Obvio que me voy a subir a este bus

Los chicos de Fucks News hicieron una secuencia de chistes sobre la noticia del femicidio de Valentina Trespalacios. Gugleé “fucks news polémica” y encontré varias notas sobre esto del femicidio, pero también sobre un episodio anterior, cuando hicieron unos chistes a propósito de la noticia de una chica que murió durante un atraco en Medellín. Esa vez “se abrió el debate” sobre la falta de límites en el humor negro de estos chicos.

En un video de El Espectador a propósito de dicho “debate”[*] pasan declaraciones de Ómar Rincón, de Eduardo Arias y de Carlos Arcila. Este último es secretario de Human Rights Watch y por lo que encontré acompañó a la familia de la víctima del robo de Medellín o prestó alguna asesoría jurídica, pues parece que quisieron demandar a los comediantes por injuria.

Yo supe de Fucks News esta semana por un segmento que circuló en redes, que muestra tres chistes sobre Valentina Trespalacios, en los cuales utilizan información muy conocida por el público en general, porque el caso fue harto manoseado por los medios. No los tenía de antes simplemente porque no llegaron a mi burbuja y no porque sea una esnob, que también, un poco.

La “polémica” me interpeló porque justamente fui a un micrófono abierto de comediantes la semana pasada y me sorprendió mucho el tipo y la calidad del humor: abundaron los chistes racistas y homofóbicos y el 95% del material va de sexo, de tirar o no tirar y con quién y en qué posición, todo salpicado de misoginia.

Ustedes dirán que soy mojigata y me molestan los chistes sobre sexo, y quizá tienen razón.

Contando al host, ese día vi a 11 humoristas: 9 hombres y dos mujeres. Una de esas mujeres hizo toda su secuencia sobre canciones, relaciones amorosas y desamor, con un par de chistes sobre su lugar de procedencia y Bogotá. Ella fue la única que no hizo chistes sobre genitales propios ni ajenos. La otra mujer comediante sí hizo chistes racistas y ramplones, como todos los otros.

Digo que la noche del micrófono abierto me sorprendí porque pensé que ese tipo de humor ya no era socialmente aprobado y por lo tanto ya no se hacía. Hace unos años una organización promovió que un humorista muy popular de Sábados felices que se pintaba la cara de negro, imitaba el acento del Pacífico colombiano y promovía estereotipos racistas replanteara su número cómico, o que dejara de hacer black face, al menos.

Pero el humor racista, homofóbico y misógino aún es aceptado abiertamente en espectáculos abiertos al público. Esa noche la gente se reía. La gente se ríe con la secuencia de chistes a propósito de la chica que murió atropellada en Medellín el año pasado y también se ríe con los chistes sobre el femicidio de Trespalacios.

En muchos comentarios de apoyo al proyecto Fucks News leí alusiones al humor negro como una especie de coping mechanism o mecanismo de defensa ligado al contexto colombiano. Los colombianos reímos para no llorar porque todos los días, todo el tiempo, pasan cosas horribles.

Otro tipo de justificaciones, que a quienes las plantean les deben parecer súper sofisticadas, arguyen que las críticas al humor negro de los Fucks News son prueba de la doble moral de la gente, que solo protesta si se burlan de un caso mediático, pero callan ante los femicidios y las tragedias en general que no son noticia, y pues obvio, ¿no? Es decir, uno medio se entera de lo que sale en las noticias, y no todas nuestras desgracias circulan en los medios masivos de comunicación. Mejor dicho, esa justificación es bien pendeja, porque cuando ellos leen la noticia de la pelada de Medellín o la de Trespalacios se están montando a un bus morboso que ya un noticiero grande había echado a andar. Su contribución nada tiene de justiciera.

“Al menos, esta no fue otra noticia que pasó desapercibida, al menos esta muerte no fue una más como las que todos los días pasan en nuestro amado país. Al menos esta vez tenemos medio país consciente de que vivimos en un hiju… lugar en el que vale más un celular que la vida de una persona”, compartió [Camilo Sánchez] en Instagram.

“Por mi que sigan echándonos mierda todo lo que quieran, mientras más cumplimos con nuestro objetivo, tener medio país hablando de nuestros chistes, que a través de la risa sí o sí le estamos dando voz a los que se la quitaron y ni se han dado cuenta”. (Tomado del portal de Infobae).

El caso es que yo vi el segmento sobre Trespalacios y no me reí, y me pareció “pasado”, me pareció insensible. Ahora, entiendo que el humor negro tiene mucho de insensible, que la intención es chocar, molestar, incomodar. No creo que la intención deba ser ofender, especialmente ofender a minorías ni a grupos vulnerables. Pero en el caso de estos chicos, cuyo proyecto previo se llama precisamente “Con ánimo de ofender”, la intención sí es ofender. Entonces no entiendo por qué se sorprenden y tratan de defenderse y justificarse cuando esos a quienes tenían ánimo de ofender, en efecto, se ofenden.

La secuencia sobre Valentina Trespalacios me ofendió. Me ofendió porque es una noticia muy reciente, porque la manosearon tanto y se habló tanto del tema que me involucré emocionalmente con el caso, porque me revuelve las tripas pensar que no es la primera mujer que termina literalmente arrojada a la basura (por su pareja, por una persona conocida, cercana), porque soy feminista y estoy sintonizada con el discurso feminista.

Sin embargo, debo añadir que los chicos de Fucks News intentaron crear contenido humorístico con base en las polémicas previas, intentaron anticipar la crítica, lo cual me parece un gesto medianamente inteligente. No lo hicieron bien, pero lo intentaron. Antes de hacer los chistes dicen: “nos van a cerrar el programa”, “no se aguantaron lo de la china de Medellín”, entre otros comentarios. Luego hacen esos chistes (sobre la maleta y la basura). Pero después se ponen “serios” y dicen que estuvo mal, que “eso” no se hace. Igual siguen los chistes y al final de la secuencia el Mago le pide a Camilo que se meta en una maleta que pone sobre la mesa. Camilo se mete, hace más chistes sobre Trespalacios y un chiste al pasar sobre el Tourette, que él tiene y que hace parte de sus rutinas de comedia. Al final el Mago dice que eso (lo de intentar meter a Camilo en una maleta) lo hacen para probar que el tipo (el presunto asesino de Trespalacios) es un psicópata.

El público ríe. Yo en casa, viéndolos en YouTube, no me río. No solo no me río, sino que me siento culpable porque la verdad es que, más que enojarme, me creo superior intelectualmente y los juzgo desde esa pretendida superioridad mía. No solo no me parecen graciosos, me parecen brutos, simples.

El capítulo en cuestión fue grabado en Pasto. La primera estrategia que detecto la usa también Risaloca, un “cuentachistes” de “La Luciérnaga”, el programa popularísimo de Caracol Radio. La estrategia consiste en reírse mucho. Reírse todo el tiempo de cada cosa que se dice. Estos chicos se ríen: “achichay”. Ríen. “Qué significa achichay”. Ríen. Y así se genera la impresión de que todo es chistoso. Es una apuesta que puede o no funcionar, pero creo que en general funciona porque contagian la risa y porque el público ya está presto para la risa. Creo que uno tiene que estar en una disposición especial para tomar distancia y no reírse y, en principio, uno va a un show de comedia a reírse.

Lo segundo que vi en el video de Pasto y también en el bar la noche del micrófono abierto es el trabajo con el público. Esa noche me pareció que abusaban del recurso, y creo que lo hacen justamente por pobreza de ideas, porque es fácil, está a la mano. Me desconcertó que los Camilos de Fucks News también lo hicieran, pues las condiciones no daban mucho para eso: ellos están sentados todo el tiempo, en un escritorio, como presentadores de noticias. El teatro es enorme y la primera fila está muy lejos de ellos. Las personas del público gritan las respuestas al mismo tiempo y no es fácil entender lo que dicen. Igual, el humor de los chicos es tan limitado que, aunque la infraestructura no lo permita, se aferran al recurso del público. En este caso se basaron, por supuesto, en los estereotipos sobre los pastusos, es decir, el acento, las características personales, formas de hablar, etc.

