto sobre mi mamá se convirtiera en un texto sobre mí y cómo me siento yo. Se me ocurrió a continuación que podía escribir dos posts: uno con el texto narcisista, crudo, como me lo había imaginado, y otro editado. Pensé que sería interesante para mis lectores ver las dos versiones.

Luego me distraje.

Escuché una entrevista a una señora Marilyn Stasio. Ella escribe la columna sobre novelas policiacas para el New York Times Book Review. Dice, por ejemplo, que no puede leer una novela “normal”, que siempre piensa: “kill someone”, “where’s the body?”. La señora Stasio dice que le gustaban más las novelas de antes. Ella tiene 80 y pico de años. Dice que las novelas policiacas de antes eran más concisas, más “tight”, apretadas. Dice que los libros hoy son demasiado largos. Que el énfasis era en el crimen, el misterio, los procedimientos. Dice que ahora se enfocan en el personaje, que el autor se identifica con el personaje principal. Que ahora se habla del novio, de los hijos, de la rutina diaria del detective. A ella no le importa nada de eso. Dice que a la gente ya no le interesa el puzzle, sino el personaje. La entrevistadora le pregunta si las novelas policiacas le parecen más fáciles de escribir. Ella dice que no sabe, porque no lee nada más. Dice que dejó de leer ficción moderna y contemporánea cuando se dio cuenta de que ahora todo era sobre el yo. Que no sabe cuándo pasó, pero de pronto todo el mundo empezó a escribir sobre el yo. Dice que comenzaron los hombres. Que Philip Roth es su autor menos favorito, pero que tampoco le gustan las novelas sobre el yo escritas por mujeres.

Me sentí culpable de eso que la señora Stasio diagnostica.
Luego pensé que ella es gringa y que los gringos dicen (y nosotros les creemos) que no dan vueltas, que van al grano.
Ya he escrito sobre esto del inglés y los concisos anglohablantes y el grano al que siempre están yendo.
No sé si la señora Stasio dijo eso porque es gringa o si, de veras, las historias hoy se concentran demasiado en el yo. Las dos cosas pueden ser ciertas.

Lo que procede en este punto sería, por ejemplo, una disquisición sobre el yo, la autoficción, el ensayo personal. Todos esos géneros del yo. Tendría que evaluar si es mejor o peor la identificación tan explícita de les autores con sus personajes. Pero no quiero hacer eso. Lo que yo de verdad quiero hacer, amigues, es recomendar: lo que me emociona por estos días es recomendar películas, ensayos, libros, artículos, podcasts que me estimulan, que me sacan de mí y me emocionan y me cimbran toda. Como buena parte de esa exploración sucede al margen del “trabajo”, esos materiales son como mis juguetes, y quiero desperdigarlos por el suelo y jugar con ustedes, pero nadie tiene mucho tiempo para ver y leer y escuchar cosas y mucho menos para sentarse a comentarlos conmigo, y tampoco estoy segura de querer comentarlos. Me gusta, sin embargo, la idea de compartir el placer que me producen estas cosas, pero ya eso depende de cada quién.

