terf o no terf

Terf o terfa quiere decir trans-exclusionary radical feminist: feminista radical que no considera mujeres a las mujeres trans ni hombres a los hombres trans. No parece que acá en Colombia el debate entre terfas y trans-incluyentes sea tan intenso y popular como en Estados Unidos o Inglaterra, pero no estoy segura. Ese tema no sale mucho en mis conversaciones personales, pero sí en redes y medios que sigo. Sí percibo que el debate público sobre el género ha alcanzado unos límites de especialización, especificidad y animadversión que han dado pie entre otras cosas a que muchas personas de plano ridiculicen cualquier asunto relacionado con eso, desde las transformaciones del lenguaje (por ejemplo, el polémico todes) hasta la salud reproductiva y la legislatura para proteger a la población vulnerable.

Yo oscilo entre posturas abiertamente terfas, sentimientos de vergüenza por tener dichas posturas y fantasías de hermandad de todas las oprimidas por el patriarcado. Hace muchos años leí en El Tiempo un reportaje sobre un hombre embarazado. Recuerdo que en ese entonces elaboré un argumento que decía más o menos que si uno quería ser del otro sexo (en ese momento yo no hacía distinción entre sexo y género), entonces tenía que asumir todas las condiciones de ese sexo, luego era improcedente que un hombre quisiera estar embarazado. Para mí era lógica sin fisuras: puedes ser hombre si quieres, pero los hombres no se embarazan, luego no puedes querer estar embarazado. Sin embargo, hoy veo que ese argumento era muy chimbo, especialmente porque ese hombre estaba embarazado, independientemente de lo que yo pudiera pensar. Puede que otras personas arguyan que si él u otro hombre está embarazado entonces no es hombre sino mujer; que es hembra biológicamente. Otras dirán que es un hombre con útero o un hombre gestante. También habría que pensar cuáles son los motivos para exponerse así en medios y qué tanto los medios contribuyen a la simplificación amarillista de problemas y decisiones que seguramente son mucho más complejos que lo que puede explicar un reportaje. Fabricar argumentos sofisticados para vencer al oponente es sin duda placentero, pero en algún punto hay que parar y quizá ser simplemente más empático, o una combinación de práctico y empático.

Por varios años me quedé ahí, en la certeza de que las personas trans existen más allá de mis argumentos. Hasta que hace poco supe que ciertos sectores critican a las mujeres que llevan carteles con dibujos de úteros y vulvas a marchas feministas. Al tirar de ese hilo me encontré con que hay toda una discusión y movida que trata de popularizar expresiones como personas embarazadas, gestantes o pregnant people en vez de mujeres embarazadas; personas menstruantes en vez de un genérico mujeres y una que no creo que sea cierta: úteroportante. Incluso encontré que para algunas feministas radicales el uso de la e para incluir a todos los géneros es misógino!!!

Me parece extraño que el dibujo de una vulva asociado con lo femenino detone un sentimiento de rechazo y exclusión en una mujer trans. Me ofendí por que me llamaran menstruante (y en realidad nadie nunca me ha llamado menstruante). Pensé que solo un grupo de hombres podían ser tan caraduras como para exigirles a las mujeres que tengan más cuidado con las formas que eligen para reivindicarse y representarse. Y así me he descubierto otra vez alineada con posturas conservadoras y directamente transfóbicas.

El tema de las leyes trans es, creo, uno de los más importantes de la discusión pública, y una ocasión en que las feministas radicales son especialmente atacadas por transfóbicas. El único caso del que tengo más información es el de España. Ese ejemplo me permitió aprender sobre críticas concretas a ese tipo de leyes. Una conclusión importante de las críticas es que la ley trans en España perjudica a todas las comunidades vulnerables, incluidas las personas trans y que solo no perjudica a los hombres. En un podcast feminista escuché que genera malestar que, por un lado, se haga más estricta (cuando no es inexistente) la legislatura sobre el aborto, y por otro las mujeres trans puedan cumplir sentencias en cárceles de mujeres (supuestamente más seguras), o que puedan competir como mujeres y contra otras mujeres en certámenes deportivos. También escuché que hombres podrán declararse mujeres para no recibir las sanciones en casos de violencia doméstica y feminicidio. Estos son apenas unos ejemplos de todo lo que implicaría aprobar estas leyes que permiten que una persona declare sin más el género al que pertenece, sin necesidad de pruebas de ningún otro tipo y sin cambiarse siquiera el nombre. Las feministas que critican estas leyes piensan que se necesita más especificidad, más aclaraciones; en fin, consideran el documento una paparrucha que necesita más investigación y claridad.

Supongo que habrá hombres que se aprovecharán de esas leyes para beneficiarse en procesos legales. En cuanto a los deportes, la verdad no me importa. No sé si en todos los casos un atleta hombre será más rápido o más fuerte que una atleta mujer. No sé si sea mejor que en todos los deportes, en vez del género, las categorías para organizar a los competidores deban ser altura y peso. No sé porque no soy atleta ni sé mucho de la historia ni la burocracia ni la ciencia del deporte.

También detecto mucha especulación en los reparos que las feministas radicales hacen a las leyes trans. Creo que al plantear esos ejemplos de lo que puede salir mal están pensando en hombres disfrazados de mujeres: hombres blancos, heterosexuales, ricos, que conservan todo su poder y van a por todo lo demás. Y no es cierto. A esas críticas les hace falta empatía. En Colombia la expectativa de vida de una persona trans es de 27 años; en Argentina, de 35. Así que no creo que los hombres se vayan a declarar trans en masa.