A propósito de limitado, echan buena mano del recurso muy, muy predecible del lenguaje soez, las “groserías”, las vulgaridades, la plebedá: hijueputa, pirobo, gonorrea. Y como todos tenemos cinco años, pues nos reímos.

Sigue un chiste sobre el terremoto en Turquía y Siria, ahí ya van entrando en lo de ellos, que es el humor negro. También hicieron una secuencia larga a propósito del cierre de vías por un derrumbe que ha mantenido incomunicada y desabastecida a esa región del país. Conectaron el chiste sobre el terremoto con la situación de Nariño señalando que era contradictorio que ellos (el público) se rieran de lo del terremoto cuando ellos mismos estaban en la situación que estaban por el derrumbe de la carretera. Ahí trataron de subir un poco el nivel. Muy, muy poco.

Hay una secuencia sobre su relación con el canal RCN, que generó críticas y cuestionamientos a su independencia ideológica, porque RCN es un canal bastante parcial a cierto tipo de ideología política. (¿Entonces ellos vendrían a ser progres?)

Después viene una secuencia larga, que presumo infaltable, sobre sexo a propósito de una noticia ligera (impuestos a PornHub y OnlyFans) y otra más morbotrágica: la del bebé y el carro y el motel en Valledupar. Les dejo las palabras claves porque no voy a contarla acá. Anticipan la reacción de los críticos: “Otra vez nos van a empezar a demandar”, dicen. Después de uno de los chistes sobre la noticia del bebé, agregan: “mentiras, no aplaudan eso”. La audiencia, por supuesto, estalla en risas y aplausos.

Después viene la secuencia que yo encontré más interesante; no me pareció graciosa, pero le veo potencial. En ella interactúan con una inteligencia artificial pidiéndole que cuente algunos chistes y que escriba un cuento sobre una persona con Tourette que viaja a Pasto. El cuento no es bueno, pero igual es sorprendente que la IA lo haga. Ahí hay algo, muchachos.

Luego leen una noticia sobre el robo de 8 consoladores.

La última noticia y el cierre del show fue lo de Valentina Trespalacios: se nota que es lo más preparado del número. Se ve cómo planearon incorporar cada chiste, anticipan la crítica y de alguna manera crean un espacio meta dentro de esta presentación (todo muy básico, pero ajá).

Después de ver un poco de su material, no creo que estos chicos se merezcan ni demandas ni debates. Eso sí, no les haría daño disculparse si ven que la cosa se calienta en las redes y los medios de comunicación. En las noticias que leí, encontré que los familiares de la chica de Medellín se molestaron porque con sus chistes revictimizaron a la chica. Les pidieron que no dijeran su nombre y que no proyectaran la foto para que todo el mundo la viera. Me parece una solicitud muy sensata.

En cambio Ómar Rincón dice una cosa que me parece insensata, y es que si el humor “atenta contra la dignidad humana […] debería estar totalmente prohibido”. Me parece insensato porque no sé bien cómo funcionaría esa prohibición, porque varios términos del planteamiento son difusos.

Mi conclusión después de mi escasísimo contacto con la comedia colombiana es que el nivel es bajo. No es sofisticada, no es inteligente. Tanto el público como los comediantes sienten mucha presión por la risa, como si reír fuera por sí solo el objetivo y el sentido de la comedia. No hay juegos con la estructura narrativa ni el lenguaje, casi no hay humor de ese que los gringos llama observacional. Él único de la noche del micrófono abierto en el que vi trabajo con la estructura del relato me dejó una pésima impresión porque al final de su número entró en una fantasía en la que conseguía muchos casos (es abogado) sacándoles papeles a los culos y resolviendo pleitos legales a propósito de la posesión de los culos: tipo “ese culo es suyo”, “traspaso de un culo de un propietario a otro”. Culo como sinécdoque de mujer, por cierto. Entonces sí, él era más sofisticado, pero su misoginia me hirió más.

Al final me quedo con la impresión, que igual reconozco muy sesgada, de que los comediantes colombianos son un montón de hombres ruidosos gritando “chistes” sobre sus genitales y los genitales de otras personas e intercalando “hijueputas” y “pirobos” y “gonorreas” y “malparidos” (hasta en el lenguaje soez son limitados). Una comedia de hombres que no han salido de la temprana adolescencia. Los que sí salieron se convirtieron en adultos racistas, homofóbicos y misóginos. Algunos de esos son comediantes y otros son directores de noticieros de la mañana en la radio.

Sitios que cité:

Lo de El Espectador

Lo de las justificaciones justicieras

https://www.semana.com/actualidad/articulo/que-nos-denuncien-dice-comediante-que-se-burlo-de-muerte-de-una-joven-arrollada-en-medellin/202244/

https://www.infobae.com/america/colombia/2022/10/14/humoristas-que-se-habria-burlado-de-la-muerte-de-una-joven-en-medellin-respondieron-a-posible-demanda-por-mi-que-sigan-echandonos-mierda/

Y el video, que lo encuentran fácilmente, no lo pongo acá.


[*]La palabra está entre comillas porque en medios la manosean mucho y todo es un debate y todo es debatible (yo no creo que sea así), pero eso es otra cuestión, sobre la que no planeo escribir.

Ya no puedo más de amor (¿O soy un poquito acosador?)

Entrégate
Mi prisionera
La pasión no espera
Y yo no puedo más de amor.

Luis Miguel

La friendzone es supuestamente el lugar a donde van a dar quienes sienten un amor no correspondido. Usted quiere tener un vínculo sexo-afectivo con alguien, pero esa persona “solo quiere su amistad”. Como el sentimiento no es recíproco, usted no tiene más opción que “conformarse” con un tipo de afecto no sexual. Quienes habitan la friendzone sufren más o menos en silencio al ver cómo el objeto de su amor persigue otros intereses románticos, o puede que él o ella también se considere en la friendzone de otra persona.

En principio hay una línea clara que permite distinguir entre un frienzoneado o una frienzoneada y un(a) acosador(a) —un(a) creep, como la canción—. Si yo deseo intensamente a alguien que conozco, soy menos repulsiva que si deseo intensamente a un desconocido, ¿cierto?

Sin embargo, la idea de la friendzone ha pasado por una revisión crítica, y esa línea divisoria entre enamorados silenciosos y sufrientes, por un lado, y potenciales acosadores, por el otro, no parece ya tan clara. Y es que nadie quiere estar en la friendzone, porque estar ahí quiere decir que no somos deseables sexualmente para la persona, digamos, propietaria de la friendzone. Como inquilinos involuntarios de ese espacio, nos consideramos insuficientes, pero al mismo tiempo pensamos que, por virtud del inmenso amor que nos incendia las entrañas, merecemos ser deseados, y la otra persona no sabe, no entiende que debería voltearnos a mirar con los ojos del deseo.

Frenzoneados y frenzoneadas por igual se sienten injustamente víctimas, desdeñados por ese ser a quien tanto aman. Mueren de celos, de añoranza y obsesión porque esa persona no se da cuenta de sus sentimientos. De repente ya no es solo deseo lo que sienten, sino ganas de tomar el poder que la otra persona ejerce sobre ellos y tenerlo para sí mismos. Y entonces resulta que no son tan distintos de cualquier acosador que sigue a su potencial víctima en las sombras.

La música popular nunca ha mentido: si usted está profundamente enamorado o enamorada de alguien que no lo sabe, entonces usted da un poco de miedo. “Creep”, de Radiohead, es un ejemplo, pero hay para todos los gustos. Como ahora por estos lados también festejamos San Valentín, este post es, también, una invitación a que armen su propia playlist y se regodeen, si es el caso.

“Shiver”, de Coldplay

El sujeto de esta canción se siente fuera del alcance del objeto de su afecto, se siente invisible, pero también es paciente y constante, y ahí reside, quizá, su potencial valor con respecto a los demás pretendientes. Él cree que, si espera lo suficiente, capaz le paran bolas.