randomness

Este post no tiene tema. Lo voy a escribir porque hace rato que no escribo. La verdad es que estaba preparando un texto sobre el amort basado en mi re escucha de una canción de alberto plaza que me gustaba cuando estaba más joven y que ahora que soy más woke me parece directamente una apología al violador y me puso a pensar en las ideas locas que tengo sobre el amor romántico y cómo esas ideas le rayan a una la cabeza. Pero mientras preparaba ese texto pasó que en colombia una disidencia de las farc decidió volver al monte y rearmarse y entonces todos a mi alrededor hablaban de eso y me pareció superfluo alberto plaza (lo más gracioso es que la otra noche soñé que alberto plaza daba una charla sobre la canción y le preguntaba a la audiencia ¿ustedes creen que esto que estoy cantando es bello y romántico? Y el público decía que no, entonces alberto plaza explicaba cómo su canción no respetaba la idea del consentimiento y no era feminista). Luego volvió mi esposo que había estado lejos unos meses y entonces hubo un reacomodo allí porque me había acostumbrado a tener la casa para mí sola. Luego vino mi hermana de visita. Luego me empecé a sentir culpable porque he trabajado en la tesis pero nunca parece suficiente y debería tener un capítulo ya de un pelo y no lo tengo y cada vez que me siento a escribir la tesis me invade una falta de confianza que en otras palabras quiere decir que no me siento experta en nada y que puede que tenga síndrome de impostor pero también puede que no. Igual eso no importa porque no soy la única. Esa es una lección importante de las últimas semanas. A veces creo que lo mío es lo más trágico, mi vida la más dura, mi drama el más lacrimógeno. Y no. Eso es lo malo de estar pensando siempre en uno mismo. Una amiga muy querida y a quien admiro mogollón porque no se anda con pendejadas y hace lo que tiene que hacer me dice, con cariño, que lo mío es que tengo mucho tiempo libre. Es verdad, estoy en ese momento del doctorado en que lo único que tengo que hacer es sentarme a escribir la tesis. Entonces me puse a pensar en eso de tener mucho tiempo libre y en cómo todos parece que nos estamos terapiando todo el tiempo (sé que debería ser terapeando, pero me gusta más con i). Todos nos estamos terapiando así no vayamos a terapia. Por ejemplo me dije que necesito una rutina, una estructura. Dije que, ya que me subí varios kilos en los últimos meses la iba a organizar en torno a la comida. A las tres comidas. Entonces me puse a ver videos de youtube y posts de instagram donde las personas, casi todas mujeres obviamente, dan sus consejos para adelgazar. Me descubro entonces obsesionada con la comida. Pensando todo el tiempo qué viene en la siguiente refacción. Y contando las calorías. Pero el problema es que no me queda espacio para nada más. Pienso en las tres comidas del día, y los snacks, traigo el tema a mis conversaciones. No puedo pensar en otra cosa. Me tomo una foto que va a ser mi foto del antes, y la miro y fantaseo con cómo será la foto del después. Le cuento a otra amiga y me dice que tengo que hablar de esto en terapia. Entonces me siento mal. No me gusta estar en terapia. De mis observaciones puedo concluir que la gente necesita tener la cabeza ocupada en cosas y que todo el mundo busca distintas cosas en las que estar ocupado. A eso se le suma disfrutar esas cosas. La sensación de la alegría no tiene nada de misterioso. Yo por ejemplo siento la alegría cuando sopla la brisa y me da en la cara. O cuando hablo un rato con mis amigos. Hasta cuando escribo estas cosas. Hay un momento en que uno se desdobla y se empieza a preguntar por el sentido de las cosas que hace. No sé qué ocasiona ese momento. En mi caso, más que el tiempo libre, que también, es el tiempo sola. Por eso estoy cansada del doctorado y de la academia. Porque es una profesión muy solitaria y la soledad me mata. ME MATA. Pero no sé si es por eso. A lo largo de los años he acumulado muchas razones en contra del pobre doctorado, que no tiene la culpa y que me ha traído tantas cosas lindas. Cuando digo que todo el mundo se está terapiando quiero decir que a todos, supongo, nos acomete a ratos como una incomodidad, como una cosita que no nos deja estar tranquilos. Y entonces puede que uno se quede en la cama todo el día, o que llore, o que se emborrache, o que tantas cosas. ¿la depresión? Uh, esa palabra. Quizá en mi vida ha sido usada a la ligera. O no. Mi manera de terapiarme es necia, es tratar de resolver los problemas PARA SIEMPRE. Que en otras palabras es como decir que quiero que todo se acabe. Uh… se puso oscuro esto. Y sí tiene algo de oscuro, para qué lo voy a negar. Y creo que cuando me he enfrentado a esa certeza de que la vida me queda un poco grande, pues busco ayuda porque ya hay cosas que bueno, una no puede sola. Pero a veces también puedo racionalizar esa idea, y pensar que no es que me quede grande, sino que a veces no entiendo ciertas cosas. A veces me pongo a preguntarle a a la gente si está segura que está todo bien, hasta que se rompen y se ponen a llorar y yo me río y bailo sobre el charco de sus lágrimas. Quiero decir que todos la pasamos mal a veces. Esa es un obviedad. Puede que incluso muchos la estemos pasando muy mal, pero como hay que sonreír y mostrarse fuerte y no cargar de malas energías a los demás, pues bueno, nos estamos todos muriendo un poco por dentro. Vuelvo entonces a pensar en MÍ y en por qué la paso mal YO. El narcisismo. No me gusta pensar que estar así a la baja es mi estado natural, pero tampoco me imagino llena de optimismo y entusiasmo. De hecho, la gente demasiado entusiasta me cae un poco mal. ¡Y me niego a pensar que eso es un rasgo feo de mi personalidad! Desconfío de los felices, ¿qué puedo hacer? En todo caso, cuando me imagino curada de mis demonios me imagino como una especie de monje budista (bueno, la idea bastante poco informada que tengo de un monje budista). Me imagino no muy emocional, ni para arriba ni para abajo, me imagino de pocas palabras (cuando encuentre el zen cambiaré de género: seré poeta). De solo pensarlo ya me voy calmando.