Por estos días pienso que el problema es justamente ese, que hay un tren de pensamiento que va por su propio carril, que no necesariamente plantea falsedades, pero que es sobre todo especulación, temor y, pienso yo, odio a los hombres —un odio ciertamente justificado en términos generales—. Odio a los hombres visto lo que pasa con las mujeres, entre otras cosas, la violación, que desproporcionadamente afecta a mujeres, la penalización del aborto, los problemas para acceder a métodos anticonceptivos, el feminicidio/femicidio —por cierto he notado que es un concepto difícil de entender para mucha gente—. También está la brecha salarial entre hombres y mujeres, la mayor importancia que tienen el aspecto físico y los estándares de belleza para las mujeres, entre otras desventajas. El odio a los hombres se ha alimentado por siglos de un trato desigual, la jerarquía entre hombres y mujeres en la cual las mujeres son inferiores.

Para muchas personas los reclamos de las mujeres ante la desigualdad entre los sexos carecen de sentido. Muchas personas, hombres y mujeres, niegan que exista desigualdad. ¿Por qué? No creo que haya una única respuesta. Intuyo que quienes niegan que existe la desigualdad entre hombres y mujeres y, por ende, infravaloran los reclamos del feminismo (los feminismos), encuentran muy difícil separar sus experiencias individuales como mujeres o como personas que se relacionan con mujeres concretas de la categoría mujer entendida en un contexto social e histórico amplio o de la clase social “mujer”.

Sí, es verdad que muchas feministas radicales importantes como Germaine Greer se refirieron abiertamente a las mujeres trans como hombres disfrazados de mujeres, lo cual muchas personas desde siempre han considerado inaceptable y, de plano, discurso de odio. Es verdad que se han realizado encuentros de mujeres y no se ha permitido la entrada a mujeres trans —fue así como surgió el término TERF—.

Ahora, por qué se iguala feminista radical con transfóbica? Radical, como repiten las feministas radicales, quiere decir que ese movimiento va a la raíz de la cuestión, que es el género. El sistema patriarcal, que descansa sobre la necesaria opresión de las mujeres, necesita que haya género; y el género es la separación jerárquica entre machos humanos y hembras humanas que ubica al macho humano en una posición superior. Eso según lo que yo entiendo de planteamientos del feminismo radical. El feminismo radical no busca la igualdad de géneros, sino abolir el género. Entonces, un problema entre el discurso público de las feministas radicales y el discurso de las feministas trans-incluyentes es que las primeras rechazan el género y las segundas construyen sobre el género, lo redefinen y lo multiplican.

No es fácil concebir la abolición del género y esa es una parte importante del problema. En cambio, la idea de transgredirlo existe efectivamente: existen personas que rechazan el género que les correspondería según lo que las distintas comunidades han venido a definir como hombres y mujeres, y que actúan de distintas formas para hacer realidad ese rechazo y esa reasignación de otro género, las personas trans que se operan más, las que menos y las que no se operan, las personas que exigen que usemos unos pronombres específicos que transforman el lenguaje para hacer visibles sus opciones, decisiones y, en últimas, su realidad con respecto al género.

En cambio, no imagino bien cómo funciona abolir el género. No sé de nadie en mi círculo ni de una celebridad que no tenga género. Un individuo no puede hacer nada visible ni invisible para comunicar ni representar el hecho de no tener género. La opción no binarie o no binario también es un género, no quiere decir no tener género. El deseo de abolir el género es más revolucionario, pero por lo mismo genera más sospechas, como cualquier revolución en un momento desencantado y más pragmático. Hoy parece que tiene más sentido negociar con el sistema e intentar modificarlo con acciones pequeñas y planes a largo plazo; y la sola sugerencia de la destrucción o el desmonte del patriarcado o de un sistema cualquiera suena ingenua y pueril. Son dos perspectivas políticas entre muchas posibles que permean también la discusión de los feminismos y sobre los feminismos.

Si el punto de los feminismos es desmontar el patriarcado o lograr la igualdad entre las personas sin distinción de sexo, género o identidad de género, las feministas radicales y las trans-incluyentes no son enemigas. El patriarcado es el enemigo común. Algunas personas me han presentado este argumento cuando me pongo terfa. Creo que tienen razón.

Como terfa ocasional, si algo he aprendido de escuchar y leer a personas trans y trans-incluyentes es que el mundo sigue siendo de los hombres blancos, heterosexuales, pero quienes no entran en esa categoría están hablando más y poco a poco nos están mostrando que no hay una sola forma de existir y que no hay una versión de la vida social, de la vida intelectual, de la vida sexual, de la familia, etc. Que el mundo sea de ellos no niega la existencia de todos los demás.

Muchos hombres homosexuales son misóginos. Los son abiertamente y no sé si lo saben o no. No me he atrevido a señalarlo cuando su misoginia se hace evidente en conversaciones. Supongo que hay mujeres trans que son misóginas, como hay adultas hembras misóginas. Casi todas las personas somos al menos un poco misóginas. Muchas feministas odian a los hombres. No todas las mujeres son feministas. No respeto a alguien solo por ser mujer. Me siento más representada por Brigitte Baptiste que por Martha Lucía Ramírez.

Si no lo hacen, las mujeres trans deberían defender abiertamente causas sobre derechos reproductivos, aunque no menstrúen ni tengan útero. Para mí ese es un punto clave en el cual se necesitan todos los aliados posibles. Las terfas debemos enfocarnos en la innegable vulnerabilidad de la mayoría de las personas trans, que no son las poquísimas actrices que han conseguido visibilidad y algo de respecto (en Estados Unidos, básicamente) ni Caitlyn Jenner, ni Eliot Page. Y no hablo mucho más de eso porque conozco a cero personas trans. Las terfas también deberíamos evaluar nuestro odio a los hombres y encontrar una forma de lidiar con eso sin portarnos a nuestra vez como caraduras jugando a quién está más oprimido. Esa es una forma muy gringa de ir por el mundo, XD.

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