“But on and on
From the moment I wake
To the moment I sleep
I’ll be there by your side
Just you try and stop me
I’ll be waiting in line
Just to see if you care, if you care

“Algo contigo”, de Vicentico

Este directamente es un acosador. Qué miedo.

¿Hace falta que te diga
Que me muero por tener algo contigo?
¿Es que no te has dado cuenta
De lo mucho que me cuesta ser tu amigo?

Ya no puedo, continuar espiando
Día y noche tu llegar adivinando
Ya ni sé, con qué inocente excusa
Pasar por tu casa

Ya me quedan tan pocos caminos
Y aunque pueda parecerte un desatino
No quisiera yo morirme sin tener
Algo contigo

“Qué locura enamorarme de ti”, de Eddie Santiago

Este se hace la víctima, pero mientras tanto exhibe conductas posesivas y, bueno, él mismo admite que la cosa es un poco loca.

Amiga yo le siento celos hasta el propio viento
El mío es un amor voraz que crece como el fuego
Si creo que antes de nacer te estaba amando
Y ahora tengo que morir de sed

Qué locura enamorarme yo de ti
Qué locura fue fijarme justo en ti
Y en silencio yo te quiero
Y tu amor tiene otro dueño

“You Belong With Me” de Taylor Swift

Una cantada desde la perspectiva de una chica, para que no me digan que i lis himbris timbín lis pisi.

Esta es un poco condescendiente: lo acusa entre líneas de ser más “superficial” (porque la competencia es más estereotípicamente linda), y también le dice que no sabe con quién debe estar realmente, o sea, con ella.

If you could see that I’m the one
Who understands you
Been here all along
So, why can’t you see?
You belong with me

Standing by and waiting at your backdoor
All this time how could you not know, baby?
You belong with me
You belong with me

“Like a Friend” de Pulp

Este desprecia un poco al objeto de su amort.

Come on in now

Wipe your feet on my dreams

You take up my time

Like some cheap magazine

When I could have been learning something

“Entrégame tu amor”, de Los inquietos.

¡Es una orden! Este tema me fascina. Obsérvese la atmósfera legal de la primera estrofa, y Dios, y el beso robado y la desesperación: lo tiene todo.

Espero
Que todo lo que diga pueda ser utilizado en mi defensa
Que Dios este conmigo en tu conciencia
Y puedas perdonarme
Yo no quise besarte de repente

Lo siento
Quise saber si me mirabas diferente al resto de la gente
Yo no quiero morir siendo tu amigo
Yo quiero es abrazarte y no sentir el frío de la vida

“Waiting in Vain” de Bob Marley & The Wailers

Este está envalentonado. Pide ser amado, pero no se la va a dejar montar.

I don’t wanna wait in vain for your love
I don’t wanna wait in vain for your love

From the very first time I placed my eyes on you, girl
My heart says follow through
But I know, now, that I’m way down on your line
But the waitin’ feel is fine

So don’t treat me like a puppet on a string
‘Cause I know how to do my thing
Don’t talk to me as if you think I’m dumb
I wanna know when you’re gonna come

Así que el amor no correspondido no es más que una forma de justificar deseos bien oscuros e incluso cierto grado de acoso. Puede que todos en algún momento hayamos sido culpables, puede que para alguien hayamos sido un poco repulsivos; yo ciertamente lo fui cuando era más joven, y me avergüenza mucho, aún hoy. Aparte de todo eso, la friendzone establece una falsa jerarquía según la cual los vínculos sexo-afectivos son más importantes que la amistad, y eso es lamentable, porque dignifica y perpetúa formas de relacionarse desiguales, dañinas para todas las partes. A la larga, lo que —sin ser tan pernicioso— más se parece al ideal malsano de amor que llevamos implantado, es la amistad. De hecho, no conozco amor más leal y sincero que el amor que sienten entre ellos mi marido y sus amigos.

terf o no terf

Terf o terfa quiere decir trans-exclusionary radical feminist: feminista radical que no considera mujeres a las mujeres trans ni hombres a los hombres trans. No parece que acá en Colombia el debate entre terfas y trans-incluyentes sea tan intenso y popular como en Estados Unidos o Inglaterra, pero no estoy segura. Ese tema no sale mucho en mis conversaciones personales, pero sí en redes y medios que sigo. Sí percibo que el debate público sobre el género ha alcanzado unos límites de especialización, especificidad y animadversión que han dado pie entre otras cosas a que muchas personas de plano ridiculicen cualquier asunto relacionado con eso, desde las transformaciones del lenguaje (por ejemplo, el polémico todes) hasta la salud reproductiva y la legislatura para proteger a la población vulnerable.

Yo oscilo entre posturas abiertamente terfas, sentimientos de vergüenza por tener dichas posturas y fantasías de hermandad de todas las oprimidas por el patriarcado. Hace muchos años leí en El Tiempo un reportaje sobre un hombre embarazado. Recuerdo que en ese entonces elaboré un argumento que decía más o menos que si uno quería ser del otro sexo (en ese momento yo no hacía distinción entre sexo y género), entonces tenía que asumir todas las condiciones de ese sexo, luego era improcedente que un hombre quisiera estar embarazado. Para mí era lógica sin fisuras: puedes ser hombre si quieres, pero los hombres no se embarazan, luego no puedes querer estar embarazado. Sin embargo, hoy veo que ese argumento era muy chimbo, especialmente porque ese hombre estaba embarazado, independientemente de lo que yo pudiera pensar. Puede que otras personas arguyan que si él u otro hombre está embarazado entonces no es hombre sino mujer; que es hembra biológicamente. Otras dirán que es un hombre con útero o un hombre gestante. También habría que pensar cuáles son los motivos para exponerse así en medios y qué tanto los medios contribuyen a la simplificación amarillista de problemas y decisiones que seguramente son mucho más complejos que lo que puede explicar un reportaje. Fabricar argumentos sofisticados para vencer al oponente es sin duda placentero, pero en algún punto hay que parar y quizá ser simplemente más empático, o una combinación de práctico y empático.

Por varios años me quedé ahí, en la certeza de que las personas trans existen más allá de mis argumentos. Hasta que hace poco supe que ciertos sectores critican a las mujeres que llevan carteles con dibujos de úteros y vulvas a marchas feministas. Al tirar de ese hilo me encontré con que hay toda una discusión y movida que trata de popularizar expresiones como personas embarazadas, gestantes o pregnant people en vez de mujeres embarazadas; personas menstruantes en vez de un genérico mujeres y una que no creo que sea cierta: úteroportante. Incluso encontré que para algunas feministas radicales el uso de la e para incluir a todos los géneros es misógino!!!

Me parece extraño que el dibujo de una vulva asociado con lo femenino detone un sentimiento de rechazo y exclusión en una mujer trans. Me ofendí por que me llamaran menstruante (y en realidad nadie nunca me ha llamado menstruante). Pensé que solo un grupo de hombres podían ser tan caraduras como para exigirles a las mujeres que tengan más cuidado con las formas que eligen para reivindicarse y representarse. Y así me he descubierto otra vez alineada con posturas conservadoras y directamente transfóbicas.

El tema de las leyes trans es, creo, uno de los más importantes de la discusión pública, y una ocasión en que las feministas radicales son especialmente atacadas por transfóbicas. El único caso del que tengo más información es el de España. Ese ejemplo me permitió aprender sobre críticas concretas a ese tipo de leyes. Una conclusión importante de las críticas es que la ley trans en España perjudica a todas las comunidades vulnerables, incluidas las personas trans y que solo no perjudica a los hombres. En un podcast feminista escuché que genera malestar que, por un lado, se haga más estricta (cuando no es inexistente) la legislatura sobre el aborto, y por otro las mujeres trans puedan cumplir sentencias en cárceles de mujeres (supuestamente más seguras), o que puedan competir como mujeres y contra otras mujeres en certámenes deportivos. También escuché que hombres podrán declararse mujeres para no recibir las sanciones en casos de violencia doméstica y feminicidio. Estos son apenas unos ejemplos de todo lo que implicaría aprobar estas leyes que permiten que una persona declare sin más el género al que pertenece, sin necesidad de pruebas de ningún otro tipo y sin cambiarse siquiera el nombre. Las feministas que critican estas leyes piensan que se necesita más especificidad, más aclaraciones; en fin, consideran el documento una paparrucha que necesita más investigación y claridad.