Maternidad (2)

Empiezo diciendo que el (2) en el título no quiere decir que sea el final de la reflexión.
Las ideas siguen transformándose y madurándose. He aumentado mi base de datos. Mis amigues van volviendo de apoco de sus viajes por el mundo y la vida vuelve poco a poco a la normalidad. Incluso dejé de pensar todas las horas en si quería o no tener hijos; le bajé el volumen a esa pregunta, como quien dice. Hoy estoy nuevamente inclinada por el no; poco rotundo, pero un no. Es un no pensando, no ya solo en mí y en mi deseo de cambiar de vida, sino un no pensando en el hipotético hijo, que sigue siendo varón en mi mente. En las semanas pasadas descubrí el podcast Radio Japuta, que es un podcast de feminismo radical. En uno de los episodio hablan sobre el feminismo y las niñas, y entonces pasan archivos de audio de niñas que se identifican como feministas y que cuentan algunas de sus experiencias en el colegio. Dicen unas, por ejemplo, que el patio del colegio está ocupado por los niños que juegan al fútbol, mientras que las niñas están alrededor, y que incluso allí estorban, porque a veces les pega la pelota y ellas se quejan y qué flojera. Otra contó que una vez les pidieron irse vestidas de cierta manera porque los atuendos provocativos “distraían” a los varones. Entonces se organizaron y se fueron todas vestidas con las ropas más escotadas que pudieron encontrar, así dijo la chica, para protestar contra la medida, y triunfaron y ya no hay una regla que diga que no pueden usar ciertas cosas por “provocativas”. Otras se quejaron y también se organizaron para lograr que quien quisiera llevara falda y quien quisiera llevara pantalón, en vez de todas llevar falda.
Todas estas historias me recordaron por supuesto el colegio y a mis profesoras y a las monjas. En el colegio a veces se aprenden las peores cosas, como el racismo, la homofobia, y el sexismo, sobre todo. En el colegio una escucha cosas como que las mujeres son mejores con el lenguaje y los hombres son mejores con los números, o como que las mujeres se deben ver y comportar de cierta forma y los hombres de otra. Mientras tanto, la educación sexual y reproductiva suele estar a cargo de amigues, O DE MONJAS Y CURAS! Cuando era colegiala, sacar una toalla higiénica de la mochila para ir a cambiarse al baño requería habilidades de espía, y si alguna se manchaba: ridículo y humillación. Y era un colegio de mujeres…
Entonces pienso que si tengo un hijo, habrá que educarlo de alguna manera. He fantaseado con la educación en casa, pero, siendo realistas, lo veo poco probable. Tendrá que ir al colegio. ¿A qué colegio irá?, ¿irá al colegio en Bogotá? En Bogotá casi todos los colegios son un poco católicos, al menos. Le enseñarán religión católica. Y yo fui educada como católica, pero tengo todos los problemas del mundo con los curas y las monjas, con la misa, con los valores de la religión católica en general. Mi hijo, mis hijes estarán en manos de profesores y profesoras que quién sabe qué cosas les van a meter en sus cabecitas y quizá los lleven a misa y escucharán a quién sabe qué cura demente. Y si tengo una niña la traumatizarán con toda suerte de prejuicios sobre la pureza y el rosado y la belleza y la elegancia y lo que es ser mujer, por más de que en casa escuche otras cosas — y, obvio, sus padres también nos vamos a equivocar—. Me da miedo mandar a mi hijo hipotético al colegio hoy. ¿Cómo le van a enseñar historia?, ¿qué tipo de cosas escuchará sobre política y sociedad?, ¿cómo, en últimas, va a aprender a pensar y a pensarse? Y yo me siento sin herramientas para luchar contra un colegio.
Puede ser, y seguro es, que estoy escogiendo recordar y pensar lo peor del colegio. Seguro hay colegios muy buenos en Bogotá, seguro las cosas han cambiado desde la última vez que entré a un colegio como estudiante. Lo que me preocupa es que hace relativamente pocos años estuve trabajando en un colegio y las cosas… bueno… lejos de ser perfectas. Y no importa el estrato, no importa si es colegio mixto o no. Es difícil criar hijes propios; entonces cuánto más difícil será criar hijes ajenos. Y no sé para les niñes de hoy, pero para mí era cruel estar tanto tiempo lejos de mi mamá. En un colegio de clase media, que es el colegio que podríamos pagar, siendo optimistas, mi hijo estará expuesto a prejuicios de todo tipo, a profesores quizá de onda militarista, dios no lo quiera, a curas y monjas. Entonces cuando pienso en eso, cuando pienso en otra persona reviviendo el colegio como yo lo viví, me da miedo*.