Supongo que habrá hombres que se aprovecharán de esas leyes para beneficiarse en procesos legales. En cuanto a los deportes, la verdad no me importa. No sé si en todos los casos un atleta hombre será más rápido o más fuerte que una atleta mujer. No sé si sea mejor que en todos los deportes, en vez del género, las categorías para organizar a los competidores deban ser altura y peso. No sé porque no soy atleta ni sé mucho de la historia ni la burocracia ni la ciencia del deporte.

También detecto mucha especulación en los reparos que las feministas radicales hacen a las leyes trans. Creo que al plantear esos ejemplos de lo que puede salir mal están pensando en hombres disfrazados de mujeres: hombres blancos, heterosexuales, ricos, que conservan todo su poder y van a por todo lo demás. Y no es cierto. A esas críticas les hace falta empatía. En Colombia la expectativa de vida de una persona trans es de 27 años; en Argentina, de 35. Así que no creo que los hombres se vayan a declarar trans en masa.

Por estos días pienso que el problema es justamente ese, que hay un tren de pensamiento que va por su propio carril, que no necesariamente plantea falsedades, pero que es sobre todo especulación, temor y, pienso yo, odio a los hombres —un odio ciertamente justificado en términos generales—. Odio a los hombres visto lo que pasa con las mujeres, entre otras cosas, la violación, que desproporcionadamente afecta a mujeres, la penalización del aborto, los problemas para acceder a métodos anticonceptivos, el feminicidio/femicidio —por cierto he notado que es un concepto difícil de entender para mucha gente—. También está la brecha salarial entre hombres y mujeres, la mayor importancia que tienen el aspecto físico y los estándares de belleza para las mujeres, entre otras desventajas. El odio a los hombres se ha alimentado por siglos de un trato desigual, la jerarquía entre hombres y mujeres en la cual las mujeres son inferiores.

Para muchas personas los reclamos de las mujeres ante la desigualdad entre los sexos carecen de sentido. Muchas personas, hombres y mujeres, niegan que exista desigualdad. ¿Por qué? No creo que haya una única respuesta. Intuyo que quienes niegan que existe la desigualdad entre hombres y mujeres y, por ende, infravaloran los reclamos del feminismo (los feminismos), encuentran muy difícil separar sus experiencias individuales como mujeres o como personas que se relacionan con mujeres concretas de la categoría mujer entendida en un contexto social e histórico amplio o de la clase social “mujer”.

Sí, es verdad que muchas feministas radicales importantes como Germaine Greer se refirieron abiertamente a las mujeres trans como hombres disfrazados de mujeres, lo cual muchas personas desde siempre han considerado inaceptable y, de plano, discurso de odio. Es verdad que se han realizado encuentros de mujeres y no se ha permitido la entrada a mujeres trans —fue así como surgió el término TERF—.

Ahora, por qué se iguala feminista radical con transfóbica? Radical, como repiten las feministas radicales, quiere decir que ese movimiento va a la raíz de la cuestión, que es el género. El sistema patriarcal, que descansa sobre la necesaria opresión de las mujeres, necesita que haya género; y el género es la separación jerárquica entre machos humanos y hembras humanas que ubica al macho humano en una posición superior. Eso según lo que yo entiendo de planteamientos del feminismo radical. El feminismo radical no busca la igualdad de géneros, sino abolir el género. Entonces, un problema entre el discurso público de las feministas radicales y el discurso de las feministas trans-incluyentes es que las primeras rechazan el género y las segundas construyen sobre el género, lo redefinen y lo multiplican.

No es fácil concebir la abolición del género y esa es una parte importante del problema. En cambio, la idea de transgredirlo existe efectivamente: existen personas que rechazan el género que les correspondería según lo que las distintas comunidades han venido a definir como hombres y mujeres, y que actúan de distintas formas para hacer realidad ese rechazo y esa reasignación de otro género, las personas trans que se operan más, las que menos y las que no se operan, las personas que exigen que usemos unos pronombres específicos que transforman el lenguaje para hacer visibles sus opciones, decisiones y, en últimas, su realidad con respecto al género.

En cambio, no imagino bien cómo funciona abolir el género. No sé de nadie en mi círculo ni de una celebridad que no tenga género. Un individuo no puede hacer nada visible ni invisible para comunicar ni representar el hecho de no tener género. La opción no binarie o no binario también es un género, no quiere decir no tener género. El deseo de abolir el género es más revolucionario, pero por lo mismo genera más sospechas, como cualquier revolución en un momento desencantado y más pragmático. Hoy parece que tiene más sentido negociar con el sistema e intentar modificarlo con acciones pequeñas y planes a largo plazo; y la sola sugerencia de la destrucción o el desmonte del patriarcado o de un sistema cualquiera suena ingenua y pueril. Son dos perspectivas políticas entre muchas posibles que permean también la discusión de los feminismos y sobre los feminismos.

Si el punto de los feminismos es desmontar el patriarcado o lograr la igualdad entre las personas sin distinción de sexo, género o identidad de género, las feministas radicales y las trans-incluyentes no son enemigas. El patriarcado es el enemigo común. Algunas personas me han presentado este argumento cuando me pongo terfa. Creo que tienen razón.

Como terfa ocasional, si algo he aprendido de escuchar y leer a personas trans y trans-incluyentes es que el mundo sigue siendo de los hombres blancos, heterosexuales, pero quienes no entran en esa categoría están hablando más y poco a poco nos están mostrando que no hay una sola forma de existir y que no hay una versión de la vida social, de la vida intelectual, de la vida sexual, de la familia, etc. Que el mundo sea de ellos no niega la existencia de todos los demás.

Muchos hombres homosexuales son misóginos. Los son abiertamente y no sé si lo saben o no. No me he atrevido a señalarlo cuando su misoginia se hace evidente en conversaciones. Supongo que hay mujeres trans que son misóginas, como hay adultas hembras misóginas. Casi todas las personas somos al menos un poco misóginas. Muchas feministas odian a los hombres. No todas las mujeres son feministas. No respeto a alguien solo por ser mujer. Me siento más representada por Brigitte Baptiste que por Martha Lucía Ramírez.

Si no lo hacen, las mujeres trans deberían defender abiertamente causas sobre derechos reproductivos, aunque no menstrúen ni tengan útero. Para mí ese es un punto clave en el cual se necesitan todos los aliados posibles. Las terfas debemos enfocarnos en la innegable vulnerabilidad de la mayoría de las personas trans, que no son las poquísimas actrices que han conseguido visibilidad y algo de respecto (en Estados Unidos, básicamente) ni Caitlyn Jenner, ni Eliot Page. Y no hablo mucho más de eso porque conozco a cero personas trans. Las terfas también deberíamos evaluar nuestro odio a los hombres y encontrar una forma de lidiar con eso sin portarnos a nuestra vez como caraduras jugando a quién está más oprimido. Esa es una forma muy gringa de ir por el mundo, XD.

Unos van alegres, otros van llorando

La semana del 24 de diciembre al primero de enero me pone ansiosa desde niña. Por mí, la dormiría toda. La retórica publicitaria y el material de entretenimiento navideños anidaban en mi mente, que ya entonces tendía al ensueño y al romance, y yo sentía que esos días eran la promesa de un futuro diferente, mejor; pero esas promesas nunca se cumplían. Al principio me desilusionaba que mis papás me regalaran cualquier barbie y no la que yo había pedido. Luego fue el peso de la soledad de mi familia nuclear en Bogotá. La gente que componía mi rutina se iba por varias semanas, cada uno donde su propia familia, que yo imaginaba siempre más numerosa y feliz. Se cocinaban peleas que reventaban justo esos días y que, o bien arruinaban la noche, o bien ocultábamos con sonrisas impostadas, comida y trago. Me irritaba que el programa de año nuevo de olímpica estéreo fuera pregrabado y que mis programas favoritos también se fueran de vacaciones. Si viajábamos a la costa, temía que chocáramos o nos cayéramos al abismo en Pescadero. Estando allí, mis parientes me eran extraños y rehuía el abrazo de hombres adultos borrachos. Resentía esa pausa obligada. Se me hacía que todo a mi alrededor era puro fingimiento, abrazos a la medianoche como si no existiera el arroyo subterráneo de rencor y amargura que atraviesa toda reunión familiar.


Pero me gusta la navidad publicitaria. Extraño la iluminación estrafalaria de Bogotá, cuando ponían luces en los postes de la luz a lo largo de la 100, de la 15; cómo esperábamos los cambios de decoración cada diciembre. Extraño El Trompo, el suplemento del periódico El Tiempo el Día de los Inocentes. A mi mamá, que ponía Abriendo puertas de Gloria Estefan a todo volumen y bailaba en la sala. Y atesoro, no sé si por inercia o nostalgia verdadera, los jingles navideños: Comcel te invita a festejar, alegremente, celularmente; De año nuevo y navidad, Caracol por sus oyentes; en esta navidad entrega mucha felicidad, con una sonrisa es suficiente; RCN a todos sus amigos les desea todas, todas, todas las felicidades.


Una de estas mañanas, mientras Óscar preparaba el café con la radio prendida, escuché por primera vez este año la canción navideña de café Águila Roja y salté de la cama mientras la cantaba y salí a la cocina y lo abracé sin dejar de cantar. La navidad es todo aquello que nos hace recordar que la vida es bella, que diciembre es amor, canta el niñito todos los años y yo me permito la ilusión por un ratico.

Darme un vuelto

En estos días miro a Bogotá con ojos de turista. Ayer, por ejemplo, pasé junto a unas mantas arrebujadas en el andén, bajo las cuales intuí una o dos personas durmiendo. Asomado entre las mantas había un perro marrón y negro, con el pelo en mechones mates de mugre. La cabecita del pecho arrunchado con las personas se me figuró como una foto para instagram. En mis paseos por la ciudad he encontrado varias de esas que para mí son escenas y no la vida. Es decir que proceso la miseria en la calle como potencial contenido para las redes sociales; un contenido, me engaño, con perspectiva política o social, pero sé que no. No creo eso se pueda en instagram, y menos en el mío, que no tiene seguidores porque lo uso para fisgonear publicaciones de otros. Y aunque tuviera seguidores, lo que ganaría con la foto del perro y las personas sin techo arruchados sobre la acera en mi cuadra sería, con suerte, aprobación y elogios fugaces.

A veces sale en nuestras conversaciones con óscar que queremos provocar algo con nuestro trabajo y nuestras acciones, específicamente ideas. ¿Cuál hubiera sido la idea detrás de la foto que no tomé? ¿Que los perros son muy tiernos? ¿Que esa persona bajo las mantas es capaz de amar a un perro? Esas ya existen y no estoy segura de que se puedan considerar ideas.

Botar

Primero: no recibas
ni regalos, ni programas de teatro
ni muestras gratis, ni mercancía promocional
tazas, botellas, bolsas de tela, bolígrafos.
No entres a tu casa con más cosas de las que tenías cuando saliste.
No compres.
No compres nada. Probablemente ya tienes muchas cosas.
No compres ganchos para el pelo, ni moñas.
No compres ropa “para ocasiones especiales”. Ponte el mismo vestido siempre. A nadie le importa.
Sal con el mismo vestido en todas las fotos.
No guardes
ni recuerdos, ni mementos, ni ropita de bebé.
No guardes ropa que ya no te queda.
No guardes las cajas de las cosas que ya compraste.
Ten pocos cajones.

Para botar bien hay que ser despiadada.
No revises. Si está guardado es que no importa.
Es mejor botar sin mirar.
No dones tu basura.
No dones lo que consideras basura. Bótalo.
Bota los objetos de valor sentimental. Bótalos eventualmente.
Bota algo que no veías hace más de un mes.
Bota los regalos que te dieron y que guardas sólo porque son regalos.
Bota las cosas viejas:
el ipad, el ipod, el mp3, el cdplayer, el vhs.
Bota el televisor viejo, el computador viejo.
Bota el maquillaje.
Bota las corbatas.
Bota las camisetas de la selección
(no compres camisetas de la selección)
Bota los billetes y monedas que te quedaron de un viaje al extranjero
(a menos que sean dólares, por supuesto, o euros?)
Bota inmediatamente los pasabordos usados.
Bota todas las bufandas. Las bufandas son una mierda.
Bota las medias sin pareja y las rotas.
Bota las gafas rayadas y bota los estuches de las gafas.
Bota lo que planeabas reparar y no has reparado.
Bota los frascos y las botellas de licor vacías.
Bota los chapsticks.
Bota los morrales, las carteras, las tulas, los maletines, las cartucheras.
Bota los cables
las extensiones
los adaptadores
las agendas, las libretas, los blocks, los clips, los chinches, el corcho, los postits.
Ante la duda, bota.

Las aventuras de la China Iron

Desconfío, de puro envidiosa, de todo lo que el mundo literario considera excepcional. Mis compañeres de doctorado leyeron La Virgen Cabeza en una clase. Ahí escuché de Gabriela Cabezón Cámara por primera vez. Nomás pensé qué curioso ese apellido y ponerle así a la novela, dos cabezas ahí… raro.


Meses después la escuché en una entrevista y leyó un fragmento de Las aventuras de la China Iron. Estaba en nuestra biblioteca. La trajo Óscar. La empecé y era algo que no se parecía a nada que hubiera leído antes. Muy lírica, pensé. Eso quiere decir que las palabras me parecieron muy escogidas. Se supone que la selección cuidadosa, amorosa, fetichista casi, de las palabras es un requisito de toda buena obra de literatura, sea poesía o narrativa, pero esta novela me pareció diferente. Había eso, las palabras precisas, un ritmo que parecía que estaba escuchándolas; también me pareció tan argentina, o sea, en conversación con lo que una conoce como “la literatura argentina”, no solo con Martín Fierro. Nota: ignoré completamente lis rifirincis intirtixtilis. Me gustó cómo está ahí metido el inglés, también, porque es como una marca de cierto intelectual cuarentañero y de ahí para abajo.


Mis amigues que la leyeron antes me advirtieron del final, que era medio flojo, que la utopía, que poco creíble, etc. Eso definitivamente influyó cuando llegué, ciertamente insatisfecha, a la última página. Yo no quería creerles porque últimamente me parece directamente conservador, derechoso, pues, eso de ir por ahí pinchándole la burbuja a quienes se animan a plantear que hay que romperlo todo y armar algo nuevo. Es cierto que una lee, por ejemplo, a Shulamith Firestone, y al principio está on board, asiente a todo, se le inflama el pecho, pero cuando llega a la parte en que dice que al carajo el tabú del incesto o que los niños sean autónomos desde los 6 años o algo así pues… sí, a mí me cuesta; directamente me parece una locura. Pero también me encanta que Shulamith se haya atrevido, en la escritura, a proponer cosas “escandalosas”. No sé qué tan en serio se la puedan tomar sus lectores hoy, incluso quienes se consideran feministas radicales. Es más, no sé si en el mundo de hoy alguien se hubiera atrevido a publicarla, si no se hubiera metido en problemas legales, incluso.