*Creo que en medio de todo salí bien: un poco traumatizada, como se ve, pero no todo fue horrible.

maternidad (1)

Mi mamá decía: si volviera a nacer, no tendría marido ni hijos.


Alguna vez una profesora amiga me dijo que el mejor año para estar embarazada es el último del doctorado, si el doctorado incluye fellowship en el quinto año. Mi quinto año empieza este otoño. Por eso, el verano pasado hice una investigación: les pregunté a todes mis amigues con hijes y a las mujeres mayores que conozco cómo había sido su experiencia con la maternidad. Al final de todas esas entrevistas, concluí, no sin cierta tristeza, que no quería tener hijos. No tenemos estabilidad económica (ni siquiera sabemos dónde vamos a vivir dentro de un año), es egoísta traer hijos al mundo en medio de la crisis climática, los hijos quitan la libertad y suman miles de preocupaciones más desde el momento mismo de la concepción. A mí me preocupa que nazca sano, que no sea godo, racista ni homofóbico, que no muera y que no me mate a mí en el proceso. Eclampsia, preeclampsia, placenta previa, etc. De acuerdo con ciertos estándares médicos, a mi edad sería una madre añosa —añosa para ser el primer hijo, en todo caso.
A eso se le suman todas las inequidades y crueldades del patriarcado hacia las mujeres.
Ali Wong, una comediante Asian American, tiene dos especiales en Netflix en los que reflexiona sobre la maternidad. Por un lado, habla de todas las cosas que las mujeres no saben antes de embarazarse. El cuerpo se deforma, la vagina nunca queda como antes, las mujeres se cagan durante el parto, los médicos hacen una incisión desde la apertura de la vagina hacia el recto para que la cabeza salga más fácil, la lactancia es dolorosísima, los pezones se ponen muy oscuros y sangran, las mujeres rechazan al marido o lo ignoran, y ellos no son tan útiles como la madre quisiera. It is a challege for your relationship. Los niños lloran demasiado, cagan todo el tiempo, no te dejan dormir, ni comer, ni ir al baño, ni vivir, básicamente. Por otro lado, en Estados Unidos no hay una leyes federales sobre la licencia de maternidad. Oficialmente no hay derecho a la licencia de maternidad. Algunas empresas e instituciones sí que la dan, pero podrían no hacerlo. Las mujeres que trabajan no tienen amparo legal para recuperarse de un proceso que es, según parece, terrorífico.
Con todo y eso, recientemente volví a pensar en la maternidad. Si soy sincera, lo empecé a pensar porque todos mis amigos están en Europa o en algún otro viaje de ensueño durante el verano, y yo me quedé sola en Chicago, cuidando tres parejas de gatos, contando los míos. Me quedé para ahorrar dinero, cuidar a mis gatos y escribir la tesis. Y tengo TANTA pereza de escribir la tesis que preferiría estar cuidando de un retoño. En medio de mi aislamiento veraniego se me ocurrió que la maternidad sería the ultimate procrastination, una procrastinación muy noble, además.
Pero, si voy más al fondo, llego al finado Louis C.K. Hace como cuatro años lo escuché decir en una entrevista que tener hijos era maravilloso porque uno dejaba de ser el centro del mundo para uno mismo. Esa idea me quedó sonando desde ese entonces. Yo siempre estoy pensando en mí. ¿Será que esto del doctorado es lo mío?, ¿quién va a leer mi tesis?, ¿voy a conseguir trabajo?, ¿qué otra carrera podría tener?, ¿para qué sirve estudiar literatura?, ¿debería dejar de comer carne?, ¿cuál es el sentido de mi vida?, ¿por qué no me fui de viaje también?, pero qué horrible ser turista, viajar es incómodo, uno no necesita dinero para ser feliz, quiero tener una granja y cultivar mis propios alimentos, quiero estar sola y que nadie me joda, pero extraño a mis amigos y me encanta pasar horas texteando con mis amigas y cuando me dejan porque se van a dormir o tienen que vivir su vida o cuidar a sus hijos me quedo infinitamente sola y triste.