El caso es que el final de Las aventuras de la China Iron sí queda un poco ingenuo en comparación con la fuerza, el humor, la violencia, la fiereza y la sensualidad irrefrenable del resto del libro. El final es aguado, es blandito. Yo hubiera terminado contando la muerte de uno de los personajes principales y el rito funerario, o hubiera contado una guerra con los argentinos o los otros pueblos. Quiero decir que mi insatisfacción con el final no es ideológica —aguante la imaginación utópica— sino estética. No me parece que quedó bien anudado el producto final.

Adenda:

Apenas terminé de leer agarré mi cuaderno y escribí: “terminé la marabiyosa China Iron de Cabezón Cámara. Nunca había leído algo como esto, tan sensual, tan femenino. No… Tan sensual, tan físico, tan sensorial, de la tierra y la naturaleza. Algo así es lo que quiero decir, y sí, escribí “femenino” y veo el problema. El patriarcado hablando a través de mí, diciendo, en últimas, que los hombres son los racionales. Todo mal.

Sobre la denuncia pública a Ciro Guerra por acoso y abuso sexual (Ciro Guerra got #metooed)

Hoy es miércoles 24 de junio del 2020. Una amiga me pasó este link por whatsapp https://volcanicas.com/2020/06/24/ocho-denuncias-de-acoso-y-abuso-sexual-contra-ciro-guerra/

  1. EN ESTA SECCIÓN RESUMO EL REPORTAJE

Es un reportaje que cuenta cómo Ciro Guerra acosó sexualmente a Fabiana, Gabriela, Teresa, Eliana, Beatriz, Carolina y Daniela y abusó sexualmente de Adriana. Las periodistas cambiaron todos los nombres porque así lo pidieron las mujeres, “para proteger su privacidad y evitar represalias”. Las ocho mujeres cuentan interacciones con Ciro Guerra en las que él se comportó más o menos de la misma forma: tomado o borracho se les acercó, intentó besarlas o directamente les metió la mano bajo la blusa o el pantalón, algunas veces las agarró con fuerza o se les tiró encima. A una de ellas la penetró con los dedos. Estas mujeres trabajan en cine, televisión o medios, la industria del entretenimiento. Todas insisten en que Ciro Guerra tiene mucho poder en la industria, por eso cuando vieron que él se comportaba de esa manera y no dejó de acosarlas incluso después de que ellas lo rechazaron explícitamente más de una vez, evitaron enfrentarlo agresivamente y, como dice el artículo, denunciarlo penalmente.


Una mujer que hace una denuncia penal por acoso sexual o violación por lo general es revictimizada, o sea, aparte de haber pasado por el acoso o abuso, tiene que enfrentar la sospecha o directamente más violencia de quienes supuestamente van a “hacer justicia”. En casos como éste, que involucra a una persona muy famosa, también tienen que enfrentarse con la opinión pública. Por eso el reportaje dice muy claramente que la denuncia pública es para mostrar que el acoso y el abuso sexual son conductas normalizadas en la industria del entretenimiento en Colombia (es decir, que nadie se sorprende ni se escandaliza por cosas como éstas, los gajes del oficio, dirán algunes) y para que Ciro Guerra “tome responsabilidad por sus actos y no vuelva a cometer este tipo de agresiones con otras mujeres”.

  1. EN ESTA SECCIÓN ESPECULO QUÉ VA A PASAR CON NUESTRAS FEMINISTAS MÁS FAMOSAS: CATALINA RUIZ-NAVARRO, CAROLINA SANÍN Y LUCIANA CADAHIA Y QUÉ HAN DICHO SANÍN Y CADAHIA SOBRE EL REPORTAJE

Apenas van unas horas de la publicación del reportaje. No sabía que Volcánicas existía, pero sí he leído a Catalina Ruiz-Navarro, directora de la revista. Catalina tiene muchos detractores (y detractoras), especialmente en las redes sociales, pero es una abanderada del feminismo reconocida en Colombia y, diría yo, en Latinoamérica. Menciono primero a los detractores porque quizá la reacción de algunas mujeres y seguramente muchos hombres será rechazar el contenido del reportaje por el prejuicio contra ella. Sé que Carolina Sanín y Luciana Cadahia, otras dos interlocutoras más o menos conocidas y a quienes muches también perciben como feministas, ya publicaron comentarios sobre el tema en twitter y facebook.


En el contexto de la opinión pública colombiana, considerarse y nombrarse “feminista” todavía es como confesar un rasgo indeseable, o sea, es raro y sospechoso y, en el mejor de los casos, “polémico” o “controversial”. Siempre que Sanín, Cadahia o Ruiz-Navarro participan en un intercambio en redes o medios tradicionales, periodistas, lectores y curioses en general nos olvidamos de los temas de esos intercambios para enfocarnos morbosamente en ellas; nos distraen sus pleitos. Normal: es como cuando hay una pelea callejera. No es común que alguien pregunte por qué pelean, sino que la gente solo se acerca a mirar, hay quienes escogen bando y le hacen barra a su candidate. No sé hasta qué punto ellas mismas son cómplices de esa situación, pero muchas personas que las siguen y las leen ya las tienen encasilladas como unas mujeres feministas —inteligentes, en el mejor de los casos; locas o frígidas, en el peor— que son muy “polémicas”. O sea, con ellas siempre pasa algo así:
—¿Vieron lo que publicó Catalina Ruiz-Navarro (o Carolina Sanín o Luciana Cadahia, aunque ésta es menos famosa)?
— Sí, ¡muy bueno!
O
—¿Y ahora con qué salió?
Y muy rápido comienza una conversación sobre ellas. Es problable que con este caso de Ciro Guerra pase lo mismo.


Carolina Sanín publicó varios tuits cuya nuez, para mí, es advertir a quienes lean el reportaje para que no concluyan nada más que Ciro Guerra es un asqueroso o un degenerado, que hay que quitarle los premios, cancelarle los contratos y, en fin, hacerle daño, porque sería contradictorio buscar la justicia usando las mismas estrategias que otras veces le sirvieron a quienes odian a las mujeres para perseguirlas y quemarlas (el rumor, el anonimato, el ataque en gavilla). Sanín dice que ella no va a participar de un linchamiento público a Ciro Guerra, no porque lo defienda, sino porque no cree que el linchamiento sea la opción.


Luciana Cadahia también advierte de los peligros del linchamiento. En su post de facebook habla un poco más del contenido del reportaje y dice que hay que distinguir entre linchamiento mediático (cancelar) y reparación. Yo interpreto que para Cadahia la publicación es valiosa y que en sí misma no invita al linchamiento de Ciro Guerra, pero que es posible que a medida que circule se convierta en linchamiento.

  1. EN ESTA SECCIÓN ESTÁN MIS PENSAMIENTOS SOBRE EL REPORTAJE

El reportaje me pareció diferente a otros sobre hombres famosos y poderosos que acosan sexualmente a mujeres, famosas o desconocidas, porque explica varias veces que Ciro hace más o menos las mismas cosas cada vez: se prende o se emborracha, busca besar a mujeres con quienes está de fiesta; aunque ellas le digan que no, él igual lo sigue intentando, les mete la mano, las toca, forcejea con ellas. Dos de ellas dicen que es torpe. Él mismo se disculpa en una ocasión diciendo que no sabe bien cómo acercarse a una mujer —estaba recién separado de una pareja, dice—. Además, me parece importante que todas dicen que en estos encuentros sociales Ciro habla de trabajos, de proyectos actuales o futuros y de sus contactos en el negocio del cine y la televisión.


Es como si toda la situación fuera normal hasta que deja de ser normal.


Yo no sé si es que todavía la mayoría de las personas se imagina que los acosadores y abusadores son hombres enmascarados que atacan por sorpresa en calles oscuras; o que, si la mujer conoce al agresor, este da señales claras de perversión (tiene voz aguardentosa, suda mucho, babea, qué sé yo); o que las mujeres siempre pueden saber con anticipación si un hombre las va a acosar; o que la reacción automática ante el acoso es gritar, pelear, salir corriendo, no sin antes obtener todas las pruebas para poder denunciarlo; o que una mujer siempre quiere denunciar a su agresor.