Entonces, qué bonito sería apagar ese zumbido constante de mi cabeza. Eso pienso sobre la maternidad en este momento, cuando ya casi es muy tarde para decidirme a tener hijos. ¿Será por eso que lo estoy pensando? ¿Es mi cerebro inseminándome con la idea para que me decida por fin a reproducirme? ¿Cómo sería reemplazar el zumbido de mis pensamientos por los tiernos aullidos de un nené?
Cuando mi mamá ya estaba muy enferma, yo le decía que tenía que mejorarse, para que conociera al nieto que yo iba a darle, y aunque ella sabía que eso no iba a pasar, hacía como que la entusiasmaba la idea. Pero nunca hablamos de eso en serio. Ella era muy conservadora y ni hablar de hijos por fuera del matrimonio, y se murió apenas dos meses después de que me casé. Esa es otra razón para no reproducirme: las madres son una gran ayuda con el primer hijo, y yo ya no tengo a la mía. Entonces le fui con la inquietud a mi papá. Y mi papá me dijo que no tuviera hijos, que las mujeres se deforman, que se olvidan del marido y que, básicamente, arruinaría mi vida. Suena como algo muy duro para decirle a una hija, y en cierta forma lo es, pero también podría tener razón. Yo pensé estas mismas cosas cuando me decidí, el verano pasado, a no tener hijos. Además, mi papá también me dijo que no estudiara literatura, y tenía razón, no debí hacerlo, pero no abramos esa puerta ahora.
Cuando estaba segura de que no quería tener hijos, veía a mis amigas madres y pensaba, uf… no, gracias, míralas. Qué desastre. Ya no pueden viajar, ya no pueden salir, ya no pueden ver televisión, ya ni siquiera pueden entrar al baño en paz. Leía en los ojos de todas envidia a mi vida sin hijos y arrepentimiento por sus malas decisiones. Mi decisión de ser una mujer child-free también era una declaración de principios, era parte de mi naciente feminismo consciente. No iba a cumplir el rol impuesto por la sociedad. No iba a entrar deliberadamente en la opresión de la maternidad. Y es que hay patrones que prefieren no contratar mujeres con hijos, porque estos se enferman y aquellas faltan más al trabajo, porque muchas de mis profesoras más admiradas no tienen hijos; no es compatible una carrera exitosa con la maternidad. Y si no me importa mi carrera, entonces es egoísta tener un hijo solo para que me calme la ansiedad, y puede que no me la calme. Puede que sea una madre horrorosa. No puedo cifrar todas mis expectativas en un hijo, mi proyecto de vida no puede estar anclado en las expectativas que ponga en él.
(incluso eso, él, todo este rato he dicho hijo, masculino, porque en mi cabeza va a ser niño. Ni me he decidido y ya estoy convencida, alimentando la fantasía de un niño y no de una niña)
Desconfío.
Un día me despierto y me digo que a la mierda los argumentos, que quiero tener un hijo, y hasta más de uno, hijos, hijes. Pero luego lo converso y me echo para atrás. Vuelvo a las consideraciones prácticas: la edad, la plata, la falta de red de apoyo, el sufrimiento del puerperio. Me rondan las advertencias de mis padres. Pienso que they know better.
Y todo esto sin contar con que, incluso si me decidiera, podría no pasar. Puede que no quede embarazada, ¿y entonces?