En los testimonios recogidos para el reportaje de Volcánica, las interacciones de Ciro Guerra con estas mujeres comienzan de manera relativamente normal. El reportaje evita referirse a estas mujeres como “inocentes”, “frágiles”, “trabajadoras incansables” cuyos sueños fueron “manchados y pisoteados” por un hombre “corrupto y ebrio de poder”. También me sorprende que, a diferencia de otros casos en los que medios colombianos cubren este tipo de noticias, en este reportaje les creen a ellas. Es que me pinto esta misma historia en uno de nuestros dos canales (y sus emisoras homónimas):
“Según la joven actriz, el famoso director, premiado internacionalmente, la habría invitado a su apartamento, donde presuntamente la atacó después de pasar varios minutos a solas viendo videos en el computador”.
Y luego, en las mesas de debate, me imagino a los más bienintencionados diciendo: “qué decepción que un personaje tan importante para el cine colombiano se haya aprovechado de las aspiraciones de estas jóvenes luchadoras”.
Y a los de blu mejor no me los imagino.
Casi nunca es evidente para mí que la opinión pública colombiana le crea a una mujer que denuncia a un hombre por acoso, y para que le crean, tiene que ser inocente, luchadora, buena hija y buena madre.

  1. EN ESTA SECCIÓN SIGO ANALIZANDO EL REPORTAJE Y PONTIFICO SOBRE EL ACOSO SEXUAL. INCLUYE UN EJERCICIO PRÁCTICO

El reportaje describe varias veces el comportamiento de Ciro Guerra como “sistemático”, que sigue un patrón. Eso no quiere decir que Ciro Guerra antes de las fiestas ya tenga listo su plan para acosar mujeres (le cuento que soy amigo de Johnny Depp, le ofrezco trabajo, luego me hago el borracho, intento besarla, le pregunto si quiere tener orgasmos y como ella quiere trabajar conmigo, al final me la voy a comer). Sistemático no quiere decir “premeditado con maldad”, sino que Ciro Guerra, como muchos hombres, actúa así porque puede, porque nunca ha habido consecuencias, porque es normal…
Sólo que no es normal.
Aunque no nos quepa en la cabeza, la definición de acoso sexual es muy simple: iniciar conversaciones de tipo sexual o intentar contactos físicos de tipo sexual con alguien que no quiere tener esas conversaciones ni esos contactos.


“Ay, pero es que el deseo es complejo”


“Ay, pero qué tal que estén buscando venganza”


“Ay, pero entonces ahora hay que cargar con un contrato para firmar el consentimiento”

Los invito a que, si están cerca de otra persona (más o menos de su misma edad y condiciones físicas y mentales), le metan un dedo, o intenten meterle un dedo en la nariz.
¿Cómo les fue?
Ahora pregúntenle si le pueden meter la lengua en la oreja.
Por favor documenten la experiencia, escríbanme qué pasó.

¿Por qué a las mujeres se nos hace a veces tan difícil reaccionar a comportamientos como el de Ciro Guerra? ¿Es porque somos muy confiadas?, ¿es porque no sabemos lo que queremos? ¿Es un problema de reflejos, o sea que no nos apartamos lo suficientemente rápido?, o ¿nos gusta “hacernos las difíciles”? ¿Es porque usamos el sexo para obtener lo que queremos? ¿O porque en el fondo nos gusta sentirnos conquistadas, sometidas? ¿O porque nos da pena hacer un escándalo? ¿Es porque el hombre que nos quiere tocar es nuestro jefe y no queremos perder el trabajo? ¿Es porque admiramos a esa persona y parte de nosotras no quiere o no puede creer que nos esté acosando? ¿Es porque el hombre que nos quiere tocar es nuestro familiar y no sabemos cómo procesar lo que está pasando? ¿Es porque el hombre que nos ataca es nuestra pareja y se supone que lo amamos y nos ama? ¿O porque dependemos económicamente del hombre que nos ataca? ¿Es porque el agresor hasta hace una hora era nuestro amigo en quien confiamos y a quien estimamos? ¿Es porque estamos solas con el agresor y nos da miedo que nos haga (más) daño?


Las violaciones en calles oscuras y los ataques por sorpresa sí pasan. Yo supongo que en esos casos es más claro quién es la víctima y que hubo un crimen y por eso, quiero creer, nos ponemos sin problema del lado de la víctima (a menos que hubiera estado borracha o sola, o vestida con una falda muy corta o con un escote muy profundo, o las dos cosas; si es trabajadora sexual la cosa se complica más. Mejor dicho, me retracto, cuando a una mujer la viola un desconocido también la culpamos a ella).

5. EN ESTA SECCIÓN PROPONGO UNA SOLUCIÓN 100% EFECTIVA AL PROBLEMA DEL ACOSO SEXUAL

A la mayoría de gente (acosadores y opinadores incluídes) todavía le cuesta creer que las mujeres tenemos la capacidad y el derecho de manifestar nuestra voluntad. Muches prefieren perderse en justificaciones, desde las más vulgares hasta las más sofisticadas, antes que reconocer que esa voluntad existe, que siempre ha existido.

Pregúntennos si queremos, qué queremos y cómo lo queremos.


Y no se hagan los pendejos, que ustedes sí entienden cuando una mujer los rechaza.

I dropped my phone (in the toilet)

Tenía “guardados” los chats con mi mamá, pero en realidad no los tenía guardados, sino que estaban ahí, en el teléfono, en la nube. De hecho todavía están en algún lugar de la nube, pero no los puedo sacar de ahí. No los he podido sacar de ahí y me entristece haberlos perdido. Cuando escuché por primera vez que las conversaciones de whatsapp podían desaparecer para siempre si uno perdía el teléfono o cambiaba de teléfono, seleccioné algunos de los mensajes de audio que mandó y los guardé, me los mandé al correo, pues. En cuestiones de informática soy anticuada, porque no creo que estén realmente guardados, porque no los tengo físicamente en un lugar donde los pueda agarrar y escucharlos cuando quiera. Los tuve, cuando tenía el teléfono donde estaban guardados, pero volvía poco a esos mensajes. Evito recordar activamente a mi mamá de esa manera, porque la recuerdo de otras maneras. Hablo mucho de ella, por ejemplo. Hablo de ella más o menos cada vez que puedo. También sueño con ella, pero eso no es lo mismo que recordar.
Recordar, recordar, la recuerdo poco. Recuerdo su cara, claro, y su voz. Recuerdo algunas historias. Recuerdo peleas que tuvimos o cosas que me molestaban muchísimo de ella, como que fuera tan religiosa y conservadora y le pareciera mal que no estuviera casada, y que cuando me casé por fin le supiera mal que no hubiera sido por la iglesia. Recuerdo muchas cosas buenas, también, pero para esas tengo que pensar mejor. Hay cosas que, más que recordar, sé. Ella siempre nos iba a buscar. Yo creo que si hubiera podido nos hubiera tenido siempre con ella. De hecho me decía que quería tener una casa donde viviéramos todos sus hijes con sus parejas. Cuando le dije esto a mi marido pensó que era una idea un poco malsana. Él cree que es importante guardar distancias con la familia y también es una persona muy devota de la familia. Yo, en cambio, no me siento muy devota conceptualmente ni físicamente, pero entiendo ese deseo loco de querer que la gente de una esté cerca, patológicamente cerca. Entiendo que mi mamá nos quisiera tener con ella. No tengo hijes, pero si los tuviera me costaría mucho separarme de ellos. Y sé que el amor en general no tiene que ser como creemos que es. Aspiro, de hecho, a formas de amor que no impliquen que poseemos a quienes amamos. Cuando uno cree que alguien es “de uno” no deja ser libre a eso amado. A las madres les toca todo lo peor, creo. Tienen que estirarse y doblarse y retorcerse física y emocionalmente para cumplir con su papel como debe ser: ser incondicionales, pero dejar que los hijos sean libres, proteger pero dejar ir, hacer el molde que luego necesariamente los hijos tienen que romper. Amarnos cuando a veces nos odian, y nosotros las odiamos. Sentir nuestro odio o quizá nuestro desprecio, sentir que las dejamos atrás. Les toca todo lo peor.
No sé si les toca todo lo peor, pero es lo que se me ocurre ahora que he perdido una cosa más o menos inmaterial que me consolaba, solo por estar ahí, en el teléfono, aunque nunca releyera los mensajes. Además, eran mensajes bien anodinos. Es más, leerlos era una forma de lastimarme, porque hacia el final siempre estaba el cáncer, así nunca lo mencionáramos explícitamente. No cuando nos escribíamos la una a la otra. Pero tanto estaba el cáncer que si comenzaba a escribir una palabra con C el teléfono sugería “cáncer”. Eso siguió pasando por meses.
Los mensajes no significaban mucho en sí mismos, pero no puedo dejar de sentirme muy triste por haberlos perdido. Es que perderlos me hace recordar que ella se murió. No voy a decir que siento como si se hubiera muerto otra vez, pero quizá sí. Alguien dirá que no hice bien el duelo o que todavía es reciente. O alguien dirá que estoy exagerando, que ya pasó suficiente tiempo. Uno dice muchas cosas. El accidente del teléfono es ridículo. Ni siquiera sé cómo pasó, ni siquiera me di cuenta de que lo dejé caer al inodoro (qué fea palabra esa, por eso escribí el título en inglés, y porque me gusta “drop” y sus múltiples usos). Esa noche me reí, chillé, fingí que me dio asco (que no me dio, porque que he sacado muchas cosas de inodoros por múltiples razones) y sí pensé en los chats perdidos, pero luego me distraje o me emborraché y lo olvidé. Luego pensé y dije perogrulladas (platitudes?) sobre mi adicción al teléfono, luego lo llevé a un sitio a intentar repararlo y no se pudo, luego compré otro. Y luego lloré un rato en el baño (tuve la precaución de dejar el teléfono afuera esta vez).