Pelo

Mi pelo es negro, crespo, grueso. A menos que me dedique horas a peinarme, a saturarme el pelo de crema de peinar y aceites, a armarme cada rizo con los dedos, se ve seco, salvaje, unruly, como dicen en inglés. Necesita mucha atención para que se vea organizado y brillante como los pelos de la publicidad de productos para pelo “natural”— productos que son, por cierto, carísimos. Necesito, además, quedarme muy quieta mientras todavía está mojado, para que se seque así, bien ordenadito. No puedo ponerme ni quitarme una camisa ni un abrigo, no puedo apoyar la espalda cuando me siento. Mi pelo largo, a la mitad de la espalda, tardaba ocho horas en secarse por completo, si decidía simplemente esperar. Si quería acelerar el proceso, podía usar el secador de pelo, con un attachment que se llama difusor. Es como una copa o un tazón con huecos que una sujeta al extremo del secador, por donde sale el aire. La idea es que una voltee la cabeza, reúna secciones de pelo en esa especie de copa y espere diez, quince minutos por sección. En total, puede tomar una hora secarlo así, quizá más.

Como es un proceso largo, los expertos en pelo crespo sugieren lavarse el pelo cada semana o dos veces por semana. Claro, no se puede hacer semejante ritual cada día o cada dos días. Entonces, para “conservar” los crespos, esos mismos expertos recomiendan una serie de cuidados extra. Por ejemplo, dicen que tienes que comprar una toalla especial, de microfibra, para no perturbar la forma de los rizos; dicen que tienes que comprar una funda de satín para dormir, para que el pelo no roce con la superficie rugosa de las fundas comunes; dicen que tienes que comprar cauchos especiales para agarrarte el pelo; dicen que tienes que comprar bonetes de satín para que el pelo, de nuevo, no roce superficies rugosas. El invierno es un rollo, porque hay que tener cuidado con los gorros —venden gorros forrados con satín— con las bufandas, con los sacos y abrigos.

En fin, que aunque mi plan hace años, cuando decidí comenzar a apreciar mi pelo crespo, era hacer una especie de statement, de declaración pública en favor del pelo “malo”, como lo llaman, y estaba dispuesta a cuidarlo para que todos vieran que era un pelo tan bonito y deseable como el liso, aunque mi plan era tratarlo como el delicado don que es, de repente se me hizo muy cansado todo el asunto. Cuando vi que mi estante del baño cundía de tarros de productos que compré como una autómata tras “investigar” en internet todo lo que había que hacer y comprar para tener un pelo saludable, pensé que ya era suficiente, que no tengo que hacer ningún statement, pero sobre todo que era agotador y costoso y que había caído en un pozo, otro, de consumo.

Antes de cortármelo, decidí simplificar la rutina de cuidado. Al final entendí que 1) no necesito que mi pelo se vea ordernadísimo como pelo de muñeca porque eso es tan artificial como lo otro, como usar alisado permanente o plancha o lo que sea; y 2) solo se necesita agua y una crema cualquiera y, claro, paciencia para esperar a que el pelo se seque —eso no tiene mucho remedio. Todo lo demás es innecesario.

Con todo y la rutina simplificada, pensé que le dedicaba mucho tiempo al pelo y que no quería hacerlo más.

En Fleabag, la serie que comenté hace unas semanas, hay un capítulo en el que un personaje se hace un corte de pelo demasiado radical y por un momento enloquece de inseguridad. Entonces ella y Fleabag van donde el peluquero a quejarse y una de las cosas que Fleabag le dice al peluquero es: “hair is everything. We wish it wasn’t, so we actually could think about something else ocasionally, but it is. It is the difference between a good day, and a bad day. We’re meant to think that it is a symbol of power, that it is a symbol of fertility. Some people are exploited for it, and it pays your fucking bills. Hair IS everything”. Y creo que buena parte de mis años de pelo largo viví por esa creencia y pues no… me aburrí.

Primero me corté el pelo a la barbilla y me saqué un flequillo. Me veía bien, pero entonces caí en otra dinámica: ahora quería verme “chic”, quería algo arriesgado y muy diferente. Entonces me hice dos cortes más. Me veía bien, también. Pero ya con el pelo corto era necesario, incluso más que antes, esculpir la forma del corte, organizar los crespos de tal manera que se vieran ordenadamente despeinados. Si soplaba el viento ya no se veía tan bien. Me estaba mirando en el espejo más que antes. Entonces decidí hacer lo que desde un principio era mi deseo: raparme la cabeza.

Cuando una mujer se rapa la cabeza la gente tiende a pensar que ella pasa por un momento de crisis. Se asocia con cierta inestabilidad emocional. Yo misma caí en ese discurso, para justificar tantos cambios en tan poco tiempo, porque sentía que le debía una explicación a mis familiares y amigos. Hair is everything. No sé si estoy pasando por una crisis. Supongo que sí, pero una crisis no necesariamente implica lágrimas y nubes emocionales. No me rapé la cabeza llorando frente al espejo, con música triste sonando al fondo. Me rapé porque sí, porque me gusta la idea de hacer esos cambios radicales, porque creo que me luce, y, sobre todo, porque quería descansar de mi pelo. Además, el pelo crece.