Shedding, o de por qué no he escrito

He pasado semanas de lectura promiscua y he ido perdiendo peso (metafórico, por supuesto). Me he estado deshaciendo de cosas. Me deshice de ropa que tenía guardada por si un día me quedaba otra vez o por si se daba la ocasión. También me deshice, mentalmente, de cosas que me pesaban. Para no tener tanto miedo del futuro, organicé mis “opciones” en cosas que podría hacer, que quiero hacer, que no quiero hacer y que preferiría no hacer. Todo esto sin olvidar que uno nunca sabe, que no hay que decir de esta agua no beberé. Me prometí que iba a gastar menos plata, comprar menos cosas y producir menos basura, pero no he tenido mucho éxito con eso. No tengo una explicación para estos deseos. Puede que sea una cuestión temporal, una fase ecologista, ambientalista. También pasa que puede que me mude pronto y quiero escoger qué me quiero llevar al nuevo lugar. Es una mudanza engorrosa y potencialmente costosa, por lo que es bueno ahorrar, por un lado, y escoger bien qué dejo y qué me llevo.

Pero la verdad es que escribo o hasta ahora he escrito porque creo que mis ideas son súper interesantes y que debo compartirlas con el mundo.
También puede ser que me guste contar la historia de cómo se me ocurren ciertas cosas. Esto es igual de narcisista, pero al menos hay una “voluntad narrativa”. El gran relato de mi fascinante mundo interior.

El otro día, por ejemplo, quería escribir sobre mi mamá. Tenía la imagen con la quería comenzar; la idea, pues. Luego, ya cuando tuve la idea, comencé a imaginarme cómo iría el texto. Pensé que podía contar que llevaba tiempo con ganas de escribir sobre mi mamá, pero que no encontraba la mejor manera, que no sabía por dónde empezar. Entonces un día sentí a mi mamá en mí: mi mamá era en mí, seguía viva en mí, pero no como un decir, sino de verdad, como si ella me hubiera habitado por un momento. Ya no me acuerdo, eso es lo peor, cómo fue que la sentí. Quizá estaba un día muy contenta doblando la ropa limpia: mi mamá disfrutaba doblar la ropa limpia. No recuerdo si alguna vez hablamos de eso, si era que le parecía una especie de meditación. Incluso, pienso que es posible que no le gustara en absoluto, pero alguien tenía que hacerlo, aunque yo creo que sí le gustaba. Yo creo que le gustaba la sensación de convertir el caos de ropa retorcida y arrugada y medias desparejadas en pilas ordenadas y medias en correcto par.

Luego pensé que contar el proceso por el cual había llegado al texto era una novatada. Pensé que los escritores profesionales editan esa parte del texto final y solo dejan la nuez de la historia clara, hecha de imágenes precisas y palabras escogidas con sumo cuidado. Yo quería, entonces, ofrecer un texto más condensado y, sobre todo, menos narcisista. No quería que el texto sobre mi mamá se convirtiera en un texto sobre mí y cómo me siento yo. Se me ocurrió a continuación que podía escribir dos posts: uno con el texto narcisista, crudo, como me lo había imaginado, y otro editado. Pensé que sería interesante para mis lectores ver las dos versiones.

Luego me distraje.

Escuché una entrevista a una señora Marilyn Stasio. Ella escribe la columna sobre novelas policiacas para el New York Times Book Review. Dice, por ejemplo, que no puede leer una novela “normal”, que siempre piensa: “kill someone”, “where’s the body?”. La señora Stasio dice que le gustaban más las novelas de antes. Ella tiene 80 y pico de años. Dice que las novelas policiacas de antes eran más concisas, más “tight”, apretadas. Dice que los libros hoy son demasiado largos. Que el énfasis era en el crimen, el misterio, los procedimientos. Dice que ahora se enfocan en el personaje, que el autor se identifica con el personaje principal. Que ahora se habla del novio, de los hijos, de la rutina diaria del detective. A ella no le importa nada de eso. Dice que a la gente ya no le interesa el puzzle, sino el personaje. La entrevistadora le pregunta si las novelas policiacas le parecen más fáciles de escribir. Ella dice que no sabe, porque no lee nada más. Dice que dejó de leer ficción moderna y contemporánea cuando se dio cuenta de que ahora todo era sobre el yo. Que no sabe cuándo pasó, pero de pronto todo el mundo empezó a escribir sobre el yo. Dice que comenzaron los hombres. Que Philip Roth es su autor menos favorito, pero que tampoco le gustan las novelas sobre el yo escritas por mujeres.

Me sentí culpable de eso que la señora Stasio diagnostica.
Luego pensé que ella es gringa y que los gringos dicen (y nosotros les creemos) que no dan vueltas, que van al grano.
Ya he escrito sobre esto del inglés y los concisos anglohablantes y el grano al que siempre están yendo.
No sé si la señora Stasio dijo eso porque es gringa o si, de veras, las historias hoy se concentran demasiado en el yo. Las dos cosas pueden ser ciertas.

Lo que procede en este punto sería, por ejemplo, una disquisición sobre el yo, la autoficción, el ensayo personal. Todos esos géneros del yo. Tendría que evaluar si es mejor o peor la identificación tan explícita de les autores con sus personajes. Pero no quiero hacer eso. Lo que yo de verdad quiero hacer, amigues, es recomendar: lo que me emociona por estos días es recomendar películas, ensayos, libros, artículos, podcasts que me estimulan, que me sacan de mí y me emocionan y me cimbran toda. Como buena parte de esa exploración sucede al margen del “trabajo”, esos materiales son como mis juguetes, y quiero desperdigarlos por el suelo y jugar con ustedes, pero nadie tiene mucho tiempo para ver y leer y escuchar cosas y mucho menos para sentarse a comentarlos conmigo, y tampoco estoy segura de querer comentarlos. Me gusta, sin embargo, la idea de compartir el placer que me producen estas cosas, pero ya eso depende de cada quién.