Fleabag

Cuando doy con una serie con cuya protagonista podría identificarme siento una emoción primitiva. Siento que encontré una amiga, pero en realidad no es una amiga, sino que soy yo misma, pero transformada en una versión apta para la pantalla. La protagonista de la serie, Fleabag, es una mujer en sus treintas, un poco desubicada e insegura con respecto al futuro. Es una mujer narcisista. En eso nos parecemos, no solo ella y yo, sino prácticamente ella y yo y todas las mujeres que conozco. Fleabag le habla todo el tiempo a la cámara, o sea a nosotras. Le habla a la cámara mientras le habla a los demás, que no se dan cuenta de la “conversación” paralela que ella siempre está sosteniendo. En eso también nos parecemos. Ahora, como me pasa mucho con las series desde que llegué a Estados Unidos, me doy cuenta de que las cosas en que no nos parecemos pasan, primero, por la clase. Aunque esté perdida y en la quiebra, Fleabag tiene una hermana millonaria que la puede sacar de problemas, y su papá, que le da regalos extravagantes. Tiene un negocio. Un café. Pero no sabemos realmente mucho de ese negocio y, de hecho, casi nunca nos la muestran en el café, atendiendo clientes o lidiando con eso. Las ficciones que me gustan casi nunca cuentan cómo la gente gana dinero, cómo lo administra, qué hace con él. O son ricos o son pobres. Cuando son clase media, se preocupan por el dinero de una forma casi abstracta -me pregunto por qué, si para mí el dinero es una preocupación constante, en las series las mujeres de clase media parecen ir por el mundo como si ese problema no fuera tan importante.

Eso me recuerda que quiero escribir sobre Shameless, Shoplifters, y Florida Project.

Volviendo a Fleabag, por lo que entiendo, esta mujer tiene dos problemas principales, que en realidad son el mismo: el duelo. Al inicio del relato, Fleabag ha perdido a dos personas muy importantes para ella. Los dos duelos se superponen de una forma que constituye el eje de toda la historia. El otro problema de Fleabag es el que me cuesta más describir. Parece que tiene que ver con el sexo como una forma de pasar por el duelo. Fleabag tiene mucho sexo con distintas parejas permanentes y casuales. Lo disfruta, pero parece que también es un problema para ella. No está buscando el amor. Me parece que uno de los statements de la serie es justamente que amor y deseo no van juntos para la protagonista, y me parece que ella trata de decir que esto no le incomoda. Pero yo creo que sí le incomoda.
Casi todas las narrativas que me gustan, en las cuales las protagonistas son mujeres, van del amor romántico. Y aunque esta serie parece querer ser una excepción, al final también es sobre el amor romántico. Lo que pasa es que también es sobre otras cosas, sobre otros tipos de amor y sobre el deseo. La segunda y última temporada está de hecho centrada en el amor romántico. El giro es que se trata de un amor imposible: otro motivo muy común y muy de mis favoritos. Me parece que ahí la serie está diciéndonos algo muy importante, aunque no puedo formular todavía exactamente qué es. Por eso, entre otras cosas, estoy escribiendo esto. En el motivo del amor imposible está el core, la nuez de la reflexión sobre el amor romántico. Yo leo ahí que solo el amor imposible es el amor romántico perfecto. Pero esto no es nuevo. Desde que se inventó el amor, la idea es que no se consume. El amor romántico perfecto es uno que nos tiene permanentemente en ascuas. Nunca mejor dicho. Una tensión constante que nunca termina de resolverse. En el caso de Fleabag, el objeto de deseo es un ejemplo “perfecto” de amor imposible, porque, sin importar la consumación o no, el amor sigue siendo imposible. Es una puerta entreabierta para siempre -porque ahí termina la serie. O sea, esta historia de amor es como un cuento de hadas al revés: no vivieron felices para siempre porque no se podía.
Entonces, ¿qué me dice Fleabag sobre las mujeres y el amor? Me dice que no pasa nada cuando el amor perfecto no cuaja, y me dice que así debe ser y que la vida sigue después del amor, aunque no me dice qué sigue o cómo sigue. Y si bien esa ausencia del “qué sigue” no me sorprende, sí que me frustra. Me da la tensión sexual, que me gusta mucho, me da la consumación, pero no me da la satisfacción del amor eterno y tampoco me da un después del amor. Así, el amor es lo mismo que consumir la serie, que comprar cualquier cosa, se agota, las ascuas prenden y se consumen y no queda nada después del calorcito momentáneo.

Y aquí paro, porque esto del amor y el consumo me da para otro post.